Tafí del Valle en una visión de 1928

05 Mar 2018

Manuel Riva - LA GACETA

La atracción por Tafí del Valle viene desde antaño, pero alcanzar el valle tenía sus complicaciones. La primera forma de llegar fue a caballo. Más tarde, hacia 1921, las máquinas voladoras entraron en escena y llevaban a los pasajeros. Recién hacia los años 1940 los automóviles hicieron su ingreso por primera vez en la villa. En una crónica aparecida en los primeros días de marzo de 1928, escrita por Juan Vargas Nievas, se relata los días pasados en el valle, que se extendieron más de lo previsto por el mal tiempo que impedía el despegue del avión “Alberdi”, con el que había viajado.

Bajo el título “Por los valles de Tafí, en avión” el cronista refleja en su nota las excursiones que realizó a los distintos parajes del valle y destacaba la buena acogida que los pobladores del lugar le daban a cada paso. En su segundo día de estadía realizó una visita a la “iglesia construida por los jesuitas” en el siglo XVIII que “con sagrada devoción y respetuoso cuidado fue conservándose a través de los lustros y las décadas”. Para llegar cruzaron el río y siguieron con rumbo a la estancia de las Carreras para antes llegar a “la casa del doctor Frías Silva”, que los recibió con delicada atención. El dueño de casa accedió al pedido de visitar el templo. “Al fondo en la semi penumbra está el altar y la descripción seguía: dos inmensos cuadros pintados al óleo constituyen todo el adorno de la nave”. También menciona el famoso túnel subterráneo, cuya entrada está al costado del altar, como una de las cosas que los había llevado hasta allí. Aprovechó el relato para exponer los famosos hechos sobrenaturales relacionados con estos lugares, como la historia de un explorador que ingresó en el túnel y del que nunca más se supo. O de otro que, atado con cuerdas, logró regresar, del mismo túnel, pero medio asfixiado.

No pudieron seguir hasta Las Carreras, y fueron invitados a tomar el té en Las Tacanas. La merienda fue servida en la casa de la familia Esteves: “un caserón inmenso y denunciador de antiquísima época, conserva aún las primitivas puertas de una sola pieza y las enormes llaves conventuales de hierro forjado”.

ATRACCIÓN. El Curtiss del Aero Club fue la atracción para los jóvenes que pasaban sus días en la villa por entonces.

El tercer día fue de mayor aventura para los viajeros que fueron en busca del cerro donde el “agua sube” por invitación de José Luis Tula. Tras una ardua cabalgata llegaron hasta el lugar, pero no había agua ni que subiera ni que bajara, para decepción de los exploradores. Tras esta frustración fueron al paraje Los Lamederos: “una sucesión de barrancas donde el ganado va a lamer la tierra”.

Según el cronista el duro viaje valió la pena ya que desde ese lugar: “se dominaba la villa bajo otro aspecto que presenta el cordón prolongado de sauces que sigue el curso del río Angostura”.

Los viajeros regresaron agotados, pero eso no fue obstáculo para que el cronista junto al piloto de la aeronave, Próspero Palazzo, fueran hasta el campo de aterrizaje. Allí estaba el “Alberdi 6” listo para despegar, cosa que el mal tiempo impedía. Con meticulosidad el piloto revisó el avión al tiempo que llegaba un anciano lugareño. Ambos visitantes iniciaron una charla con él acerca de la nave. El hombre consultado respondió: “muy lindito, se m´iase que ai de ser mansito”, fue su comentario sobre la nave. Y agregó: “lo i visto pasar por allá” en referencia a la zona de La Ventanita, lugar por donde la máquina ingresaba en el valle. Palazzo lo invitó a dar una vuelta apenas el tiempo lo permitiera y la respuesta fue: “como no, po niño; si io no le tengo miedo porque veyo que a naide le hace nada”. Al explicársele que no podían remontar vuelo por el mal tiempo el anciano lanzó su pronóstico diciendo que ese día no iba a cambiar, que al día siguiente aparecerían unos rayos de sol y que al siguiente podría haber mejor tiempo. Ese pronóstico venido de la boca del lugareño trajo desazón a los viajeros.

