Tocando hasta el final

07 Ene 2018
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El espinazo del destino zigzaguea premonitorio en el espejo. El fuego asusta sus ojos de tres años. Los gritos zumban en sus oídos. Ella no sabe lo que está pasando. Papá Isaac, desesperado, trata de salvar en vano algunos muebles del departamento. El calor de las llamas no alcanza a ahuyentar el frío rumano de la calle Bravilor que le conquista los pulmones. Mamá Berthe envuelve a las niñas en una frazada y se lanza al nevado ese diciembre de 1898. Unos meses más tarde, cuando la niña llame por la noche a su padre, solo escuchará el eco de su voz porque una neumonía ya le habrá corrido las cortinas a la muerte.

El 7 de enero de 1895, en Bucarest, ha echado a rodar su primer sueño. Su hermana Lili, de 4 años, la acuna con los acordes del piano que su madre le ha enseñado. Al enviudar, Berthe tiene 34 años y tres niñas por quienes velar. Da clases de idiomas y se ayuda con la sastrería de su esposo. Clara imita a Lili. 1899, un músico la escucha y la lleva a casa de Georg Stefanesco, maestro. Le toca una sonatina de Mozart que ella nunca ha oído. La niña se sienta al piano; la ejecuta sin error y luego en otra tonalidad.

El tío Avram es un solterón. La conduce a Viena para que Richard Robert le enseñe piano y violín. Apenas pisa los 10 años cuando despierta páginas de Bach, Beethoven y Schumann en los aplausos del público. Son tantos los regalos que recibe que deben alquilar un coche para llevarlos. “Clara no es una niña prodigio, sino un prodigio de niña, un ser inspirado en la gracia divina”, se escucha murmurar a un crítico.

Lágrimas en la despedida. París, siempre con Avram del brazo, es el nuevo destino. Gabriel Fauré se desarma en ternura y le dice: “Joseph Morpain será tu maestro”. Sin embargo, la soledad desembarca en cada esquina. En ese restaurante se descuelgan cotidianamente en la mesa el rostro sombrío de un tío y la triste mirada de una niña. El famoso Alfred Cortot es su nuevo mentor, pero no se entienden. Cuarenta años más tarde, él le dirá tras un concierto: “¡Sencillamente maravilloso!” y ella responderá: “¿Entonces ya no toco como una mujer de la limpieza?” Ferruccio Busoni la invita a Berlín pero su madre se opone porque sólo tiene 16 años. Ella lo lamentará.

Los primeros éxitos tropiezan con una severa escoliosis. La Gran Guerra. En un sanatorio francés la angustia, el dolor y el miedo la envuelven en un vendaje de yeso. Cuatro años sin poner las manos en un teclado. Pero el talento brota en las corcheas de Mozart cuando desata los primeros escarceos. Vuelven los triunfos. “Cuando toca, muy lejos del público, parece elevarse sobre el instrumento y el piano se convierte en música y belleza”, comenta un músico.

En Estados Unidos siembra admiración, pero nada más. “Sería mejor tener menos talento y más dinero”, le dice un empresario. París también la ignora. El pánico se enrosca en su cuerpo cuando debe enfrentar al público. Dinu Lipatti es rumano, pianista y un amigo. Fuertes jaquecas la atacan en Francia, mientras estalla la Segunda Guerra. Se refugia en Marsella. Un tumor molesta en su cerebro. Está sin un mango. Amigos suizos se reúnen en colecta y le regalan 30 mil francos. Con anestesia local, mientras la operan, mueve los dedos como si pianoteara en el alma de Mozart. Convaleciente, cruza la frontera helvética.

1950. Pablo Casals la invita a Prades, en los Pirineos. Arthur Grumiaux, violinista, será su compañero artístico; ambos bucearán en el corazón de Beethoven. Una cena. Alguien le pide que se siente al piano. Un famoso actor apunta que no es necesario, luego de haber escuchado un cuarteto húngaro. “Recuerdo que cuando terminó, me levanté me acerqué y dije ingenuamente: ‘¡Pero usted es una gran artista!’ Ella sonrió y así comenzó nuestra amistad... Sólo conocí tres genios: Einstein, Churchill y Haskil”, cuenta Charles Chaplin.

1958, Théâtre des Champs-Elysées. Durante un concierto sufre un ataque cardíaco, sin embargo, sigue tocando hasta el final. París decide despejarle sus cielos, pero quizás es tarde. 1960, Bruselas. En la estación de trenes, Clara Haskil rueda por las escaleras y despierta en una clínica. Es 7 de diciembre. Los pentagramas de las “Escenas del bosque” rodean sus ojos. Una brisa de hojas y trinos le exorciza el dolor el alma. Su corazón se trepa entonces al vagón de la muerte.

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