“Todo país y todo individuo es un conjuntode olvidos y recuerdos que tratan de armonizar entre sí” - LA GACETA Tucumán

“Todo país y todo individuo es un conjuntode olvidos y recuerdos que tratan de armonizar entre sí”

El escritor argentino, radicado en un pueblo de España desde hace años, habla de Fractura (Alfaguara) su novela reciente que cuenta la historia de Yoshie Watanabe, un anciano que sobrevivió a las tragedias de Hiroshima y Nagasaki y decidió irse lejos.

17 Jun 2018
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PERFIL
Andrés Neuman (1977) nació y pasó su infancia en Buenos Aires. Es autor de las novelas Bariloche, La vida en las ventanas, Una vez Argentina, El viajero del siglo, Hablar solos y Fractura; además de cuatro libros de cuentos, ocho poemarios, dos volúmenes de aforismos y un libro de viajes. Fue seleccionado por la revista británica Granta entre los mejores nuevos narradores en castellano. Recibió el Premio de la Crítica, el Premio Hiperión, el Premio Alfaguara y el Firecracker Award. Fue finalista del Premio Herralde y alcanzó la shortlist del IMPAC Dublin Literary Award. Sus libros están traducidos a más de 20 lenguas.

PERFIL
Andrés Neuman (1977) nació y pasó su infancia en Buenos Aires. Es autor de las novelas Bariloche, La vida en las ventanas, Una vez Argentina, El viajero del siglo, Hablar solos y Fractura; además de cuatro libros de cuentos, ocho poemarios, dos volúmenes de aforismos y un libro de viajes. Fue seleccionado por la revista británica Granta entre los mejores nuevos narradores en castellano. Recibió el Premio de la Crítica, el Premio Hiperión, el Premio Alfaguara y el Firecracker Award. Fue finalista del Premio Herralde y alcanzó la shortlist del IMPAC Dublin Literary Award. Sus libros están traducidos a más de 20 lenguas.


ENTREVISTA A ANDRÉS NEUMAN

Por Verónica Boix

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Como si la tarde estuviera de su lado, llueven hojas secas sobre Andrés Neuman mientras dice que las cicatrices vuelven a una persona más valiosa. Habla de Fractura. No es una tragedia, sino cuatro historias de amor en lenguas y países distintos. A decir verdad, la narración avanza en un recorrido inverso, recorre las grietas del suelo y de la piel y logra hacer del Kinsugi -la técnica japonesa que utiliza oro para arreglar objetos rotos- una anécdota poética. Es decir, la experiencia da sentido a la vida.

- Hay un escena en la que Watanabe de niño viaja en tren y se da cuenta de que nadie mira hacia afuera, excepto un extranjero.

- Una cosa linda de las novelas largas es que muchas veces los secretos y las explicaciones están en el pequeño gesto poético. La ideología cultural de la novela tiene que ver con ese momento. Hay tres actividades placenteras, la lectura, el viaje y el aprendizaje de un idioma, que producen dos fases de conocimiento; la ida, el encuentro con lo desconocido; y el regreso a la lengua materna, cuando volvés a casa, cuando cerrás el libro y reingresás en eso tan discutible y subjetivo que llamamos realidad. Entonces descubrís que tu vida se impregnó de literatura, que tu lengua materna tiene una gramática extraña, que se podrían decir las cosas de otra manera o te das cuenta de que tu hogar es visualizable con ojos extranjeros. A mí me fascina mucho, y me parece que en esta novela aparece todo el tiempo, la sensación de extrañeza en la propia casa, la sensación de extranjería con respecto a la propia raíz o, en definitiva, la toma de conciencia de que nuestra lengua materna es extranjera para todos los demás. Es fundamental para el personaje cuando descubre que volver a casa era tan raro como salir de ella. Se vuelve un extranjero de sí mismo.

- ¿Podría decirse que al moverse por el mundo el señor Watanabe tiende un hilo entre las tragedias que vivió cada país?

- Eso es así desde el principio porque el terremoto con el que se inicia la historia, fue el mayor terremoto en la historia de Japón. Leí que desvió el eje del planeta más de diez centímetros. Eso me conmovió mucho, me pareció que ahí había una metáfora real, física, de hasta qué punto lo que sucede en un lugar lejano puede terminar rebotando en tu propia casa. La réplica, un concepto sísmico pero también cultural, es efectivamente lo que él va viendo a lo largo de su vida. El tiene un trauma fundacional que afecta a su familia y a su país, se va lejos y se va topando con la repetición del espectro. Transporta sus cicatrices, pero va encontrando grietas y cicatrices nuevas en todos los lugares a los que va. Se convierte en una especie de traductor de cicatrices. Me interesaba mucho la relación entre la parte colectiva e individual de la dialéctica entre olvido y memoria. Todo país y todo individuo es un conjunto de olvidos y recuerdos que tratan de armonizar entre sí.

