Jorge Fernández Díaz: “Lucho todos los días contra la profecía del fracaso que anunciaba mi padre"

Es el autor de una de las novelas argentinas más vendidas de los últimos años. La herida comparte el éxito de su anterior libro, El puñal, y también a su protagonista, Remil. En esta entrevista habla de la gestación, el paso del tiempo y el futuro de Remil; la relación del periodismo y la literatura con la realidad; la invención del pasado; la relevancia del articulismo y la superficialidad de ciertas tendencias actuales. “Las redes sociales confirman algo que sospechamos siempre: la cantidad de imbéciles que hay en el mundo”, afirma.

25 Feb 2018
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el periódico

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - Buenos Aires

Jorge Fernández Díaz nos recibe en el bar Donato, en el barrio de Palermo, cerca de su casa y cerca, también, de las calles en las que vivió esa infancia que supo recordar y disfrazar tan bien en libros como Mamá, Fernández o La segunda vida de las flores, entre otros. Mientras sigue trabajando en periodismo, incurre en la novela; ahora a través de un héroe mercenario al que le dicen Remil, una forma sutil de graficar hasta dónde es capaz de llegar para cumplir las órdenes de su jefe, el veterano Calgaris.

Remil irrumpió en 2014 como protagonista de El puñal y reapareció a fines de 2017 en La herida. Fernández Díaz dirá en esta nota que habrá al menos una tercera historia de Remil. En tanto, está feliz porque, a poco más de un mes de su publicación con 35.000 ejemplares, La herida tuvo dos tiradas más de 20.000 cada una. Eso llevó a que vuelva a editarse El puñal. “Hasta Mirtha Legrand me habló del personaje. En Planeta me dicen que es la primera vez que pasa un fenómeno así con un personaje de la literatura argentina”, suelta. Y dice enseguida: “Antes creo que los detectives no eran creíbles. Borges decía en 1933 que el argentino veía a la policía como una mafia. Esa idea se convirtió luego en verdadera, porque la policía empezó a manejar el juego clandestino, la prostitución, el narcotráfico, las zonas liberadas. Y además fueron fascistas, con eso del gatillo fácil. Y Remil es una especie de canalla pero canalla querible. Lo más verosímil es que se trata de malos contra peores”.

Y después habla de su propia herida:

- Cuando yo tenía 15 años, mi viejo descubrió que yo quería ser escritor. Entonces me da completamente por perdido. Pensaba que quería ser un vago. Todo porque no quería ser abogado. Ese conflicto duró hasta mis 25 años. Casi no podíamos hablar. Sólo hablábamos de fútbol. Después, en Diario Popular, allá por 1985, empecé a contar una historia policial por capítulos. Aquel fue un momento fundacional. Primero porque me reconcilié con mi padre: él, que era mozo de un bar, me llamó a la redacción y me preguntó si el protagonista, Emilio Malbrán, recuperaría un maletín que le habían robado. “¿Para qué querés saberlo?”, le pregunté. “Porque acá lo están leyendo y quieren saber si lo recuperará”. “Sí, lo va a recuperar”, dije. ¡Se me caían las lágrimas! Me fui al baño a llorar. No quería llorar en esa redacción de machos. Y en segundo lugar, la literatura que nos había distanciado, también nos unía. “Todos tenemos una herida fundamental”, dice uno de los personajes de La herida. Creo que lucho todos los días contra la profecía del fracaso que anunciaba mi padre. Entonces mi respuesta es convertirme en un trabajador adicto. Para demostrarle a él y a mí mismo que esa profecía era falsa. La herida fundamental con mi padre quedó. Ese conflicto se lo trasladé a Remil y Calgaris.

- ¿Cuándo te diste cuenta de que esa era tu herida?

