04 Feb 2018

De Estanislao Bachrach.-

El día que cambió mi vida me encontraba en Juan Le Pin, un paraíso a orillas del Mediterráneo sobre la Costa Azul francesa. Llevaba tres días extrañando mi laboratorio, encerrado en un centro de convenciones delante de unos posters que yo mismo había preparado con imágenes de Western Blots, fotos de inmunofluorescencias de distintas proteínas y algunos textos de Word a la espera de que alguien se acercara y se interesara por mi trabajo. Marc, mi director de tesis de doctorado, había insistido en que viajara para exponer los logros que había conseguido al estudiar cómo el VIH entra en las células y, de esta manera, justificara ante la comunidad científica la beca que desde hacía cinco años me pagaba el CNRS, un organismo del gobierno francés. Durante esos últimos cinco años mi vida había sido perfecta: pasaba el día dedicado a mis investigaciones en los laboratorios P2 y P3, y el tiempo libre paseando en moto, participando de reuniones sociales, disfrutando la gastronomía, el clima y la vida placentera del sur de Francia. No tenía un solo motivo para quejarme. Sin embargo, mi beca estaba llegando a su final, y la posibilidad de no poder seguir haciendo lo que me apasionaba en un lugar así era un motivo suficiente como para preocuparme. Si bien estaba escribiendo mi tesis, y había publicado dos artículos importantes como primer autor y otros dos como colaborador, sabía que eso no bastaría para poder conservar mi lugar en Montpellier. Por eso había aceptado el consejo de Marc y había viajado al congreso: si la ciencia era mi pasión y yo era tan bueno en lo que hacía, necesitaba salir del laboratorio para que todos se enteraran de eso y alguien se dignara a darme una nueva beca para poder continuar.

Debía esperar que terminara la conferencia del futuro premio Nobel Eric Kandel y que los asistentes, todos científicos de menor o mayor importancia y éxito, recorrieran el círculo de poster sessions y se interesaran en lo que yo tenía para mostrarles. Mi objetivo era convencer a todos de que mi potencial era enorme, de que mis estudios aún no estaban concluidos y que sus resultados podían ser tan valiosos para el Estado francés como para el resto del mundo científico. Sólo debían darme otra beca. Aunque, en el fondo, tenía la vana ilusión de lograr un contrato profesional y un salario mejor que me convirtiera en un científico pago y me exorcizaran de la condición de eterno estudiante becado.

* Fragmento de Random.

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