El BCE, guardián del euro en tiempos de incertidumbre, cumplió 20 años

03 Jun 2018

JÖRN BENDER Y FRIEDERIKE MARX | AGENCIA MARK

FRANKFURT. - Su poder abruma. Para algunos es incluso inquietante. El Banco Central Europeo (BCE) no solo tiene capacidad para decidir la tasa de interés del dinero que deben pagar millones de europeos. De un tiempo a esta parte, el guardián del euro también se ha convertido en un resorte que incita a actuar a la clase política. El viernes último, la entidad que se creó en Fráncfurt a imagen y semejanza del Bundesbank alemán cumplió 20 años. El BCE sopló las velas en tiempos de incertidumbre, después de superar una crisis del euro que amenazó con el fracaso de la moneda única y de desafiar tabúes de la ortodoxia germana con la puesta en marcha de un multimillonario programa de compra de activos para evitar el colapso. Han pasado dos décadas desde que se alcanzara el compromiso de fundar un banco central en Europa que, en ningún caso, en sus inicios debía estar comandado por un alemán o un francés. El holandés Wim Duisenberg asumió en el verano (boreal) de 1998 el mandato de una institución que se fijaba como principal objetivo mantener una moneda estable en la eurozona. “El 25 de mayo de 1998 los Gobiernos de 11 países europeos nombraron al presidente, al vicepresidente y a los cuatro miembros restantes del directorio del BCE. Su nombramiento tenía efecto a partir del 1 de junio de 1998 y cimentaba la creación del BCE”, según quedó registrado en las actas fundacionales.

En una eurozona que posteriormente se amplió a 19 países, las dificultades fueron a más. Mientras que el sur de Europa celebraron el bajo precio del dinero tras la reciente crisis financiera de 2007, en otros países como Alemania el BCE se ha vio obligado a justificar con detalle todos sus movimientos.

La elección de Mario Draghi como sucesor del francés Jean-Claude Trichet hace siete años fue recibida con recelo en Alemania, donde diarios como el sensacionalista “Bild” no tardaron en cuestionar su idoneidad para el puesto. “íMamma mia!, para los italianos la inflación forma parte de su día a día, tanto como echarle salsa de tomate a la pasta”, publicó en aquel entonces el rotativo. Sin embargo, los temores de una posible subida del precio del dinero no se confirmaron y eso que Mario Draghi puso a disposición de los bancos una barra libre de liquidez sin precedentes.

Compras de deuda pública, inyecciones a bancos en apuros, tipos de interés del cero por ciento, penalizaciones a los bancos por depositar su dinero en Fráncfort (en vez de prestarlo a familias y empresas) son algunas de las medidas con las que el BCE, en aras de impulsar la inflación y la coyuntura de la eurozona, se alejó del consabido pragmatismo del Bundesbank alemán. A día de hoy, en Europa todavía muchos recelan de la autoridad de la que goza un organismo que no es elegido democráticamente y que, en opinión de los más conservadores, se ha excedido en sus competencias al comprar cantidades masivas de deuda.

Ni los litigios judiciales que el BCE afronta por su gestión de la crisis financiera han frenado a un Draghi que se muestra imperturbable. “Nuestra política monetaria ha tenido éxito”, ha dicho el banquero romano en más de una ocasión. A 20 años y con Italia en el punto de mira de los inversores, la entidad monetaria tendrá que hacer de nuevo malabarismos para que los incendios que se originan en el ámbito político no lleguen a comprometer su independencia.

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