- Lo habré descubierto hará uno 10 años, haciendo terapia. Todos mis temas volvían al mismo lugar. Impresionante. Un punto ciego. No creo que eso me haya pasado sólo a mí. Al apartarse uno de esa idea traicionaba lo de “mi hijo el doctor”. Lo llamo La maldición de la escalera: subir eternamente. Subir y subir y subir. Está bueno como progreso. Lo que no nos enseñaron es que se podía llegar a determinado lugar y descansar. Que el descanso también es bueno. El gallego, el italiano, el polaco metieron esa idea de que la escalera siempre había que subirla y subirla. Pero es imposible llegar arriba. Como el horizonte: nunca podés llegar al horizonte. Esa es mi herida. Conozco a personas que tienen otras heridas. Cada uno tiene algo contra lo que lucha.

Dos años fascinantes

- ¿Cuánto tiempo le dedicaste a La herida?

- Dos años me llevó hacerla. Fue fascinante. Yo escribía y mi mujer (la periodista cultural Verónica Chiaravalli) me cuestionaba. Recuerdo un tiempo que pasamos en Roma. En un momento anotaba ideas porque si no se me iban a perder. Se caía el mundo de la lluvia que había. Fueron tres horas en las que ella leía un libro y yo escribía. Siempre con la idea de contar cómo se crea un pasado heroico a un dirigente que no existe, cómo se compra a la oposición en la política, cómo se hace campaña con el inconsciente colectivo, cómo se protegen crímenes de Estado, como el de (Paulina) Lebbos, en Tucumán. Me interesaba contar cómo se monta el negocio de la política.

- ¿La herida de Remil es sentir que también se le pasa el tiempo, que ya no es invulnerable ni tan necesario?

- Es un Remil golpeado, más maduro, pero aún no aceptó que tiene más años ni su vulnerabilidad. Ahora le cancherea menos a la vida. Calgaris, su jefe, le dice que se le ven las partes rotas. Lo dice con pena y no con rabia. Remil no es un héroe de corazón puro sino un héroe infame, pero héroe al fin. Un héroe perturbador que también hace cosas muy jodidas. Todos llevamos un canalla dentro, hasta el más bueno. Uno desea amar, transgredir, matar, herir, etcétera. Pero esas cosas no las hace. El gran desafío de la novela es que Remil sea un tipo querible al que uno no invitaría a su casa a comer. Yo sí lo invitaría.

- En la novela escribís que “ya no viajamos para mirar, sino para mostrarles a los demás hasta dónde fuimos capaces de llegar y lo piolas que somos”.

- Es muy impresionante ver en lugares como La Fontana di Trevi a gente que en vez de escuchar, mirar o vivir ese momento se sacan fotos a sí mismos. Es una cosa narcisista para enviar a otros. Es narcisista y estúpido. ¿Para qué sacan fotos a pinturas que se pueden comprar a la salida de museos o verlas en internet? Sacar una foto a un Guernica es un disparate. Las redes sociales son fabulosas para la democracia. Pero a la vez esto confirma algo que sospechamos siempre: la cantidad de imbéciles que hay en el mundo. La tecnología nos permite constatar la imbecilidad, la envidia, lo ruin, lo violento. Lo vemos en estas acciones de personas sacándose fotos en estos lugares únicos. Si vas a la Capilla Sixtina quedate en silencio; es un momento único. Además el turismo ha convertido a esos lugares en algo terrible, porque ya no se puede ir para disfrutar de un mínimo momento de soledad y contemplación porque te llevan por delante.

Pasados épicos

-En La herida se lee que el género policial es el que, desde el periodismo, mejor permite contar la realidad. ¿Por qué?

-Si leés a Markaris leés a la sociedad griega. Con Chandler entendés cómo era la clase alta de Los Ángeles en aquellos tiempos. En los policiales siempre hay cacerías. Cacerías de la inteligencia como las de Sherlock Holmes o Isidro Parodi, de Borges y Bioy. O cacerías humanas, como las de los grandes detectives y policías. Esas cacerías son una excusa para mostrar la jungla en que vivimos. Además creo que el género policial está muy vinculado al género periodístico, porque se da cuenta de algo a lo que los diarios no pueden llegar. Hay una vinculación secreta entre el periodismo y el género policial.