- Hay una especie de vacío alrededor de Watanabe que no logra llenar ninguna de las voces que lo narran.

- Me parece muy interesante la idea de vacío. En occidente el centro es lo que de algún modo monopoliza el conjunto. El centro aspira a volver innecesario lo demás. Bueno, en el zen el centro está vacío. Es un centro precisamente porque está hueco y está disponible para quien lo quiera ocupar. El ideal de identidad zen es no ser nada en concreto a la espera de que te ocupe la persona o la voz que corresponda. Bueno, la novela está construida así. El supuesto centro es un señor muy misterioso que nunca habla, que guarda un silencio casi hermético y que es narrado por otras voces. Él existe en tanto sus otras lo digan. Entonces, siempre hay un silencio y un misterio en torno a su identidad que tiene que ver, primero con esta idea de centro, y también con no poder nombrar el trauma del pasado.

- ¿Por qué elegiste voces de mujeres para narrarlo?

- Precisamente por la idea de subvertir la noción hegemónica del centro. A mí me interesan mucho las consecuencias narrativas que el feminismo tiene en la escritura, no solamente como discurso militante, que es algo tremendamente necesario a nivel cívico y social. Me planteé que el patriarcado, aparte de un repertorio de prejuicios y nociones heredades, es también una estructura narrativa. En la literatura tiene dos consecuencias muy evidentes; por un lado, hay pocos personajes femeninos y en general son poco habladores; pero incluso cuando los hay siempre son construcciones desde el deseo y las fantasías masculinas. Entonces era enriquecedor plantear un supuesto personaje masculino que protagonizara la trama pero que fuera una construcción de distintas fantasías, recuerdos, mal entendidos de voces femeninas. Es decir, al personaje masculino en esta novela le pasa lo que le suele pasar a los personajes femeninos de las grandes narrativas a las que estamos acostumbrados.

- Respecto a ese deseo las cuatro mujeres omiten ser explícitas al hablar de sus encuentros sexuales con Watanabe

- Por eso es deseo, si lo nombran se escapa. Es decir, antes del sexo está la seducción, la omisión interesada, hay una inevitable falta de sinceridad, y por lo tanto, después del sexo viene la verdadera conversación. Es el lugar de la aparición del lenguaje. El momento más intenso narrativamente viene cuando ellas verdaderamente pueden verbalizar lo que les pasó y lo que sintieron. Lo más novelesco del sexo es lo que pasa después. Me asombra que la literatura siga insistiendo en esas pelotudeces que ya hace el mal cine comercial. Quiero decir, lo que ya hacía la novelita erótica, dejar el imaginario intacto. Las narrativas audiovisuales pueden narrar el acto sexual de forma muy completa pero nunca podrán narrar qué hay adentro de la cabeza de esa gente. Lo que más me interesa es qué piensan y qué sienten y el territorio totalmente propio para contar eso es la literatura. No hay ningún otro arte que pueda meterse adentro de la cabeza de la gente que está teniendo sexo.

- ¿Podría decirse que Watanabe parece otro según quién de ellas lo narre?

- Naturalmente. Me fascina mucho cuántas personas podemos ser en función de nuestras compañías, nuestras circunstancias, nuestra edad. Es la primera vez que narro la vida entera de un personaje longevo. Eso me permitió desarrollar cómo vamos cambiando con la edad nuestro concepto del amor, del deseo, del sexo, de la memoria. Un viejo es un extraño conjunto de olvidos y recuerdos repentinos. Es verdad que una parte de la memoria se va debilitando con los años, pero también hay otra parte que se fortalece.

- ¿En que medida Watanabe construye con cada pareja un lenguaje nuevo?

- Creo que en Fractura pasa de modo exagerado lo que pasa en cualquier pareja. Una de las cuestiones fundamentales para constituirse como tal, es la creación de un léxico en común, de un código y hasta un sentido del humor. En realidad nadie habla la lengua de nadie al cien por cien. El amor es una forma de crear un territorio lingüístico fronterizo y tener ese milagro de hablar el mismo idioma que alguien. La novela explora también las limitaciones, los malentendidos y los problemas que genera confiar en las palabras. Al fin y al cabo, es una pregunta por la literatura ¿Qué nos da y qué nos quita el ejercicio permanente en la palabra?

© LA GACETA


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