El año de la política

13 Ene 2018
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El calendario se empecina en certezas sobre el escenario político tucumano, en contraste con las incertezas que dominan a los protagonistas de la escena pública provincial. Con 2018 comienza el penúltimo año de la gestión de Juan Manzur, justo a tiempo para advertir que, ciertamente, nadie sabe cómo va a seguir la novela del poder en Tucumán.

No lo sabe el senador José Alperovich, el fundador de la Democracia Pavimentora, que con el establecimiento de dos reelecciones consecutivas mantuvo un statu quo en los cargos que (salvo pocas excepciones) duró 12 años. Ahora que no ocupa el sillón de Lucas Córdoba, quienes lo rodean exhiben un ciclo de emplazamientos y moratorias hacia su sucesor. Hace un par de semanas, a continuación del saludo de Felices Fiestas, recitaban casi de manera coral, “en enero se larga José”. Pero enero está promediando y la novedad, en todo caso, consiste en que ahora el ultimátum para que Manzur tome una decisión se corrió a marzo.

Puede que sean acciones de los desayunadores, pero lo cierto es que el alperovichismo ha salido a apurar definiciones de lealtad a dirigentes del este, el oeste y la capital, en lo que alguno de los urgidos casi confunden con aprietes. Si el ex gobernador no está ansioso, su entorno lo está por él. Donde hay dos legisladores alperovichistas, hay una acusación de traición y una promesa de revancha. Y esa crispación, propia de un síndrome de abstinencia de poder, se exacerba, justamente, por la carencia de certezas acerca de lo que viene.

Lo que Alperovich probablemente sabe es que, mientras su capacidad de construcción está por verse, su capacidad de daño es casi indudable. Para el caso, el jaldismo le atribuye haber jugado deslealmente en los comicios de octubre, cuando perdieron 60.000 votos (y una banca) respecto de las primarias de agosto. En simultáneo, los alperovichistas se adjudican suficiente espalda electoral como para dividir al oficialismo en 2019 y reeditar, a escala provincial, el escenario de Yerba Buena: el peronismo fue a las urnas divido y por la quebrada pasó, triunfal, Cambiemos.

Tampoco sabe el vicegobernador Osvaldo Jaldo cómo será el devenir político. La doctrina que viene ensayando el tranqueño es la de posturas firmes a cambio de ganarse el respeto (eufemismo de odio) del ex mandatario. La puso en juego apenas pasaron las elecciones de diputados, guillotinando la mesa de autoridades de la Cámara. Y la volvió a usar apurando la salida de la Cámara del ultra alperovichista Sergio Mansilla, semanas antes de que la Corte sentenciara que el ex senador nacional no podía asumir como legislador porque ya había agotado su reelección. En todo caso, Jaldo viene tensando la cuerda, pero no para romperla. Si Alperovich está tan apurado como los que operan en su nombre, tal vez sea él quien concrete la ruptura.

Lo que Jaldo sí sabe es que él es hombre fuerte del interior y que, si Manzur quiere repetir como gobernador, es un socio imprescindible. Alperovich, de volver, no lo hará para ser vicegobernador, sino para retornar a la Casa de Gobierno.

Si ni Alperovich ni Jaldo conocen cómo sigue la historia del poder tucumano es porque Manzur mismo lo ignora tanto como ellos. No es para menos: las certezas del gobernador vienen siendo en extremo precarias. Durante el electoralísimo 2017, él jugó a convertirse en un hombre fuerte del peronismo nacional. Entusiasmado por las encuestas, por el resultado de las PASO y por los desaciertos del macrismo, se convirtió en un crítico feroz de la Casa Rosada, en el anfitrión de mandatarios que venían a augurar las horas contadas de Cambiemos y en un impulsor de la Liga de Gobernadores. Hasta que llegó octubre. Los comicios de ese mes, a los efectos tucumanos, fueron una elección de números absolutos: el oficialismo sacó más votos que en 2015 y ensanchó la diferencia con la oposición. Pero a los efectos nacionales, fue una elección de magnitudes. Y a Manzur lo empataron “2 a 2” en el reparto de bancas. Después, volvió el alineamiento desesperado con el macrismo, hasta el punto de prometer para la reforma previsional el apoyo de diputados con los que ni siquiera contaba…

Manzur sí sabe, en todo caso, que nadie tiene más plata que el Estado tucumano que él administra. Y conoce, también (y tan bien…), que el sistema electoral vigente en la provincia está diseñado para que su combustible sea el dinero. El acople rige en Tucumán gracias al exceso de reglamentarismo de la Constitución de 2006, porque nunca se dictó la Ley de Régimen Electoral que la Carta Magna que ordenó dictar antes de que terminara ese año. Así, sin reglamentación, el que más plata tenga para armar acoples más chances tendrá de colectar votos.

Es decir, la incumplida promesa de la reforma política es el síntoma de la incertidumbre del hombre más poderoso de la política tucumana. Para el que no sabe a dónde ir, cualquier viento (y cualquier reforma) es mal viento.

Tampoco en la oposición, por supuesto, hay certezas acerca de lo que vendrá.

Las reuniones entre el intendente de Yerba Buena y el vicepresidente segundo de la Legislatura lo acaban de testimoniar. Un encuentro entre esos dos radicales con domicilio en Yerba Buena era por poco inimaginable hasta el año pasado. Y 2017 terminó hace menos de dos semanas...

