Nuevos aires refrescan la Iglesia con la ordenación de cinco sacerdotes

16 Dic 2017

Un aire fresco está recorriendo la Iglesia tucumana. En los dos últimos años, entre muertes y jubilaciones, renuncias y desgracias, la arquidiócesis había perdido varios sacerdotes, con la desventaja de que, entre 2014 y 2016 se produjo apenas una ordenación por año. Pero 2017 trajo un recambio generacional: al nombramiento del nuevo arzobispo le siguieron cinco ordenaciones sacerdotales, una a principios de año y cinco anoche, en la parroquia de San Juan Bosco. Fue la primera vez que monseñor Carlos Alberto Sánchez presidía una ordenación. Los nuevos curas son los tucumanos Gustavo Adrián Galarza, destinado a la parroquia de San Cayetano, del barrio Presidente Perón; Nelson Ezequiel González, a la parroquia San José (frente a la Rural); Matías Nicolás Pérez Cáceres, a la Inmaculada Concepción, de San Cayetano; Pío Pérez, a San José Obrero de El Colmenar; y Eduardo López, a El Salvador. Por eso se puede decir que la Iglesia de Tucumán está de fiesta.

> Padre Pío Pérez (55 AÑOS)

"Yo era hippie, no me sentía digno"

A pesar de su nombre (Pío) y de tener una hermana religiosa, Pío Pérez era lo menos cercano a la Iglesia que uno podría imaginar. A los 20 años, con pelo largo y mochila al hombro salió a recorrer el mundo con su oficio de artesano. Estuvo 10 años en Asia y cuatro en Europa. Cuando se cansó de las aventuras Pío volvió a su casa. Él tiene nueve hermanos y su madre siempre siempre le pedía a Dios un hijo sacerdote.
“Una vez estaba cortando el pasto de mi jardín cuando se me acerca un sacerdote que venía a la capilla Santa Rita, que está al lado. ‘Cristo me mandó a buscarte’, me dice. ¡Claro! Me vio flaco, de largo y con  barba. Me ofreció actuar de Cristo en el Vía Crucis del barrio. No sé por qué acepté. Durante las 13 cuadras que cargué la cruz repasé la vida que había tenido, mis errores y pecados. Sentía que Jesús me había ido a buscar a mi casa”. Pío recuerda esa experiencia como un primer llamado. “Pero yo era hippie, no me sentía digno de ser sacerdote”, cuenta. Hasta que lo comprendió: “Dios no llama a los preparados, sino que prepara a los que llama”, dice. Cuando le dijo a su madre que entraba al Seminario, a los 48 años, ella se fue corriendo a confesarse. Es que ya había perdido la fe en que Dios le daría un hijo sacerdote.
A los siete años sintió el dolor de la pérdida de su papá. Como hijo único, Matías Nicolás Pérez Cáceres no tenía con quién compartir ese sentimiento. “Después descubrí que yo sentía un gran enojo con Dios porque me había dejado sin una figura tan fuerte en mi vida”, reconoce el joven de 27 años. La Catequesis de Confirmación fue para él un medio por el que el Señor le fue respondiendo a todas sus preguntas. “Cada encuentro iluminaba distintos aspectos de mi vida. En el colegio (iba al instituto José Manuel Estrada) escuchaba a mis compañeros, y yo compartía lo que aprendía en la Catequesis, y después rezaba por cada uno de ellos”, recuerda. Se preguntó si su vocación no era la de ser sacerdote. Estaba de novio hace más de un año. “Las dos opciones eran buenas para mí. Yo veía felicidad y plenitud en las dos. Pero, ¿cuál era mi plan? Sólo después de un retiro de silencio me decidí. Mi novia comprendió y yo comprendí que Dios se llevó a mi padre, para convertirse él en mi propio Padre”, sostiene.
No pertenecía a ningún grupo parroquial, estaba de novio y solamente iba a misa los domingos. Eduardo López era alumno de la carrera de Ingeniería Civil cuando por su mente y por su corazón cruzó como un flash la figura de un sacerdote. “Sucedió una vez que realizaba un retiro ignaciano. La imagen no tenía ningún rostro en particular”, dice. Esa imagen pasó como una ráfaga varias veces sin que él se detuviera a pensar qué significaba. Hizo dos o tres retiros espirituales más y se acercó a  ayudar como catequista. Algo en su corazón iba cambiando. Con las inundaciones de 2007 Eduardo se sumó de lleno a los equipos de salvataje y participó durante 15 días seguidos en la recolección de ayuda para los damnificados. Un día, casi sin pensarlo, se encontró en el Seminario Mayor buscando algún sacerdote que le aclarara qué es lo que verdaderamente sentía. Después de un año de discernimiento, a los 24 años ingresó para ser ese sacerdote que aparecía en ráfagas y que ahora sí tenía rostro: era él.
Nelson Ezequiel González tenía 12 años cuando le rogó a su mamá que lo inscribiera en el Seminario Menor. Desde chico se había criado en la parroquia San Francisco Solano, de Banda del Río Salí. Al lado había un predio donde jugaba a la pelota, y luego del partido se iba a misa. Todos los días ayudaba en la ceremonia, oficiando de monaguillo. Le gustaba colaborar en todo lo que significaba la vida parroquial. El padre Ricardo Rodríguez, ya fallecido, ya era anciano y siempre lo buscaba para hacerle encargos. En ese ambiente creció Nelson, que comenzó a soñar con ser sacerdote ya desde pequeño. 
A los 18 años, cuando terminó el secundario, ingresó al Seminario Mayor. “Fue un camino largo porque fueron ocho años, pero corto a la vez, porque era lo que yo quería ser. Mi llamado al sacerdocio fue en mi primera comunión, a los 10 años -explica-. Quería ser como ese sacerdote que me estaba dando la comunión y que había traído tanto consuelo a mi vida”.
Pasó mucho tiempo sin ir a misa. “Desde que hice la primera comunión y la Confirmación no había vuelto a la iglesia. Hasta que un día mi mamá me pide que acompañe a una vecina a la parroquia. Era Sábado de Gloria. Yo tenía 15 años y cuando entro en la iglesia alguien me pide que haga de monaguillo. Nunca había hecho algo así”, recuerda Gustavo Adrián Galarza. “Pero de todos modos acepté. Desde ese día comencé a ir todos los días a misa. Formé un grupo de exploradores y me puse a disposición del padre Ricardo Rodríguez, en San Francisco Solano de Banda del Río Salí. El padre Oscar Bourlot me animó a entrar al Seminario Menor (hoy cerrado) y allí estuve tres años. Ahí comprendí que mi vocación era ser sacerdote, por eso después pasé al Seminario Mayor”, cuenta Gustavo. Cierra los ojos y se emociona cada vez que se acuerda de ese templo a oscuras y él entrando, llevando la vela encendida, la luz de Cristo, el Sábado de Gloria. 

