¿Toda persona tiene su precio?

La corrupción está presente en todos los rincones de la sociedad. ¿Es inherente a la naturaleza humana?

10 Ene 2018
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Mirada que se hace la distraída. Con un ojo mira. Con el otro distrae. Discreta. Descuidista. Las recetas non sanctas son su debilidad. Mirada que transgrede. Se vende al mejor postor. Saca tajada. Repta por las cloacas. Porta valijas de la vergüenza. Mirada de uñas sucias y largas que roba para la corona. Soborna jueces, policías, ministros... Mirada de guantes blancos. Se oculta en paraísos fiscales. Se pasea impune por todos los rincones de la sociedad. Nombra magistrados, catedráticos, profesionales, a dedo. No siente culpa: “Si otros roban, ¿por qué no yo?” Mirada cochambrosa que motoarrebata la dignidad. Que gambetea la decencia. Autoridad que se hace la tonta. Mirada con pecado de intención que ensucia el alma de la honradez.

Alterar y trastrocar la forma de algo. Echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo. Si bien desde tiempos inmemoriales es un verbo ha tenido su respetable presencia, en los últimos tiempos ha ganado un terreno importante, hasta el punto de que es materia de conversación cotidiana. Corromper significa también sobornar a alguien con dádivas o de otra manera. Pero no sólo en el campo político ha exhibido sus mejores habilidades. La corrupción está presente en acciones que pueden ser tildadas de menores o intrascendentes, como pasar en rojo un semáforo, copiar en un examen, leer el correo ajeno, apropiarse de la opinión de otros y no citar las fuentes. El tráfico de influencias, el cohecho, la extorsión y el fraude son algunas de sus prácticas más comunes. En algunos países, como el nuestro, pareciera haber hecho escuela. ¿Está en la esencia del hombre? ¿Cuál es la partida de nacimiento de la corrupción? ¿Se aprende de los adultos? ¿Existe porque también está presente en la justicia? ¿Cómo se la combate con eficacia? ¿Hay gente incorruptible? ¿Está en la naturaleza humana? ¿O todo hombre tiene su precio? Los pequeños ladrones, desde la cárcel, ven pasar a los grandes ladrones en carroza, reza un proverbio francés.

Una marca para siempre

Ana María D’Andrea de Dingevan /Escritora-Docente

Los hombres de bien, para conseguir sus logros en sus diarias actividades, invierten esfuerzo físico e intelectual. Otros eligen la vía más fácil y despreciable y el dinero es la herramienta al servicio de la corrupción que requiere una doble participación: “importante retribución si me conseguís lo prometido”; “me va a venir muy bien”; el que hace el ofrecimiento y el que acepta en claro desprecio por las normas que rigen la vida ciudadana. “¿Por qué perder tiempo en el curso y posterior examen para obtener el carnet de conductor si conozco a quien puede traérmelo a la casa? Que el dinero abra la puerta a lo que cuesta trabajo conseguir”. Ahora: ¿vale tan poco la vida de los otros conductores y peatones que pueden encontrarse con un conductor corrupto? Un ramo de flores, una caja de bombones, ropa, calzado, electrodomésticos, vacaciones gratis, una interesante suma de dinero por... un certificado falso, adulteración de planilla de examen, desaparición de un documento comprometedor, apertura de un sobre inviolable... Unos pocos ejemplos. ¿Quién fija el precio? Los medios masivos de comunicación desnudan todos los días procedimientos espurios que salpican la política, la economía, la educación, la cultura, y generan desigualdad de posibilidades y justos reclamos entre los ciudadanos. La sociedad -y vale la pena- nos brinda también, ejemplos de excelentes profesionales que han honrado su trabajo y han hecho honor a la escuela del hogar y a las aulas donde aprendieron a ser hombres insignes, que transitan serenamente los últimos años, sin haber sido tocados por la vara de la corrupción, que marca para siempre.

