En busca del público perdido

30 Ene 2018 Por Fabio Ladetto

Termina uno de los eneros con menos actividad artística en Tucumán de los últimos años, duro reflejo de la situación económica que hace que los gastos en esparcimiento, cultura y arte queden relegados por buena parte de la sociedad para un mejor momento.

Esa decisión impacta en la producción y circulación de bienes intangibles, como es la música, el teatro y el cine. Y se expresa en cifras y datos fuertes, que tienen un correlato en diferentes aspectos de la realidad: cada vez hay menos espacios para recitales (los sitios cerrados por las vacaciones son más que otras veces) y, a diferencia de otras temporadas, recién el último fin de semana empezó a tomar envión la agenda teatral, sin giras ni festivales en el interior de la provincia. La programación de espectáculos populares parece relegada casi con exclusividad a los festivales folclóricos con alguna pata tropical o a los carnavales que comienzan a despuntar.

Pensar que Tucumán es la excepción es tener una visión parcial de los hechos. Es cierto que en algunas plazas veraniegas repuntó la presencia de público en las salas (especialmente en Mar del Plata), pero en realidad esa es la golondrina que no hace verano. En términos históricos, la estadística que vuelca el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) sobre la venta de entradas a las salas de la provincia es clara: el año pasado hubo 1.025.000 personas que fueron a ver alguna película, sin importar si era nacional o extranjera; de terror o comedia; buena o mala.

La cifra es elocuente. No se llega a vender una localidad por cada tucumano: para ser más preciso, es el 0,63% de la población local. Habrá alguno que va dos veces por semana al cine y muchos que no pisan ni la vereda. Eso se proyecta (ya que hablamos de filmes) en otros datos duros: Tucumán prácticamente no registró variaciones en la concurrencia a las salas respecto de 2016 (fueron 1.008.000 personas), pero cayó si se la compara con 2015, cuando se compraron 50.000 entradas más.

Al abrir el panorama y proyectarlo nacionalmente, la provincia se ubicó el año pasado en el séptimo lugar en el país en venta neta de localidades. Figurar detrás de Buenos Aires, Capital Federal, Córdoba, Santa Fe y Mendoza suena lógico por la cantidad de habitantes, aunque con ese último distrito estamos parejos en habitantes. Pero también nos aventajan Salta y Neuquén, lo que habla de hábitos de consumo cultural. Estar relegado en este ránking obliga a pensar qué está pasando más allá de la respuesta casi automática del peso de la televisión doméstica y de las redes sociales. Estas están presentes en toda la Argentina sin diferencias, así que la excusa no alcanza.

La aflicción está presente también en el campo de la comunidad teatral, que no se tomó descanso en enero. Por el contrario, voceros de grupos y de salas independientes vienen reuniéndose en asamblea casi todas las semanas del incipiente año, donde el debate sobre la escasez de público y las herramientas para revertir la merma están en la primera línea.

Hay una pregunta articuladora de las discusiones, que en sí misma es provocadora: ¿qué espectador queremos? De esta forma se pasa del arcaico aspecto pasivo del artista que espera que cualquiera lo vaya a ver a uno proactivo que pretende definir un perfil de público al que irá orientada la propuesta estética. Ese vínculo, de concretarse, será mucho más firme y sólido que el eventual, y generará un compromiso profundo de ambas partes. Es que para que haya teatro, se necesita como mínimo a dos personas: un actor o actriz y alguien sentado en la butaca.

En los encuentros de los teatristas se volcaron ideas como la promoción cruzada de espectáculos entre las salas (de ese modo, quien va a ver una obra se entera de lo que están poniendo en otro lugar), con la posibilidad de que incluya descuentos; publicar guías con grillas de actividades culturales, talleres, propuestas en escena y demás, que incluyan a las obras que se presentan en el interior; realizar un megaevento de lanzamiento de la temporada 2018, que en la provincia comienza en marzo, con material preelaborado para la prensa, y concluir con el relevamiento que se está haciendo sobre estrenos, reposiciones y festivales, para poder organizar una grilla anual que evite superposiciones o acumulaciones evitables. Son todos ejemplos de que la rivalidad no corre en el ámbito del teatro tucumano, por lo menos en estos tiempos de sequía (contradictorios con tanta tormenta destructora de ilusiones y vidas).

Sabedores de que para encontrar soluciones es necesario un buen diagnóstico, se está discutiendo también la posibilidad de realizar una profunda investigación anual que de claridad a los cambios que se vienen registrando empíricamente, para lo cual se solicitará financiamiento al Instituto Nacional de Teatro, que no participa de estas asambleas (la próxima será mañana) y es criticado por la demora en el pago de subsidios de festivales del año pasado.

Pero no sólo se habla de conseguir que el público vuelva o vaya a las salas. Hay reclamos crecientes en los encuentros que se transformarán en acciones concretas, como la exigencia al Gobierno para que se reglamente de una vez por todas la Ley Provincial de Teatro 7.854, sancionada hace más de una década.

Por la mora señalan al titular del Ente Cultural de Tucumán, Mauricio Guzmán, pero está claro que el desinterés en que se aplique plenamente la norma aprobada en 2006 abarca pero trasciende su oficina. Uno de los brazos de esa ley es el Consejo Provincial del Teatro Independiente, organismo asesor que resuelve, entre otras cosas, el otorgamiento de aportes provinciales a salas, elencos y obras. Los mandatos de los integrantes de este cuerpo vencieron en diciembre y desde el Ente se anunció que se elegirán los nuevos el 5 de marzo (votan todos los teatristas inscriptos en un padrón específico). Es de esperar que Guzmán deje el decreto firmado antes de irse de gira con los músicos de la Orquesta Estable.

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