A pesar de su nombre (Pío) y de tener una hermana religiosa, Pío Pérez era lo menos cercano a la Iglesia que uno podría imaginar. A los 20 años, con pelo largo y mochila al hombro salió a recorrer el mundo con su oficio de artesano. Estuvo 10 años en Asia y cuatro en Europa. Cuando se cansó de las aventuras Pío volvió a su casa. Él tiene nueve hermanos y su madre siempre siempre le pedía a Dios un hijo sacerdote.
“Una vez estaba cortando el pasto de mi jardín cuando se me acerca un sacerdote que venía a la capilla Santa Rita, que está al lado. ‘Cristo me mandó a buscarte’, me dice. ¡Claro! Me vio flaco, de largo y con  barba. Me ofreció actuar de Cristo en el Vía Crucis del barrio. No sé por qué acepté. Durante las 13 cuadras que cargué la cruz repasé la vida que había tenido, mis errores y pecados. Sentía que Jesús me había ido a buscar a mi casa”. Pío recuerda esa experiencia como un primer llamado. “Pero yo era hippie, no me sentía digno de ser sacerdote”, cuenta. Hasta que lo comprendió: “Dios no llama a los preparados, sino que prepara a los que llama”, dice. Cuando le dijo a su madre que entraba al Seminario, a los 48 años, ella se fue corriendo a confesarse. Es que ya había perdido la fe en que Dios le daría un hijo sacerdote.

