Lenin y Budweiser, un solo corazón

13 Jun 2018
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CONTRASTES. La estatua de Lenin parece observar con cierta nostalgia la carpa de Budweiser, cerveza oficial del Mundial. LA GACETA / FOTO DE GUILLERMO MONTI (ENVIADO ESPECIAL)

La carpa es roja, pero no por lo soviética. Es el color de Budweiser, cerveza que además de patrocinar a la FIFA es un símbolo de la sociedad de consumo. Un mojón estadounidense allí donde se lo encuentra. “Nada derrota a una Bud”, afirma la publicidad. Sobre la carpa, contra un horizonte nuboso, se recorta un perfil inconfundible. Es Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el revolucionario, líder bolchevique y prócer de un régimen que hace años pasó a la historia. De él, frente al imponente estadio Luzhniki, sólo queda la estatua. El contraste es poderoso. Lenin, emblema de la dictadura del proletariado, ha quedado sumergido en un mar de sponsors. La Rusia de ayer y la de hoy se confunden en una viñeta demoledora. La foto, a su manera, es una síntesis del Mundial.

Hubo un tiempo en el que el propio estadio llevaba el nombre de Lenin, retazos de aquel planeta bipolar en el que la amenaza atómica planeaba sobre todas las cabezas. Disuelta la Unión Soviética, el tablero geopolítico se reconfiguró, y Rusia no está dispuesta a resignar un destino de grandeza. Bella, decididamente impactante, Moscú vuelca sobre el visitante sus avenidas rectas y amplias, su arquitectura sólida y gigantesca. Maciza y elegante a la vez. También sus colores. A esa concepción pertenece el Luzhniki, un anillo de dimensiones perfectas, asentado sobre columnas que lucen capaces de soportar el peso del mundo. Allí se realizará mañana la ceremonia de apertura y, a continuación, rusos y árabes disputarán el partido inaugural.

Desde el pedestal, Lenin miraba ayer el incesante ir y venir de un ejército de trabajadores que terminaba de darle forma al área de recreación. En el playón que rodea a la estatua fueron armándose los stands de los patrocinadores (Coca Cola, Kia, Wanda, entre otros) que ofrecerán toda clase de juegos, premios y atracciones antes, durante y después de los partidos. Y Budweiser, por supuesto, pondrá la cerveza oficial de la Copa. Propuestas impensadas, por ejemplo, cuando el estadio era el hogar de la selección de la URSS, en pleno comunismo. Fue además la sede de los Juegos Olímpicos de 1980 (boicoteados por el grueso del mundo occidental) y quedó a nuevo el año pasado gracias a una inversión de 400 millones de dólares. Lo reinauguró Messi.

Una joya moderna

Acceder al Luzhniki es de lo más sencillo: hay una estación de subte a 300 metros. Es imposible perderse, apenas se emerge de la estación aparece de frente la mole de cemento. Privilegios de las grandes capitales, organizadas de modo tal que el transporte público conecta los principales puntos. El ticket de subte cuesta 55 rublos, alrededor de 23 pesos (aunque es difícil precisarlo teniendo en cuenta lo fluctuante del cambio en nuestro país). Y más allá de la velocidad y la calidad del viaje, queda la experiencia de visitar las estaciones del metro moscovita. Cada una de ellas es una joya arquitectónica y decorativa.

Las entrañas del Luzhniki constituyen una miniciudad. Sólo echando una mirada al anillo central se descubre que hay un rectángulo de césped en el que se juega al fútbol. El resto, de tan lujoso, no deja de sorprender. Allí veremos mañana a Ronaldo, a Robbie Williams y a Aída Garifullina, una de las más prestigiosas voces de la ópera rusa, país en el que la música y las danzas clásicas están enraizadas en la cultura popular. La de ayer fue una jornada de ensayos en el Luzhniki. Todo se probó una y otra vez, durante horas, con miras a una fiesta que promete ser intensa, pero llamativamente breve. La música pop retumbaba en los oídos de Lenin, al ritmo de coreografías que intentan guardarse en secreto.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, en los alrededores del Kremlin, el Mundial explotaba con las oleadas de hinchas, un hormiguero de camisetas peruanas, colombianas, brasileñas, mexicanas, rusas, egipcias y –por supuesto- argentinas. El epicentro de la pasión se acomodó en una serie de calles que serpentean en los alrededores del Kremlin. Cuadras y cuadras de restaurantes, bares y paseos cuyas vidrieras ofrecen las mejores marcas. Todo es carísimo, lógico. Una réplica de Londres, París, Roma y Berlín, con la Plaza Roja como fondo. Y con otra estatua que no deja ninguna duda si de contrastes hablamos. Allí, entre tanto ejemplo de la occidentalización de la “madre Rusia”, a metros del río Moscova y del palacio desde el que gobierna Vladimir Putin, el que mira todo con asombro es Karl Marx.

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