El día más hermoso del año

En la antesala de la fiesta inaugural, simpáticos personajes que llegaron desde diferentes puntos del planeta brindaron un show fuera del estadio

15 Jun 2018

“Me están pidiendo 500 dólares por una entrada. Y no podés confiar en nadie, todas parecen falsificadas”, confía un amigo costarricense. Se pasea de acá para allá con un cartel contundente: “I need a ticket” (necesito una entrada) se lee, escrito con felpa negra sobre un cartón. Para detectar a los revendedores es cuestión de prestar atención. Se hacen los distraídos y de cuando en cuando intercambian un movimiento de cabezas. Apenas detectan algún peligro, representado por los policías que recorren la zona, se esfuman mezclándose en un mar de camisetas multicolores.

La explanada del estadio Luzhniki es una moderna Babel. Falta un puñado de horas para que el Mundial levante vuelo y la fiesta es absoluta e irresistible. Si el mundo es un pañuelo, Moscú se lo metió en el bolsillo y lo despliega a su antojo. Por ejemplo, en la antesala de la ceremonia inaugural y el partido Rusia-Arabia Saudita. Son pocos los que tienen entrada, pero ese privilegio es secundario. Lo que vale es unirse a la celebración, porque está dicho pero siempre vale repetirlo: la Copa se vive en la calle. ¿Botones de muestra? Sobran.

-Hay brasileños tuneados para la ocasión. Un grupo se identifica como paulista y en él conviven hinchas de Palmeiras y Corinthians. Se unen para cantar que Pelé fue mejor que Maradona, levantan copitas doradas que lucen nuevas y despliegan un cotillón envidiable. Más allá están los cariocas, con camisetas de Flamengo debajo de las banderas. Lo llamativo es que se calzaron un plumaje onda comanche. Transculturalidad absoluta.

-Hay dos japonesas a las que, de tan simpáticas, no les alcanza el tiempo para satisfacer tanta demanda de fotos.

-Hay una invasión de peruanos, que a esta altura ya no es novedad. Una delegación de limeños sigue a una guía a la que se le descompuso el megáfono, así que debe gritar para que la escuchen. Claro, está disfónica y nadie la entiende. En medio de la confusión, Diego Tapiales afirma que volver a un Mundial después de 36 años es un sueño cumplido y que Ricardo Gareca es un héroe al que pretenden nacionalizar. Cuando descubre que hay vuelos directos Tucumán-Lima promete hacer una visita. “Siempre quise conocer los Valles Calchaquíes”, apunta.

-Hay una scola de samba… de Moscú. Sí, carnaval a la rusa. Las remeras dicen “Samba Real” y las chicas tiran unos pasos. Los redoblantes reposan a la espera del ingreso al estadio. No será Copacabana, pero el espíritu es el mismo. Los anfitriones demuestran que de fríos no tienen nada y circulan con banderas y gorritos de piel, un poco exagerados teniendo en cuenta los 16° (que parecen más cuando el sol hace un guiño entre las nubes). Las oportunidades para juntar unos rublos están a la orden del día y los vendedores de camisetas aprovechan para ofrecer unos modelos blancos, con la leyenda y la mascota del Mundial. Piden 14 euros. Mucho.

-Hay más presencia costarricense, esta vez con una delegación de mujeres engalanadas con trajes típicos. Son coloridos y elegantes. Lo gracioso es que todo aquel que les pide fotos agradece con un thank you, latinos incluidos. Detrás de ellas circulan los “animadores oficiales”, a bordo de zancos. Son los abanderados del agite.

-Hay una chica canadiense, que en realidad es china. “Vamos a organizar el Mundial 2026, así que los esperamos”, afirma el paso. “Soy inmigrante –aclara-. Vivo en Vancouver”. Además de hacer flamear una bandera se puso una coronita comprada, a no dudarlo, en un Disney Store. Pero Canadá no juega el Mundial. Tampoco China… ¿acaso importa? Por caso, a pocos metros un periodista realiza un informe en vivo para la TV boliviana y da la casualidad de que un compatriota pasaba por allí. “¡Ven aquí! -le pide-. ¡Eres el representante de Bolivia en la Copa del Mundo!” El joven, un poco avergonzado, contesta con una sonrisa. Fuera de cámara, su novia cuenta que llegaron desde Sucre. Y suspira… “¿algún día tendremos a Bolivia en un Mundial?”

-Hay árabes circunspectos, de túnicas inmaculadas y pañuelos prolijos. Y hay árabes dignos de una barra brava, que cantan y saltan como si vivieran en el corazón de la popular. Unos argentinos, guitarra en mano, entonan “Zamba de la esperanza”, y los árabes los interrumpen a grito pelado. Es una confusión original y divertida. Impensada. Cosas que sólo pueden verse en un Mundial.

-Hay colombianos oriundos de Manizales, la tierra en la que un tucumano es ídolatrado. La pregunta es para picarlos un poco: ¿conocen a Sergio Galván Rey? “¡Geniooo!”, responden a coro, y al toque empiezan a cantar por Once Caldas. Al igual que los peruanos y los mexicanos, los colombianos están en todas partes. Es interesante hablar con los de Medellín, porque muchos son hinchas de Nacional y quieren información sobre Atlético. Sienten que son favoritos en esa serie de Copa Libertadores, pero no se confían. “¡Cuidado con el Pulguita Rodríguez!”, es la advertencia que se llevan.

-Y hay, decididamente, una sensación de que el momento es único, de que si la vida es corta estos son los instantes en que merecerse disfrutarse a pleno. Es fútbol, por supuesto, pero hay algo más. Algo intangible pero tan real como la alegría que todos sienten y transmiten. Una energía mundialista que es combustible para el alma.

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