> Matías Pérez Cáceres (27)

Estaba de novio y tenía que decidir

A los siete años sintió el dolor de la pérdida de su papá. Como hijo único, Matías Nicolás Pérez Cáceres no tenía con quién compartir ese sentimiento. “Después descubrí que yo sentía un gran enojo con Dios porque me había dejado sin una figura tan fuerte en mi vida”, reconoce el joven de 27 años. La Catequesis de Confirmación fue para él un medio por el que el Señor le fue respondiendo a todas sus preguntas. “Cada encuentro iluminaba distintos aspectos de mi vida. En el colegio (iba al instituto José Manuel Estrada) escuchaba a mis compañeros, y yo compartía lo que aprendía en la Catequesis, y después rezaba por cada uno de ellos”, recuerda. Se preguntó si su vocación no era la de ser sacerdote. Estaba de novio hace más de un año. “Las dos opciones eran buenas para mí. Yo veía felicidad y plenitud en las dos. Pero, ¿cuál era mi plan? Sólo después de un retiro de silencio me decidí. Mi novia comprendió y yo comprendí que Dios se llevó a mi padre, para convertirse él en mi propio Padre”, sostiene.

> Eduardo López (33)

Sólo quería ayudar a los inundados

No pertenecía a ningún grupo parroquial, estaba de novio y solamente iba a misa los domingos. Eduardo López era alumno de la carrera de Ingeniería Civil cuando por su mente y por su corazón cruzó como un flash la figura de un sacerdote. “Sucedió una vez que realizaba un retiro ignaciano. La imagen no tenía ningún rostro en particular”, dice. Esa imagen pasó como una ráfaga varias veces sin que él se detuviera a pensar qué significaba. Hizo dos o tres retiros espirituales más y se acercó a  ayudar como catequista. Algo en su corazón iba cambiando. Con las inundaciones de 2007 Eduardo se sumó de lleno a los equipos de salvataje y participó durante 15 días seguidos en la recolección de ayuda para los damnificados. Un día, casi sin pensarlo, se encontró en el Seminario Mayor buscando algún sacerdote que le aclarara qué es lo que verdaderamente sentía. Después de un año de discernimiento, a los 24 años ingresó para ser ese sacerdote que aparecía en ráfagas y que ahora sí tenía rostro: era él.

> Nélson González(26)

"Mamá, llevame al Seminario" 

Nelson Ezequiel González tenía 12 años cuando le rogó a su mamá que lo inscribiera en el Seminario Menor. Desde chico se había criado en la parroquia San Francisco Solano, de Banda del Río Salí. Al lado había un predio donde jugaba a la pelota, y luego del partido se iba a misa. Todos los días ayudaba en la ceremonia, oficiando de monaguillo. Le gustaba colaborar en todo lo que significaba la vida parroquial. El padre Ricardo Rodríguez, ya fallecido, ya era anciano y siempre lo buscaba para hacerle encargos. En ese ambiente creció Nelson, que comenzó a soñar con ser sacerdote ya desde pequeño. 
A los 18 años, cuando terminó el secundario, ingresó al Seminario Mayor. “Fue un camino largo porque fueron ocho años, pero corto a la vez, porque era lo que yo quería ser. Mi llamado al sacerdocio fue en mi primera comunión, a los 10 años -explica-. Quería ser como ese sacerdote que me estaba dando la comunión y que había traído tanto consuelo a mi vida”.

> Gustavo Galarza (28)

No iba a misa desde la Confirmación

Pasó mucho tiempo sin ir a misa. “Desde que hice la primera comunión y la Confirmación no había vuelto a la iglesia. Hasta que un día mi mamá me pide que acompañe a una vecina a la parroquia. Era Sábado de Gloria. Yo tenía 15 años y cuando entro en la iglesia alguien me pide que haga de monaguillo. Nunca había hecho algo así”, recuerda Gustavo Adrián Galarza. “Pero de todos modos acepté. Desde ese día comencé a ir todos los días a misa. Formé un grupo de exploradores y me puse a disposición del padre Ricardo Rodríguez, en San Francisco Solano de Banda del Río Salí. El padre Oscar Bourlot me animó a entrar al Seminario Menor (hoy cerrado) y allí estuve tres años. Ahí comprendí que mi vocación era ser sacerdote, por eso después pasé al Seminario Mayor”, cuenta Gustavo. Cierra los ojos y se emociona cada vez que se acuerda de ese templo a oscuras y él entrando, llevando la vela encendida, la luz de Cristo, el Sábado de Gloria. 

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