Un arte de la memoria

Angustioso equilibrio en un ir y venir de voces novela la música de Frankieluis Gusmán.

04 Feb 2018

De Augusto Murario.-

La primera edición de esta novela apareció en 1993. Un cuarto de siglo más tarde, su autor, ya consagrado, decide corregirla a pedido de la nueva casa editorial. Esta operación de reescritura consistió, en parte, “suprimir (las) historias paralelas que desviaban lo que la anécdota proponía contar”. Asimismo Luis Gusmán (1944) buscó desplazar uno de los personajes secundarios (el ucraniano Stiel) a un espacio de mayor visibilidad. Todo, a favor de una mayor cohesión y coherencia del argumento. Ahora bien (y a pesar de ello), en La música de Frankie, su trama de traición (un asesino serial de taxistas entregado por el hermano), poco importa. La clave está en el tono paranoide, el flujo narrativo con que se entretejen su centenar y pico de páginas: su endiablada música. No en balde Ricardo Zelarayán sostenía que de todos los libros escritos por su antiguo colega de Literal, era éste su predilecto. A pesar de su ritmo alucinatorio, caótico en un ir y venir de voces, hay un angustioso equilibrio. Escrita a través de capítulos breves y una compleja prosa límpida, el estilo permite una respiración ambigua, inquietante.

Garzón, un arquitecto, tras cumplir una condena de cinco años por el homicidio de un hombre, intenta regresar con la mujer que lo llevó a la cárcel de Batán: la misteriosa Cora. El Club Regatas, es apenas un pretexto, una circunstancia espacial para desarrollar el destino aciago de sus personajes. Tampoco debemos olvidar al mismo Frankie, mentor y defensor de Garzón en la cárcel, quien atraviesa todo el libro. A través de una atmósfera fatalista, típica del cine noir, los protagonistas se entrecruzan por diferentes líneas narrativas, para alcanzar un desenlace inmejorable.

Esta novela negra es, en verdad, la historia de una reconstrucción. La idea que tiene la memoria a la hora de transformar lo que fue, o pudo ser, para elaborar un presente funcional a las mentiras de sus protagonistas (todos, en algún momento, mienten o se mienten a sí mismos). El estilo es meticuloso. Sus estructuras gramaticales, sus construcciones sintácticas, sus expresiones de estilo resultan, por momentos, hipnóticas. En especial el modo de saltar de un tiempo verbal a otro sin solución de continuidad.

El Prólogo de D. Erlan debería ser obviado, tal vez, también la Indicación del propio Gusmán. No por el hecho de estar mal escritos, o por resultar redundantes, sino porque revelan demasiado al lector, al punto de, quizás, condicionar su lectura. Los clásicos pueden prescindir de explicación.

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