La autopista a Famaillá, sin vallas ni vigilancia

04 Mar 2018

Nadie puede discutir que la autopista Tucumán-Famaillá es una de las vías de comunicación más importantes de nuestra provincia, constantemente utilizada por conductores que se desplazan por ella en todo tipo de vehículos, de cuatro y de dos ruedas, durante las 24 horas de la jornada. Es ese carácter de carretera destacada y más que frecuentada, lo que hace que un par de defectos serios que presenta deban ser encarados y solucionados.

Bien se sabe que, en una autopista, algo esencial para la seguridad es una división física infranqueable entre sus dos direcciones. Es decir que, para separarlas, no es suficiente que sólo exista un trecho de tierra y pastizal, como ocurre con la que nos referimos. Tiene que haber un guarda-rail metálico, y, si no hay fondos para costearlo, otro tipo de valla sólida o una zanja tan profunda que sea imposible de atravesar.

Esto por notorias razones. Quien circula por una autopista, usualmente a gran velocidad, debe estar absolutamente seguro de que no se le aparecerá, súbitamente, un automotor que se le cruce, porque su irresponsable conductor ha resuelto pasarse a la otra mano para acortar camino.

En la carretera que conecta a Tucumán con Famaillá cualquiera puede percibir que hay varios lugares por los cuales ese paso se realiza habitualmente, como lo muestran con nitidez las huellas de los vehículos infractores.

Teniendo en cuenta el gravísimo peligro que encierra dicha maniobra, nos parece que sería elemental implementar una valla que no pueda ser cruzada, en todos los puntos que cubre el trayecto de la autopista. Una división de esa índole, constituye un requisito elemental en el diseño de carreteras de ese tipo. Extraña que haya sido obviado cuando se construyó la que nos ocupa y que la falla continúe manteniéndose vigente pese a los muchos años que pasaron desde que la autopista se habilitó.

Otra deficiencia, también estrechamente vinculada con la seguridad de los usuarios, es la falta de vigilancia policial a lo largo de la treintena de kilómetros por los que transcurre dicha carretera. Piénsese que a la vera de esa cinta pavimentada -sumida en la más absoluta obscuridad de noche- no hay ningún personal policial que controle lo que ocurre. No existen policías apostados ni tampoco se perciben vehículos de esa repartición que efectúen constantes recorridas de ida y vuelta, como sería razonable que lo hicieran.

Es decir que por la autopista pueden desplazarse conductores en estado de ebriedad, o en vehículos totalmente inseguros, sin luces ni frenos; que pueden ingresar carros de tracción a sangre, o cruzarse de pronto animales sueltos. Y que pueden ocurrir accidentes, así como perpetrarse asaltos, todo esto sin presencia policial de ninguna especie.

Pareciera obvio puntualizar que un asunto de esta naturaleza debe ser modificado sin pérdida de tiempo. Automotores que van y vienen a gran velocidad, en medio de la noche y de la soledad, diseñan sin duda un marco dentro del cual existen nada exageradas perspectivas tanto de infracciones, como de percances y de delitos.

Así, sería deseable que las autoridades examinen detenidamente las deficiencias que comentamos, como paso previo a adoptar esas medidas de control que actualmente, como decimos, brillan por su ausencia. Esto debe hacerse antes de que se produzcan hechos lamentables, que una adecuada prevención pudo perfectamente haber evitado. No es la primera vez que lo decimos.

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