Los malos ejemplos

Jesús Amenábar / Cirujano-Profesor de Cirugía

La corrupción tiene muchas caras. En Argentina se ha vulgarizado. Es aceptada y tolerada en todos los ámbitos. Es parte de la viveza criolla. Para algunos queda bien, hasta les saca una sonrisa. Pero la corrupción mata. Ejemplos: Un motociclista conduciendo sin casco y llevando a su mujer y dos hijos. Esto es corrupción por parte del conductor y también de las autoridades que lo permiten. Y mata. La corrupción se expande porque las más altas autoridades y organismos gubernamentales que son los que deberían dar el ejemplo, cometen permanentemente actos de corrupción. Néstor Kirchner en el video que dice al final creyendo estar fuera de cámara: “tengo 600 millones” (de las regalías petroleras). El Indec mintiendo las cifras de estadísticas con total impunidad. José López tirando bolsos de dinero con la complicidad de una religiosa. El vicegobernador diciendo recientemente en una entrevista televisiva que si la gente lo votaba para diputado, el 10 de diciembre iba a jurar en el Congreso. Luego cuando es votado, se queda como vicegobernador y envía a otro al Congreso. Un legislador hace firmar recibos en donde no figura el monto (que lo pone él). Gente que negocia cargos a cambio de favores electorales. Los bolsones de comida que se reparten en las elecciones (la utilización de la miseria por parte de los políticos para comprar votos). Estos malos ejemplos hacen que los jóvenes y ciudadanos comunes consideren que ellos también tienen derecho a cometer actos de corrupción como cometer una infracción y ofrecerle un soborno al policía para que no la registre (corrupto el que ofrece el soborno y el que lo acepta). O buscar influencias para conseguir un empleo.

Una revolución cultural

Mariana Fordham / Docente-Agente inmobiliaria

La corrupción está, a mi entender, íntimamente vinculada al desapego a las normas o a la ley, lo que Carlos Nino denominaba anomia. En su obra “¿Por qué crecen los países?”, José Ignacio García Hamilton señala comparativamente la situación de países donde las reglas de juego son claras y se cumplen y aquellas donde burlar la ley es una conducta habitual. En nuestro caso, desde la época de la colonia, el contrabando fue la base de acumulación patrimonial de las clases privilegiadas. El desapego a la ley la falta de ejemplaridad el no castigo social y jurídico al actuar ilegalmente y el todo vale son fenómenos que hacen casi estructural a la corrupción. Solo podrá mejorarse con una profunda revolución cultural y educativa a la par de un sistema judicial implacable contra la corrupción.

La esperanza

Federico Cerisola /Actor

Si uno revisa la historia patria, advierte fácilmente que Doña Corrupción ha existido siempre, aunque camuflando modos y estrategias. Esta tierra, presumida en otros tiempos de ser fecunda, rica y próspera, hoy agoniza. Yace degradada y herida de muerte, y es por ella, por Missis Corruptela. Pero resulta, que la corrupción carecería de su gran éxito si no se posara sobre el soporte “hombre”. Y sucede que esos hombres corruptos van a nuestras escuelas, son criados por nuestros padres y madres. No han sido arrojados por un plato volador. Allí, nuestra responsabilidad, como sociedad y país. La corrupción es una enfermedad, como un virus inexplicable que se apodera del alma del hombre. No se puede manejar, es evidente, y mucho menos explicar. Como tampoco encontraremos respuesta a por qué algunos hombres son despiadadamente corruptos y otros inquebrantablemente honestos. Sin duda, la clase política ha realizado un trabajo minucioso e impecable para constituirse en la máxima estrella corrupteril. Pero atención, porque la sociedad no se rinde en su intento de acompañar a sus dirigentes y lleva a cabo sistemáticamente la pequeña corrupcioncita de cada día. Falsear declaraciones juradas para evadir algún dinerillo, entregarse a las mieles de la venta pirata callejera, mentir enfermedades en el trabajo, robar la idea de otro y hacerla propia, no respetar las normas, etc. Y es allí donde Discépolo vuelve a recordarnos que estamos “en el mismo lodo todos manoseaos”. ¿Hay cura? Seguramente sí, aunque parezca lejana y esquiva. La segunda pregunta aún más fatal es: ¿queremos curar? Probablemente la respuesta sea, no. Aún quedan muchos hombres sanos, que no tienen un precio y nos inspiran a seguir caminando en este valle de lágrimas. Allí también radica nuestra esperanza y regocijo.

