Daniel Valencia, el hombre de las mil historias

El particular ex árbitro fue distinguido por sus 50 años ligado al rugby

18 Dic 2017
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Si alguien se lanzara a la titánica tarea de recopilar en una antología encuadernada las mejores anécdotas del rugby tucumano, necesariamente debería dedicarle un capítulo completo a las que tienen como protagonista a Daniel Valencia. Del ex árbitro se han contado historias tan increíbles como hilarantes, aunque ninguna suena del todo descabellada si se tiene en cuenta su personalidad descontracturada y rebelde. Por eso, aunque insista en desconocer algunas de ellas, no hay caso: estarán para siempre ligadas a su nombre, así como ciertas innovaciones reglamentarias que se le atribuyen (“try dudoso no patea conversión”, “try porque se lo merece”, “scrum tira cualquiera” o “bote a tierra”). Sobre sus frases célebres, niega ser el autor de algunas, aunque admite la posibilidad de haber dicho otras. “Por ahí tenía ocurrencias, pero no me acuerdo. Me salían en el momento”, señala sobre las repentizaciones que le valieron ser reconocido en todo el ambiente del rugby tucumano, y que, paradójicamente, fueron también su carga más pesada. “Valencia es sinónimo de mal arbitraje. Es un estigma con el que tuve que cargar siempre”, lamenta Daniel, aunque se sabe querido. Y lo sintió sobre todo el jueves pasado, cuando la URT le entregó una distinción por sus 50 años ligado a la actividad.

-¿Cómo te sentiste?

- ¡Imaginate! Es la primera vez en mi vida que recibo un reconocimiento por algo. Me sentí muy bien, fue muy lindo. Eso sí, esos segundos desde que pasé a recibirlo hasta que volví a mi asiento, fueron eternos. Estaba muy emocionado y nervioso. Menos mal que no me dieron el micrófono, porque seguro que iba a decir puras incoherencias, ja ja.

- ¿Cómo lo ves hoy al rugby tucumano, ya con 50 años de trayectoria encima?

- Horrible.

- ¿Por qué?

-Seguimos insistiendo con el rugby de antes. El único que quiso cambiar el rumbo cuando llegó a Los Pumas es el Huevo Hourcade. Acá todavía seguimos con la idea del juego corto, del maul, de las mañas del scrum. No siento que hayamos evolucionado tanto.

- ¿Y qué opinás de esta etapa de inserción del rugby argentino al mundo del profesionalismo?

- Me parece que era ineludible, pero no estoy de acuerdo en cómo se hacen algunas cosas. A ver: ¿de dónde salen los jugadores que van al Pladar? De los clubes, que son amateurs. Y si están condenados a ser partícipes de este sistema, aportando jugadores formados por ellos para que otros tengan éxito y hagan plata, algún día se van a cansar. Los clubes tienen que recibir algo, si no se están aprovechando de su trabajo.

- ¿Te parece que fue un error ir en esa dirección?

- No, no. Que se entienda: no digo que haya que seguir siendo amateurs, porque eso es como querer ser bebé toda la vida. Pero que se lo haga de manera coherente y equilibrada. Dale nafta al profesionalismo, pero sin descuidar la base. ¿Cómo se hace? No sé, alguien debe tener esa respuesta. Yo no la tengo.

- ¿Cuál sentís que es la imagen que tiene de vos el ambiente del rugby?

- Valencia es sinónimo de mal arbitraje. Es un estigma con el que tuve que cargar siempre. Es cierto que cuando comencé a dirigir tuve malos partidos. Me tomó tiempo empezar a dirigir bien. Pero acá una vez que te pusieron una etiqueta, no te la sacás más. Aunque hiciera 400 veces el curso, ya estaba conceptuado como mal árbitro. Y por eso, cada vez que entraba a la cancha, lo hacía perdiendo. Y ojo, los partidos que me tocaba dirigir no eran precisamente en La Bombonera: a veces, poco más y había que entrar con linterna a la cancha.

- ¿Sentís que esa mala imagen tiene un poco que ver con tu personalidad?

- No, porque mucha gente que habla mal de mí no me conoce. Ni siquiera me vio dirigir.

- ¿Extrañás el arbitraje?

- No. Yo no dejé porque me agarró la tontera: dejé porque la vida me lo indicó. Ya no aguantaba más la política y el amiguismo que había. Además, un día que volví de un partido, la encontré a mi mamá tirada en el fondo. Ese día dije: “es momento de que empiece a despedirme del rugby”. Y dejé cuando murió mi papá, en 2013.

- ¿En qué sentís que más cambió el rugby en estos 50 años?

- En muchas cosas. Primero, en la preparación. Cuando yo jugaba, nos entrenábamos una vez en la semana. Pero también cambió mucho en la disciplina. Este año, en la semifinal entre Tarcos y Universitario en cancha de Lince, hubo una piña en 80 minutos. Hace 30 años, era al revés: había 79 minutos de piñas. Era más boxeo que rugby. Si el equipo histórico de la “Naranja” jugara hoy, no duran 10 minutos en la cancha antes de que les expulsen cuatro y suspendan el partido.

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