Conservación de las antiguas fotografías

07 Feb 2018

La investigación histórica ha establecido que la fotografía, que arribó a Buenos Aires como maravillosa novedad en 1843, llegó a Tucumán cuando iba terminando la década de 1850. Primero aparecieron los daguerrotipos, que se imprimían sobre metal, y luego las imágenes estampadas en papel. Es decir que hace ya más de un siglo y medio que existen fotografías en nuestra provincia.

Por eso mismo llama la atención la escasez de las provenientes del siglo XIX. Para dar un ejemplo grueso, es singular que, de un suceso tan importante, en todo sentido, como fue la llegada del ferrocarril a Tucumán en 1876 (traído por una comitiva donde estaban el presidente Nicolás Avellaneda y el ex presidente Domingo Faustino Sarmiento), no se conozca registro alguno. En el Archivo Gráfico de la Nación, que posee la colección de imágenes antiguas más importante del país, son también muy escasas las fotos del Tucumán del siglo XIX. Y lo mismo ocurre cuando se indaga en otros repositorios, tanto de Buenos Aires como del interior del país.

Es conocido que, del Tucumán de esos tiempos, sí bien existe una –relativamente- buena cantidad de retratos individuales, es muy raro el registro de casas, de calles y de escenas de costumbres en general. Constituye la única excepción, la conocida veintena de tomas de Ángel Paganelli, que publicó en 1872 el doctor Arsenio Granillo en su libro “Provincia de Tucumán”. Resulta evidente que, sí son tan escasas las fotos de aquellas épocas, es porque sencillamente no fueron conservadas por sus propietarios. Como el Estado no había tomado el peso a tales testimonios, tampoco se preocupó de conservarlos en alguna institución. Y desgraciadamente no tuvimos en Tucumán, a diferencia de lo que ocurrió en otras provincias, coleccionistas de ese tipo de material.

Hay memoriosos que recuerdan, por ejemplo, que en la década de 1950 pasaron a la basura los negativos de vidrio de la famosa casa Valdez del Pino, que durante décadas fotografió a Tucumán y a los tucumanos. Nadie sabe qué se hicieron las placas de Paganelli, o las de fotógrafos como Eduardo Lecoq, o Fernando Streich, o Rafael Papalía, o Francisco Sánchez Mella, o Dipiel Goré, para citar solamente algunos nombres célebres para los pocos que estudiaron este tema.

Hace pocos años, se inició en Tucumán una toma de conciencia sobre el valor de la foto antigua. Existen ahora instituciones y expertos que ha rescatado lo poco que queda de algunos archivos: por ejemplo, los de la fotografía Bachur o los que archivó la Logia “Estrella de Tucumán”.

Lo lamentable es que, en algunas casas de familia, todavía se sigan descartando las fotos antiguas que algún antepasado guardó. Es común escuchar que ello ocurre, generalmente, en la depuración que acompaña a los cambios de casa. Sería deseable que quienes posean ese tipo de material, en la capital o en el interior, lo donen a las instituciones que pueden conservarlo. Una actitud de esa índole significaría valorar la memoria de la provincia y facilitar así la enorme cantidad de estudios que se hacen actualmente a partir de los testimonios gráficos. Una inteligente campaña del Estado, pensamos, podría cooperar mucho a esta recuperación. El área cultural oficial debiera, además, tomar medidas para organizar un banco de imágenes: de modo que no se repita la situación que deploramos, y que las futuras generaciones puedan conocer cómo eran la ciudad y la provincia de hoy.

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