La tentación

Mary Guardia / Escritora-Chef

Ella nació con el hombre, seductora, sutil, perversa y fue a habitar en el lugar más oscuro de cada ser humano. Nuestros ángeles miran asombrados su maldad, su obscena ambición. Generalmente tiene matices políticos y económicos, pero es tan invasiva que logra infiltrarse en el hogar de todos los ciudadanos, quizás sea la manera que encontraron los hombres que aún se atreven a treparse a la cultura del trabajo digno y agotador y con desaliento miran esa inmensa cicatriz que dibuja el ocaso en el cielo cansado de los pobres. La señora corrupción no solo es contagiosa, sino que también es maestra, de manera que detrás de cada padre corrupto, hay un niño que aprende. Quien se deja absorber por la sociedad de consumo desprovisto de valores sólidos, inevitablemente cae en la tentación de interactuar con los abusadores del poder, los traficantes de votos, amiguismo y favores. Para combatirla solo contamos con un arma tan poderosa como ambigua: la educación, creo que sería la vacuna perfecta para rescatar a esta sociedad enferma de amoralidad, anclada en la pobre postura de la buena vida y la poca vergüenza. Los hombres incorruptibles están en vía de extinción. Por citar a alguien sin falsa modestia, fui engendrada por un hombre, que no tuvo motivos para ejercer la honestidad; el analfabetismo le hizo transitar por el camino angosto y espinoso, con pequeñas acciones nos dio un modelo a seguir desde la humildad de nuestra casa y logró formarnos lejos de la extorsión y el fraude a punto que, como Diógenes, me río en el mercado de las cosas que no necesito; él nos enseñó a vivir sin precio, sin egos inflados.

PUNTOS DE VISTA

Menos individuos, más ciudadanos
Marta Gerez Ambertín / Posdoctora en Psicoanálisis
Corrupción proviene de “corruptio” que puede traducirse como “hacer pedazos”, romper algo que debía sostenerse. ¿Qué es lo que se rompe o daña con la corrupción sino la ley que preside y sostiene los lazos sociales? El caso más grave es el de los funcionarios públicos que “hacen pedazos” las leyes en beneficio propio, “rompen” lo que debieran preservar. Pero quienes acusan a aquellos que pueblan el Estado de amigos y parientes, inflan presupuestos para sacar su “diezmo” y compran voluntades para obtener votos, no trepidan en criticarlos para terminar  imitándolos llegada la ocasión. 
Borges ofreció una explicación para este lastre: el argentino es un individuo, no un ciudadano; para él el Estado es una inconcebible abstracción, algo impersonal y el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, robar dineros públicos no es un crimen; es como robarle a “nadie”.
La permanente y difundida tentación de robar al Estado se explica por la tolerancia social a tales actos, la falta de sanciones ejemplificadoras de una Justicia complaciente (¿o corrupta?), la admiración social que impone la riqueza (por todos, aunque fuera mal habida).
Sin embargo, esta difusión social de la corrupción está acompañada de cierto sentimiento de culpa (la tentación por lo prohibido siempre va a dúo con la culpa). La mitad de la sociedad, cuyo 66% admite que compraría algo robado, propone como solución a la corrupción mejorar la educación; otro 33% propone mejorar el funcionamiento de la Justicia; algo así como: somos malos, pero podemos mejorar... ¡si nos obligan!
Eliminar totalmente la corrupción es imposible (lo prohibido por la ley ejerce una poderosa seducción, nadie escapa a la atracción de abismarse más allá de sus límites, ¡todos corruptibles!), pero se reduciría drásticamente construyendo diariamente ciudadanía. El país necesita menos individuos y más ciudadanos... y los necesita urgentemente. Pero, ¿dónde encontrarlos? ¡Casi una aguja en un pajar!
Facebook, maquillaje y lentejas
Por Rogelio Ramos Signes / Escritor
Mientras haya corrupción en quienes deben castigarla, esta no se solucionará y se volverá más injusta cada día. Como el tema en sus múltiples variantes es imposible de abarcar, me limitaré a dos o tres puntos tal vez ínfimos de esta consigna pero que son los que están a mi alcance.
“Apropiarse de la opinión de otros y no citar las fuentes” es una forma que ha crecido de manera imparable a partir de las nuevas redes sociales (facebook, por ejemplo), donde parece que el verdadero delito es citar la fuente, sin tener en cuenta la autoría, argumentando para sí el erróneo concepto de que todo es de todos.
“Alterar y trastrocar la forma de algo” es lo usual en la presentación que hacen de sí mismos muchos funcionarios, y también algunos políticos que desean ocupar sus cargos. Retocar autobiografías hasta convertirlas en verdaderas obras de ficción es casi un subgénero literario de estos tiempos. Por eso quiero recordar la excelente novela de Juan Marsé “La muchacha de las bragas de oro”, donde un ex funcionario menor del franquismo maquilla sus actos de corrupción hasta el punto de querer presentarlos como verdaderas virtudes. Ya sabemos lo que es eso.
“Sobornar a alguien con dádivas o de otra manera” también es moneda corriente, donde volumen y peso del cohecho son la variable de ajuste. Desde una coima a un agente de tránsito hasta el diezmo por una licitación otorgada fraudulentamente, todo cae en el cono de sombra de esta práctica. Y aquí me parece oportuno recordar una anécdota atribuida al filósofo Diógenes. Estaba este cenando un modesto plato de lentejas, cuando lo vio Arístipo (también filósofo). Arístipo, que vivía confortablemente a cambio de adular en forma constante al rey, le dijo: ‘Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esas horribles lentejas.’ A lo que Diógenes, totalmente tranquilo consigo, le respondió: “Si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.
Así de simple.
Por Rogelio Ramos Signes / Escritor