- Decís también que en la Argentina todo el mundo se inventa un pasado épico...

- En política se puso de moda generar un relato épico del pasado. No sólo con el kirchnerismo sino de más atrás. Por eso en esta novela se le crea un pasado épico al gobernador. En el caso de los Kirchner se sabe que no lucharon contra la dictadura, sino todo lo contrario: se llenaron de plata en esa época y no hicieron nada por los derechos humanos. Pero para gobernar debían crearse un pasado heroico que les diera legitimidad. Eso sucede hasta en las familias. Muchas veces, al escarbar sobre las familias, aparece como un acuerdo de relato familiar que no es justamente lo que sucedió. Eso es inquietante porque lleva a pensar sobre la objetividad, un tema tan complejo del periodismo. Porque la objetividad es una utopía y sólo se alcanza por aproximación. Si no está dada en nuestros relatos personales, ¿cómo se va a dar en el periodismo? Yo escribí Mamá a base en lo que viví y lo que me contaban mis padres. Y cuando fuimos a comer con mi familia en España, terminaron diciendo que (la del libro) era la historia de la familia vista por mi madre. Si inventamos relatos de nuestros pasados familiares, ¿cómo no va a pasar en otros ámbitos?

- Cuando el año pasado asumiste en la Academia de Letras dijiste que en los diarios y a través de los articulistas se encuentra la mejor literatura. ¿Lo seguís pensando?

- Mi idea era referirme al articulismo como una de las bellas artes. Javier Marías, Manuel Vicent, Sarmiento, Alberdi, Roberto Arlt, Luis Alberto Romero, Sebreli, Kovadloff, Guebel, Millás, Almudena Grandes, Pérez Reverte son algunos de los que hicieron artículos con arte. Intervienen de una determinada manera, más cercana al ensayo que al puro periodismo. Me interesó ver esa genealogía del articulismo que empieza con el ensayo y deriva en grandes pensadores. Quienes los escriben tienen una particular manera de ver el mundo. El articulismo es una pieza literaria de controversia, de conversación, de discusión. Cuando Alberdi se sentó a escribir sus bases que servirían luego para crear nuestra Constitución nacional, muchas de sus ideas las había publicado en periódicos de Argentina, Uruguay y Chile. Nuestra Constitución está basada en el articulismo. En el periodismo hay mucho analfabeto y mucha persona simplificadora de la historia que ni siquiera ha estudiado la historia del periodismo. Que creen que el periodismo empieza con el Watergate. Y viene de mucho antes.

-¿Qué planes tenés para este año?

-Tras hacer una gira de presentación de La herida por Madrid, Bilbao, Barcelona y Sevilla, entre mayo y junio viviré en París, donde planificaré al próximo Remil. Y tengo pendiente trabajar sobre los textos que escribí en los domingos de los últimos cinco años para La Nación. Los que quiero expurgar de coyuntura para hacer un libro con eso. Un libro que comience con mi historia personal, sobre los cambios que experimenté desde mis 19 años. Y agregaré mi estudio del articulismo. No sé cuando lo publicaré. Pero lo que quiero lograr es un testimonio de época. Porque cada vez hay más primicias instantáneas, datos… y lo que quiero es tratar sobre las discusiones, que son argumentaciones.

© LA GACETA

PERFIL

Jorge Fernández Díaz es escritor y periodista. Fue cronista policial, periodista de investigación, analista político, jefe de redacción de diarios y director de revistas. Hoy es uno de los principales columnistas políticos del diario La Nación. Publicó, entre otros libros, Mamá, Fernández, La segunda vida de las flores y La logia de Cádiz. El puñal fue uno de sus grandes best-sellers y será filmada por el director Marcelo Piñeyro. Obtuvo, entre otras distinciones, el Konex de Platino como el mejor redactor de la década y la Medalla del Bicentenario por su obra periodística y literaria. En 2012 fue condecorado por el rey de España con la Cruz de la Orden de Isabel la Católica, y en 2017 ingresó en la Academia Argentina de Letras.

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