Iain Banks: “Soy un pesimista de corto alcance y un optimista de largo aliento”

En junio de 2013 falleció el escritor escocés Iain Banks. Quizá sea un buen momento para recordarlo como era, siempre afable y de buen humor para responder a todos los que se le acercaran a hablar de su extensa y premiada obra, casi 30 libros, publicados a razón de uno por año y traducidos a muchas lenguas. Este es un recorrido, de su mano, por algunos de sus mejores títulos.

25 Feb 2018
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Por Marcelo Damiani - Para LA GACETA - Edimburgo

Hace algunos años tuvimos la oportunidad de entrevistarlo en Edimburgo, primera ciudad literaria del mundo según la Unesco. Es que ahí nacieron Sir Walter Scott, Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde, y uno de los autores más admirados por Borges, Proust, Pavese y Nabokov. Significativamente, la prensa británica no dudó en calificar a Banks como el Stevenson de los 90, ya que además ambos compartían el gusto por las tramas con giros inesperados y una prosa simple y directa.

“Sí —admite Banks—, me gustan los escritores que cuentan buenas historias, como Jane Austen, Tolstoi y Borges”. Y de pronto es como si este hombre afable y fornido también tuviera la habilidad de leer el pensamiento, ya que no pierde tiempo antes de agregar: “Ficciones de Borges es uno de los libros que yo considero fundamentales para mi formación como escritor, además del Ulises de Joyce, El proceso de Kafka, Moby Dick de Melville, La guerra y la Paz de Tolstoi, y por supuesto todo Shakespeare”.

Banks vino al mundo en 1954 en la ciudad de origen medieval Dunfermline (donde también nació Ian Anderson, líder de la banda Jethro Tull). Antes de la publicación de su primera novela, trabajó haciendo de todo, desde extra en la escena final de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python (“Una de mis películas favoritas”, afirma sonriendo) hasta interpretar al mismísimo monstruo del Lago Ness (“Ahí ya no estuve tan bien’’, se lamenta, irónico). Su prestigio como uno de los más versátiles escritores ingleses creció rápidamente, a partir de su manejo en varios géneros, desde el gótico, pasando por la novela política hasta la ciencia-ficción, que escribe bajo el seudónimo (“súper secreto”, como le gusta bromear) de Iain M. (por Menzíes) Banks.

“Generalmente tengo todo planeado antes de empezar una novela –contesta al ser interrogado sobre su método de trabajo–. Ahorra enormes cantidades de tiempo escribir el primer borrador en tu cabeza, y cometer los primeros errores ahí, antes que en el papel o en el disco rígido”.

En persona, la primera impresión que despierta Banks es la de no ser un escritor, sino un profesor (tal vez de música) muy divertido, siempre dispuesto a contar anécdotas graciosas en el clima distendido de los pubs ingleses. Sin embargo, se ahorra exteriorizar una sonrisa ante la inefable pregunta acerca de cuándo decidió ser escritor. “No hubo un momento en particular. Originalmente quería ser un científico. Después quería ser marino, como mi padre. Luego de eso, desde el secundario en adelante, escritor. También hay un dibujo que hice cuando tenía 11 años (era la época en que teníamos que ilustrar lo que supuestamente queríamos ser cuando fuéramos grandes), que me muestra como un actor en un estudio de cine o TV, con las palabras «Además: Escritor» taladradas en la esquina superior izquierda de la hoja. Así que estaba en mi mente desde ese momento al menos”.

Banks fue un total desconocido hasta su impresionante debut con La fábrica de avispas (1984), novela de aprendizaje llena de rituales y violencia, un poco macabra, con un clima opresivo sobre cuya trama no es conveniente adelantar demasiado; sí se podría decir que quizá la mejor forma de leerla es a la luz de las velas.

- ¿Cómo valora, desde la actualidad, su exitosa primera novela, La fábrica de avispas?

- Sigo pensando que es un texto profeminista o antimachista, que satiriza la religión y trata de decir algunas cosas sobre la forma en que, mientras crecemos, somos formados o conformados por nuestro entorno y por la torcida información que nos dan los que están en poder de hacerlo. Pienso que el personaje, Frank, de alguna forma, nos representa a todos; decepcionado, sin rumbo, volviendo sobre algo que nunca existió, vengativo por ninguna buena razón, y tratando con ahínco de vivir de acuerdo a un ideal sobrevalorado, que de cualquier manera no tiene ninguna importancia. Hay lugares, también, donde yo estaba tratando de usar a Frank para decir algo sobre la diferencia entre las razones instituidas y supuestamente civilizadas para tornar un curso de acción, y las verdaderas razones pasionales.

- ¿Está de acuerdo con quienes sostienen que La fábrica de avispas y Cómplice (una novela de intriga protagonizada por un periodista desengañado) parecen escritas por personas distintas?

- No estoy de acuerdo, ya que creo que hay muchas similitudes entre ambas. Cameron y Andy, en Cómplice, tienen una relación muy parecida a la que tienen Frank y Eric en La fábrica... El paisaje y la ambientación escoceses, además, importan mucho en cada historia. Hay un montón de oscuros secretos familiares e historias escondidas, una serie de muertes y ataques y una gran secuencia de autojustificación cerca del final. Prácticamente, una reescritura.

- ¿Usted es admirador de Hunter S. Thompson, como el protagonista de Cómplice?

- Un gran admirador, en realidad; aunque como en el caso de Joseph Heller, toda su obra está dominada por un solo libro: Miedo y asco en Las Vegas, por supuesto. Me encanta el humor peligroso que lo recorre, y la energía salvaje, la insania descontrolada y furiosa con la que está escrito. Es una verdadera obra maestra.

- Teniendo en cuenta la violencia y los finales casi siempre tristes de sus novelas, el lector tiene derecho a pensar que usted es una persona oscura. ¿Es así?

- Yo discutiría que La fábrica de avispas tenga un final triste; para mí no es así, aunque parece que soy parte de una minoría. Y ciertamente Cómplice y Una canción de piedra son bastante desoladoras. Creo que soy un pesimista de corto alcance, pero también un optimista de largo aliento, aunque generalmente estoy de muy buen ánimo, y casi siempre lo he estado. Mi sobrenombre en el colegio era Smiler (Sonriente).

A partir de su cuarta novela, Consider Phlebas (1987), título que proviene del famoso poema de T. S. Elliot: The Waste Land, Banks también es el creador de lo que ha dado en llamar “The Culture”, una especie de utopía socialista que él mismo ha considerado inalcanzable, ya que en el mundo todavía hay gente muriendo de hambre. Por eso le preguntamos qué es para él esa sociedad utópica.

-Es el lugar donde me gustaría vivir, mi equivalente ateo del cielo. Escribí El jugador de juegos como una pieza de propaganda de ese mundo, envuelta en una especie de historia de aventuras, para una sociedad futura que me gustaría ver nacer. Racional, sin carestías de ningún tipo, decente, humana, segura, confiable, y tolerante con más o menos todos y todo, excepto la crueldad de aquellos que tienen más. Es como pensar en hippies con armas brillantes.

- De los libros que ha escrito, ¿cuál es su favorito y por qué?

- El puente (1986), porque es el más complicado, el que necesitaba más habilidad para ser estructurado. Creo que tiene una riqueza, una profundidad y una variedad de técnica y tono que hace que valga la pena releerlo, y creo que se las arregla para ser vistoso y serio al mismo tiempo.

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