Las jornadas de intensos recorridos para abarcar el valle obligaban al escriba a regresar a su alojamiento a descansar. El lugar elegido, pese al ofrecimiento de los vecinos para instalarse en sus casas, fue la posada de Cecile Maas, una súbdita británica. El periodista reconoció su poco conocimiento de las danzas nuestras y manifestó: “ciertamente era una vergüenza para nosotros, ya que íbamos a recibir lecciones de una británica”. La pensión, que apenas costaba 5 pesos por día de aquel 1928, “era cómoda, económica y de todo punto perfecta”, y agregaba: “la higiene y el servicio esmerado es el sello inconfundible, y el buen gusto de una inglesa culta y amable, el adorno de dicho establecimiento que llena en parte las imprescindibles necesidades en aquella región” sobre alojamiento. Los hospedados, al decir de Vargas Nievas, se reunían alrededor de la mesa del comedor diariamente para una “charla amena... el único bochinchero en la mesa según el pintoresco castellano de Miss, era el momoso” de Palazzo.

MONUMENTO RELIGIOSO. La iglesia de Tafí del Valle se muestra orgullosa a la lente de nuestro fotógrafo. 

La cuarta jornada siguió igual y las comunicaciones telegráficas desde Tucumán informaban que llovía con intensidad. En el valle no llovía por lo que se decidió que se iba a realizar una jornada de vuelos por la zona. Palazzo quería aprovechar el día para publicitar el vuelo en todas sus facetas. El día se presentó fresco. Una vez que el avión quedó listo para despegar “se procedió a dar hélice” y el elegido, por decisión del piloto, fue nuestro periodista quien recordó que “sudó la gota gorda”. Los pasajeros de aquel vuelo fueron Ñata Esteves y Tono Vidal.

El Curtiss despegó con elegancia. Ascendió hasta las grises nubes y viró hacia el centro de la villa, cruzó raudamente sobre la cancha y regresó. Con habilidad el piloto aterrizó la nave impecablemente. Ambos pasajeros, al desembarcar, se mostraron encantados por el primer vuelo que realizaron entre cerros y valles.

El carnaval tomó a los viajeros en la zona pero su relato será parte de otra historia dados los jugosos detalles de la diversión en aquellos años. Baste decir que las dos últimas jornadas fueron a toda orquesta y de fiesta total.

El tiempo mejoró y el pronóstico era halagüeño. El último día fue aprovechado por nuestro cronista para visitar el cementerio del valle. Anduvo por las orillas del río Angostura subiendo y bajando lomadas con rumbo a la necrópolis. Tras la visita siguieron rumbo a la estancia El Mollar, de José Frías Silva. Desde el camino se veían: “las verdes y fértiles praderas y las quebradas, ora riscosas, ora llenas de vegetación fueron matizando la enorme perspectiva que nuestras retinas no se cansaban de admirar”.

Los exploradores también se refrescaron en las puras y frescas aguas del Ojo de Agua, muy famoso aún en el camino que une las dos localidades. Al regresar, cansados de la excursión, se les informó que el tiempo en Tucumán era bueno y que desde el Aero Club se autorizaba el pilotaje. Llegaba a su fin una aventura impensada que se había extendido por varios días a causa del mal tiempo. La noche del quinto día permitió ver algunas estrellas y la posibilidad del viaje de regreso se hizo tangible. Pese a ello los viajeros participaron del último baile de carnaval aquella noche en la estancia Las Tacanas.

El sexto día se puso en marcha antes de que apareciera el sol para aprovechar la hora despejada. Fueron hasta la pista a pie debido a que no había caballos porque era muy temprano. Ellos mismo alistaron la aeronave.

Se iniciaron las maniobras de despegue, el avión dio un salto para volver a tierra, otro más, hasta que finalmente el ascenso se hizo evidente y efectivo.

Tras una serie de maniobras sobre el valle, que llevaron al “Alberdi” hasta El Mollar, se logró la altura suficiente, se superó el colchón de nubes y el avión enfiló hacia su destino, sobrevolando el cerro El Pelado y La Ventanita. En segundos la nave dejó atrás el valle y la mirada del escriba quedó clavada en el fondo de esos cerros.

Un rato después vieron el río Caspinchango y ya aparecieron las chimeneas de los ingenios Santa Lucía y La Fronterita.

En su viaje hasta la capital tucumana la nave sobrevoló a 2.800 metros de altura. Ingresó en la parte sur de la ciudad como a 3.000 metros. Poco después el avión tocaba tierra en el todavía aeródromo Benjamín Matienzo, en el parque 9 de Julio, donde era esperado por el presidente del Aero Club, Ernesto Aráoz.

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