“Hace falta poco cuando se tiene algo profundo para decir” - LA GACETA Tucumán

“Hace falta poco cuando se tiene algo profundo para decir”

Con una voz impiadosa, la escritora colombiana, radicada en Buenos Aires desde hace trece años, descubre en sus historias los síntomas de la soledad del mundo contemporáneo. Esa agudeza le valió el Premio Literario Casa de las Américas 2014 por los cuentos de Cosas peores (Seix Barral). Hoy, una vez más, su mirada implacable aparece con fuerza renovada en Tiempo muerto, la novela publicada por Alfaguara

11 Mar 2018
1

Por Verónica Boix - Para LA GACETA - Buenos Aires

A esta altura, Margarita García Robayo ya tiene un lugar propio en las letras de la región. Además de varios libros de cuentos, escribió las novelas Lo que no aprendí y Hasta que pase un huracán y dirigió durante cuatro años la Fundación Tomás Eloy Martínez. Lejos de los lugares comunes, en su tercera novela explora la historia de un matrimonio en crisis como si caminara sobre una telaraña rota. Sin embargo, la trama es sólo la excusa para revelar las contradicciones de mujeres y hombres en la tensión constante entre los mandatos y el deseo individual.

- ¿En qué medida la novela sugiere que la patria es la pareja?

- Quería hacer esa asociación, que no necesariamente está implícita. Esta es una pareja bastante particular porque los dos habitan un suelo que no es el suyo. Leí una idea de un sociólogo francés que hablaba de que la patria era un hijo y pensé lo complicado que era para esta pareja tener hijos en un lugar que no los representaba como New Haven, una ciudad universitaria donde todo el mundo parece estar siempre como de paso. Justo en ese lugar, intentar darles una pertenencia es pretender criar a alguien en un no lugar. Hay una escena que tengo muy presente: la nena está hablando con otra nena que es de Venezuela y el hijo le pregunta a Lucía de dónde es. Ella le contesta, “soy de acá”, pero mira alrededor y se encuentra con una casa que es exactamente igual a todas las casas de la cuadra, o sea, así de impersonal puede ser ese lugar.

- Eso lleva a pensar que los lugares, los objetos y los gestos de la historia concentran los dilemas de la condición humana

- Lo difícil y lo gracioso de escribir es componer bien, no solamente los personajes, las escenas, las locaciones, sino la historia en general. Quiero montar una especie de iceberg de cosas y para que sea algo eficiente, en el mejor sentido de la palabra, necesito componerlo. Creo que eso es el arte: modos de intervención, en general política, sobre el mundo si el resultado es la belleza; porque es luminoso y te toca algo dentro de lo nervioso que te conmueve fisicamente o bello desde lo emocional y por eso te sacude. Entonces, creo que el arte son pequeñas intervenciones sobre el mundo. Eso me interesa hacer con la literatura y nunca lo tuve tan claro como en esta novela.

-¿Qué te interesaba explorar del entorno social que habitan los personajes?

- Siempre tengo una especie de curiosidad casi etnográfica por la clase social media acomodada que representa cierta gente latinoamericana que aspira a ser lo que no es, bueno, esta clase arribista a partir del consumo es lo más normal que podemos encontrar, por ejemplo, en la generación de nuestros padres, los clásicos wannabe. Pero en este caso, me interesó que los protagonistas estuvieran atravesados por el discurso ideológico, que fueran gente formada académicamente, con acceso y cierta intelectualización de su discurso cotidiano, de la pareja, de la pertenencia, de los hijos, de todo, pero igual van y toman vacaciones en Miami. Entonces, viven una serie de contradicciones tremendas que tienen que ver, en buena parte, con asumirse como alguien progresista que en realidad se ahogó en muchos aspectos de su vida.

- ¿En qué medida el argumento fue una excusa para hablar de otros temas?

- Me pasa como lectora y como escritora que cada vez me interesan menos los argumentos en sí mismos. Hace falta poco cuando se tiene algo profundo para decir. Quería sembrar cositas sobre el paso del tiempo, la maternidad, la alimentación que fueran armando un retrato. Entonces, la novela era un vehículo para hablar de un montón de temas que tenía dando vueltas. Uno de ellos es el paso del tiempo en los vínculos afectivos: cómo se van transformando las cosas de manera imperceptible por quienes conforman una relación o una familia hasta que llega un momento en que, de repente, te ves frente a gente desconocida con la que has convivido mucho tiempo.

- En ese sentido, el juego de miradas que cuentan la historia parece decir que no hay ni víctima ni victimario.

- Me interesaba que se vieran los puntos de vista pero que no se notara ningún tipo de preferencia ni de rol preponderante de uno sobre el otro. Traté que Pablo y Lucía tuvieran los suficientes matices y ambigüedades. El problema estaba en esa cosa como podrida que no se habían dado cuenta que tenían debajo. Creo que lo que hacen es entender cómo se llega hasta ahí. Eso los obliga a mirar al otro y rescatar eso que los llevó, en primera instancia, a estar con esa persona. Están haciendo un esfuerzo cada uno por rescatar piezas vivas del otro, cuando ya saben que están en un estado terminal.

- Se dice que todos los personajes en definitiva tienen algo de quien los escribe ¿En este caso pensás que es acertado decirlo?

- Sí, totalmente, uno se desdobla en muchos personajes. He hecho bastantes cosas en primera persona y se da por sentado que eso marca la cosa autobiográfica; me parece un gran equívoco. Me doy más licencia de poner cosas propias cuando estoy camuflada por muchos personajes; uso mucho de mi propia intimidad, de hecho, mi entorno cercano casi no lee mis libros. Tampoco tengo mucha relación con mi familia en Colombia y en parte es por los libros, ellos se sienten expuestos, y nadie que no fuera ellos lo pensaría así.

© LA GACETA

Comentarios