Menos individuos, más ciudadanos

Marta Gerez Ambertín / Posdoctora en Psicoanálisis

Corrupción proviene de “corruptio” que puede traducirse como “hacer pedazos”, romper algo que debía sostenerse. ¿Qué es lo que se rompe o daña con la corrupción sino la ley que preside y sostiene los lazos sociales? El caso más grave es el de los funcionarios públicos que “hacen pedazos” las leyes en beneficio propio, “rompen” lo que debieran preservar. Pero quienes acusan a aquellos que pueblan el Estado de amigos y parientes, inflan presupuestos para sacar su “diezmo” y compran voluntades para obtener votos, no trepidan en criticarlos para terminar  imitándolos llegada la ocasión. 

Borges ofreció una explicación para este lastre: el argentino es un individuo, no un ciudadano; para él el Estado es una inconcebible abstracción, algo impersonal y el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, robar dineros públicos no es un crimen; es como robarle a “nadie”.

La permanente y difundida tentación de robar al Estado se explica por la tolerancia social a tales actos, la falta de sanciones ejemplificadoras de una Justicia complaciente (¿o corrupta?), la admiración social que impone la riqueza (por todos, aunque fuera mal habida).

Sin embargo, esta difusión social de la corrupción está acompañada de cierto sentimiento de culpa (la tentación por lo prohibido siempre va a dúo con la culpa). La mitad de la sociedad, cuyo 66% admite que compraría algo robado, propone como solución a la corrupción mejorar la educación; otro 33% propone mejorar el funcionamiento de la Justicia; algo así como: somos malos, pero podemos mejorar... ¡si nos obligan!

Eliminar totalmente la corrupción es imposible (lo prohibido por la ley ejerce una poderosa seducción, nadie escapa a la atracción de abismarse más allá de sus límites, ¡todos corruptibles!), pero se reduciría drásticamente construyendo diariamente ciudadanía. El país necesita menos individuos y más ciudadanos... y los necesita urgentemente. Pero, ¿dónde encontrarlos? ¡Casi una aguja en un pajar!

Facebook, maquillaje y lentejas

Por Rogelio Ramos Signes / Escritor

Mientras haya corrupción en quienes deben castigarla, esta no se solucionará y se volverá más injusta cada día. Como el tema en sus múltiples variantes es imposible de abarcar, me limitaré a dos o tres puntos tal vez ínfimos de esta consigna pero que son los que están a mi alcance.

“Apropiarse de la opinión de otros y no citar las fuentes” es una forma que ha crecido de manera imparable a partir de las nuevas redes sociales (facebook, por ejemplo), donde parece que el verdadero delito es citar la fuente, sin tener en cuenta la autoría, argumentando para sí el erróneo concepto de que todo es de todos.

“Alterar y trastrocar la forma de algo” es lo usual en la presentación que hacen de sí mismos muchos funcionarios, y también algunos políticos que desean ocupar sus cargos. Retocar autobiografías hasta convertirlas en verdaderas obras de ficción es casi un subgénero literario de estos tiempos. Por eso quiero recordar la excelente novela de Juan Marsé “La muchacha de las bragas de oro”, donde un ex funcionario menor del franquismo maquilla sus actos de corrupción hasta el punto de querer presentarlos como verdaderas virtudes. Ya sabemos lo que es eso.

“Sobornar a alguien con dádivas o de otra manera” también es moneda corriente, donde volumen y peso del cohecho son la variable de ajuste. Desde una coima a un agente de tránsito hasta el diezmo por una licitación otorgada fraudulentamente, todo cae en el cono de sombra de esta práctica. Y aquí me parece oportuno recordar una anécdota atribuida al filósofo Diógenes. Estaba este cenando un modesto plato de lentejas, cuando lo vio Arístipo (también filósofo). Arístipo, que vivía confortablemente a cambio de adular en forma constante al rey, le dijo: ‘Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esas horribles lentejas.’ A lo que Diógenes, totalmente tranquilo consigo, le respondió: “Si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.

Así de simple.

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