El próximo miércoles se cumplen ocho años de la muerte del gran escritor tucumano. Casi hasta sus últimos días trabajó en la escritura de El Olimpo, una novela inconclusa e inédita. Lo hizo desde 2006 y hasta el mes anterior a su fallecimiento. Aquí reproducimos una de las versiones preliminares de ese texto que gira en torno de tres Olimpos: el homérico, de la Ilíada y la Odisea; el Olimpo de Hitler y la Alemania nazi; y el Olimpo de Floresta, uno de los centros clandestinos de detención en la Argentina.

28 Ene 2018
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De Tomás Eloy Martínez.-

Hubo un momento, un relámpago ciego de la eternidad, en que los Dioses inmortales quisieron morir. Lo sabían todo, pero no sabían morir. Muy atrás, en el foso sin fondo de los tiempos, sus caprichos aterrorizaban al mundo. Imaginaban pestes y enfermedades cada vez más incurables, ordenaban matanzas atroces y disfrutaban infundiendo el odio entre los hombres para verlos desgarrarse en contiendas sanguinarias. Manifestaban su poder levantando los océanos de sus lechos y dejándolos caer como latigazos sobre la tierra, impasibles ante la ruina de los pueblos a los que derribaba el oleaje. Pese a las desdichas, la especie humana se extendía, se multiplicaba y les proporcionaba incontables víctimas para los sacrificios y las diversiones. Entre ellos se decían que las maldades no triunfan pero, cuando los arrebataba la cólera, los Dioses se volvían irracionales y malvados. Carecían por completo de escrúpulos morales. Desconocían la compasión y la culpa. El llanto de los mortales les parecía un espectáculo grotesco.

La eternidad les había enseñado todos los signos y las voces de la muerte, pero como la muerte no había entrado en ninguno de ellos, desconocían su apariencia y sus señales. Querían morir y no sabían cómo.

II

Coro de los sobrevivientes – Un día irrumpieron en nuestras vidas seres malignos que decían ser emisarios de los Dioses. Estaban llenos de poder y no tardaron en demostrarlo. Nos advirtieron que, como los deseos de los Olímpicos cambiaban muy rápido, debíamos estar siempre pendientes de sus órdenes y cumplirlas sin demora. Cualquier distracción nos podía costar la vida. Nos repetían que, si vacilábamos en obedecer, los Dioses nos infligirían torturas más crueles pero más torpes que las de Sísifo: quemaduras con sopletes, descargas eléctricas en las encías y en la ingle, mordeduras de perros y de ratas, empalamientos, ataques de hormigas carnívoras, y la peor de todas, torturarían salvajemente a nuestros hijos delante de nosotros. No los dejaban dormir. Tampoco nosotros dormíamos. Cuando se nos cerraban los ojos y se nos apagaban los sentidos, nos quitaban la respiración con bolsas de plástico o nos ahogaban en pozos de mierda. Los aullidos de dolor de los niños nos desgarraban el alma. Nada de lo que dijéramos los satisfacía. Con cualquier excusa nos castigaban. Vivíamos atentos a la cólera de sus ojos y a los temblores de las cejas. Con el tiempo distinguiríamos qué significaba cada gesto y, aunque podíamos adivinarles los pensamientos –que, por lo demás, eran muy simples–, estábamos indefensos.

Nos aferrábamos a cada instante que pasaba como si fuera el último, vivíamos en una frontera inestable entre la vida y la muerte. Los que se decían emisarios nos maniataban la conciencia con su poder ilimitado y, poco a poco, iban despojándonos de los atributos humanos que ellos ya no tenían. Ni siquiera nos creíamos con derecho a sentir vergüenza por hacer lo que nos obligaban a hacer.

A la entrada del campo donde estábamos recluidos ellos habían pintado un cartel en torpes caracteres góticos: “Bienvenidos al Olimpo de los Dioses”. Debajo del cartel se leía una firma: “Los Centuriones, dueños de la vida y de la muerte”. Se les habían mezclado la historia romana y la mitología griega. Durante el imperio romano, los centuriones eran los oficiales que comandaban en el ejército una centuria de ochenta hombres. Y en cuanto al Olimpo mismo, un monte de casi 3.000 metros, poco ha cambiado desde los tiempos de Hesíodo. Antes, la nieve asomaba en la cumbre. Ahora, en sus laderas sólo crecen pastos duros que hasta las cabras rechazan. Como el Olimpo es la montaña más alta e imponente de Grecia, la imaginación de los hombres la convirtió en morada de los Dioses. Está situada en el norte de Tesalia, a dieciséis kilómetros del mar Egeo. Cuando los vientos amontonaban nubes en su cima, los habitantes de las ciudades vecinas creían vislumbrar los palacios de cristal de roca desde donde los Dioses regían el orden del mundo.

Muy lejos de allí y mucho después, en el invierno de la historia, los personajes sombríos que se llamaban emisarios de los Dioses construyeron su propio Olimpo a ras del suelo, en una cueva de chapas y ladrillos mal revocados del barrio de Floresta, en el oeste de la ciudad de Buenos Aires. Antes de que llegaran, el tinglado había servido como terminal de varias líneas de colectivos y ómnibus. Y después, en 1983, fue el galpón de la División Automotores de la Policía Federal donde se verificaba la identidad de los vehículos y se tatuaba sobre los vidrios, con aire comprimido y arena, el número de serie de cada unidad. Hace poco, en noviembre de 2005, el antiguo garage fue consagrado a la memoria de sus setecientos muertos y abierto libremente a los visitantes. Un público pasmado pudo ver las celdas, las letrinas y la cámara de torturas, con la avergonzada sensación de que todas las sevicias cometidas allí ante sus narices habían alcanzado a desdichados que se parecían a ellos y que bien podían haber sido ellos. Una puerta de metal, de dos hojas, les servía de entrada. A la izquierda de la puerta habían colocado una imagen de yeso de la Virgen de Luján sobre un altar de cemento. La espalda de la Virgen estaba protegida por un amenazante abanico de lanzas. Los emisarios miraban la efigie con temor y a veces se persignaban al pasar frente a ella. Se declaraban cristianos pero, como no conocían las mitologías ni las religiones, se les confundían todas, y ninguno habría sabido discernir a cuál pertenecía.

© Fundación TEM

* Ana Prieto, quien catalogó el archivo de Martínez, y la Fundación TEM, donde se encuentran los materiales de investigación ligados a esta novela, constataron que el escritor había avanzado con la estructura y los borradores de todos los capítulos, aunque tenía pendiente el pulido y corrección. El texto, apuntan, busca dar con el punto de encuentro en distintos momentos históricos en los que existe el dominio de unos sobre otros. Este dominio no sería posible, dice TEM, sin la complicidad de la sociedad. Además, los archivos encontrados pertenecientes a esta novela revelan una constante en su pensamiento: la preocupación por la historia y los vínculos con la tradición literaria.

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