Educar sin violencia y sin autoritarismo

07 Ene 2018

Las épocas y sus costumbres siempre van cambiando, para mejor o peor, como siempre todo depende desde el ángulo en que se las mire. Hasta hace varias décadas, especialmente en nuestro país, la educación de los hijos tenía un fuerte tinte autoritario, los chicos obedecían más por miedo al castigo físico que por comprensión. Luego el enfoque fue cambiando y en algunos casos se pasó al otro extremo, hasta el punto que un alumno puede ser capaz de insultar o golpear a un docente porque este lo ha reprobado.

En noviembre pasado, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) dio a conocer el estudio global “Una situación habitual: violencia en las vidas de los niños y los adolescentes” y una “Guía práctica para evitar gritos, chirlos y estereotipos”. Se indicaba que en nuestro país, más del 95% de los adultos consideraba que los chicos no debían ser castigados físicamente. Sin embargo, en el 70% de los hogares se aplicaba la violencia física o verbal, tales como el zamarreo, chirlos, cachetadas, golpes y gritos. En solo tres de cada 10 hogares no se ejercía la violencia. En el 63% de estos se empleaba la agresión verbal; en el 40% el castigo físico y en un 10% castigos físicos severos.

Sobre el asunto, en nuestra edición del viernes, una pediatra afirmaba que el método de educación que se elija debe dejarle al chico una enseñanza superadora. En un primer momento el castigo podría parecer eficaz, pero a largo plazo no lo es. “De hecho, genera sentimientos de rebeldía o de rechazo y hasta culpa. Ante una situación conflictiva es necesario evaluar qué se quiere lograr: ¿que deje de hacer lo que está haciendo?, ¿que coopere?, ¿que respete una indicación y con ello aprenda a respetar a los adultos?, ¿que entienda quién es la autoridad?, ¿quizás evitar el ridículo o que valore el sacrificio que está haciendo el adulto?”, reflexionó. En su opinión, retarlo puede generarle confusión, culpa por su accionar, baja autoestima y sentimiento de inferioridad ante el adulto, lo que puede limitar su capacidad de construir criterios a la hora de tomar decisiones propias, especialmente si esos castigos llegan en la etapa de crecimiento y de mayor aprendizaje. Recomienda que antes de castigar, se puede aprovechar la situación para enseñar algo que le sirva para la próxima vez y hasta para toda la vida.

Se golpea a alguien cuando existe una dificultad en la comunicación y se busca intimidar a través del miedo. En cualquier contexto, golpear es humillar, aplastar al otro, ejercer el poder del más fuerte. El hecho de no apelar a la violencia física para educar, no significa que los padres no deban ponerles límites a los chicos. Muchas de las inconductas son consecuencia de padres permisivos que buscan ser amigos de sus hijos, cuando su función es ser padres y educarlos.

Tal vez debería haber talleres para padres en las escuelas; se podrían desarrollar en todos los establecimientos las técnicas de mediación, de modo que tanto progenitores como docentes y alumnos aprendieran a resolver sus conflictos civilizadamente, poniéndose en el lugar del otro. Padres que han sido criados en contextos violentos probablemente repetirán la historia con sus hijos, de manera que habría que educarlos también a ellos. Nadie está preparado para ser padre, se aprende sobre la marcha. Los chicos son a menudo el reflejo de la educación que han recibido de sus progenitores. Si educamos para la paz, aprenderemos a respetarlo más al otro, a ser más tolerantes, menos fundamentalistas y seguramente habrá menos violencia de todo tipo.

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