El martes, Mariano Campero y Ariel García iban a merendar en la Municipalidad de Bella Vista. Después acordaron cenar en una parrilla de barrio Norte (el legislador Fernando Valdez, uno de los gestores del encuentro, reservó mesa en el lugar). Y cuando la noticia trascendió decidieron levantar el encuentro, aunque en realidad lo mudaron secretamente a un gran hotel frente al parque 9 de Julio. Cada sector tiene una versión del encuentro (para el caso, todos dicen que a la reunión la pidió el otro); y, más allá del clearing de reclamos, con Manuel Courel y Sebastián Salazar como padrinos del duelo verbal, hubo un punto de inflexión en la charla entre el jefe municipal y el legislador de la sección oeste, que cayó sobre la mesa como un susto de hierro. “¿Qué va a pasar (ahora que las desinteligencias radicales permitieron al peronismo presidir el Concejo) cuando PJ ‘desentierre el hacha’ y decida dar pelea para ganar la Municipalidad en 2019?”. Medio día después, uno y otro montaban una mesa de diálogo, con Jaldo en la cabecera.

Es sólo un botón de muestra de la incerteza general que cunde en el Acuerdo por el Bicentenario. José Cano ajusta los detalles para lanzar en febrero un movimiento provincial en apoyo a Cambiemos. Una apuesta por arriba de la UCR y del PRO que reúna radicales, macristas y, por supuesto, peronistas. Su idea política es sentar allí a la mayor cantidad de legisladores, ediles y jefes municipales. Incluyendo a la insoslayable senadora Silvia Elías y al reservado secretario de Vivienda, Domingo Amaya. Ambos alejados entre sí. Ambos alejados del líder radical.

La idea personal de Cano acaso sea reinventar su figura. En definitiva, los 300.000 votos que acumula lo convierten en el opositor más votado, pero no le permiten consagrarse gobernador.

El movimiento provincial que impulsa el diputado, y cuyo nombre girará en torno de la idea de pensar a Tucumán, tiene el padrinazgo del jefe de Gabinete de la Nación, Marcos Peña, acérrimo adversario de Alfonso Prat-Gay. Aquí las incertidumbres están certeramente conectadas.

La posibilidad de que el ex ministro de Hacienda del macrismo sea candidato a gobernador de Tucumán es, para canistas y anticanistas, sólo una estrategia del propio Prat-Gay para seguir instalado en el mundo del poder político y económico argentino. Para la Casa de Gobierno también era eso, hasta que en noviembre se conoció que él concretó el cambio de domicilio a San Miguel de Tucumán. A partir de ese momento, el manzurismo asumió que lo de Prat-Gay es en serio y, en todo caso, la intriga oficial es quién, en el orden nacional, está detrás de esa apuesta.

En el sector de Prat-Gay, a 20 meses de las próximas elecciones provinciales, tampoco saben si el hombre finalmente se va a postular para la gobernación. Pero sí saben que la pista para aterrizar en Tucumán es la del intendente capitalino, Germán Alfaro. La relación entre ambos es breve, pero fructífera. Prat-Gay fue el primer ministro macrista que le abrió las puertas a Alfaro. La repavimentación de avenidas que encaró el intendente fue con los recursos que consiguió esa vez.

Alfaro retribuyó el gesto en 2016 cuando, en la víspera de la celebración de los 200 años de la Declaración de la Independencia, convirtió al todavía funcionario en el invitado principal de la inauguración del Monumento del Bicentenario. En ese escenario multitudinario, el economista tomó el micrófono y se dio el gusto de dar un discurso político.

Alfaro, por supuesto, tampoco sabe cómo seguirá la novela política tucumana. Pero en su entorno hay una convicción: sea Cano, Prat-Gay o quien venga, el próximo referente electoral opositor no puede ser “de Alfaro” sino “de todos”. Un “todos” que abarque a la mayor cantidad de peronistas y de radicales enfrentados con el peronismo de la Casa de Gobierno.

Alfaro sí sabe que su lugar es en las antípodas del alperovichismo (y derivados). La crisis en torno del transporte público de la capital también debe leerse en esa clave. Mientras Jaldo ajustaba cuentas con el alperovichismo después de los comicios de octubre, Manzur lo hacía con el alfarismo. Hizo que Armando Cortalezzi presidiera el Concejo y copó sus comisiones: de cinco miembros que tiene cada una, tres responden al Gobierno. El mismo Gobierno que a fin de año brindó por la recuperación de los Concejos en los municipios opositores. Así que el mensaje de la intendencia respecto de la suba del boleto es claro: ya que organizaron el Concejo para que funcione sin alfaristas, emitan dictamen y aprueben la suba del pasaje. El enfrentamiento entre Concejo e intendencia de Yerba Buena tal vez haya sido el preludio de lo que viene en la Capital.

Que haya incerteza en las cumbres del poder tucumano es una situación aciaga para sus protagonistas, pero es una buena noticia en el terreno de lo público. Tanta incertidumbre indica que 2018 es un año para la Política con mayúsculas. Un año para la construcción de poder. La certeza de quiénes gobernarán en 2019 empieza a construirse ahora.

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