Para Juan Gabriel Vásquez “la novela ha quedado arrinconada por las redes sociales”

El escritor colombiano reflexiona sobre la actualidad literaria y social en América Latina y en el mundo.

09 Dic 2017
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EN LA GACETA. Juan Gabriel Vásquez, en un sector del Archivo de nuestro diario, durante la visita a Tucumán. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ARÁOZ.-

Cuando Juan Gabriel Vásquez recibió en 2011 el premio Alfaguara por su novela “El ruido de las cosas al caer” (que transcurre en la Colombia del siglo XX signada por el narcotráfico), puede haber sido una señal de lo que hoy sigue pensando el intelectual colombiano: que la novela es un género profundamente político y democrático, porque bucea en la vida interna de las personas sin importar si son estas reyes, caballeros, héroes o ciudadanos de a pie.

“Yo digo que el género de la novela nos transformó de una manera tan brutal que no puedo concebir la idea del otro -de una sociedad en democracia, montada en la empatía- sin la novela. La novela, para mí, nos enseñó eso”, afirmó el escritor, en diálogo con LA GACETA. Tan defensor de la novela como crítico de las redes sociales, el autor de “El informante”, “La forma de las ruinas” y “Viajes con un mapa en blanco” (entre otros títulos) visitó Tucumán invitado por la Fundación Federalismo y Libertad. Dialogó en público con el escritor Fabián Soberón; un día antes había mantenido en Buenos Aires un “conversatorio” con el director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel.

- ¿Qué clima histórico permite que irrumpa el Quijote ?

- Con el Quijote comienza todo. Ficciones en prosa había antes, en los griegos, en los romanos. Pero lo que hace el Quijote con la idea del “otro” es completamente nueva. El Quijote nos pide, por primera vez en la historia de la ficción en prosa, que nos preocupemos y que imaginemos la vida interna, la vida moral, de otra persona, alguien común y corriente con quien nos cruzamos todos los días.

- Todo un desafío...

- El Quijote nos pide que hagamos un ejercicio de imaginación moral para ver la vida desde el punto de vista de alguien que no es un héroe, que no es un rey, que no es un caballero andante como Amadís de Gaula ni un príncipe como Hamlet ni un héroe como el Cid. Esto es profundamente revolucionario. Kundera decía que las sociedades occidentales se ven a sí mismas como las inventoras de los derechos humanos. Pero, para que hubiera derechos humanos, antes tendríamos que reconocer al otro como individuo. Y eso, dice Kundera, sólo es posible después del arte de la novela, que nos enseña la curiosidad y la empatía por el otro. El Quijote es parte de un descubrimiento revolucionario del mundo; es contemporáneo de Giordano Bruno, que está pensando que hay más de un sistema solar; de Galileo Galilei, que postula que la Tierra no es el centro del universo. Don Quijote nos está proponiendo la idea de que el ser humano de la cotidianeidad es tan misterioso, tan valioso, como un príncipe, como el noble.

- Usted subraya este cruce entre novela, democracia y ciudadanía. ¿Cómo se produce?

- Por varias razones. Como decía Ford Madox Ford, la novela se ha vuelto imprescindible para nuestra sociedad, porque es la única manera de entender cómo es la vida por dentro de los demás. Y este ejercicio de empatía es profundamente democrático. Ahí es cuando empezamos a entender que todos somos iguales.

- Si tendemos este puente entre novela y civismo, ¿cómo hacer para que la novela “vuelva a tomar la calle”?

- Yo no lo sé, los novelistas somos por naturaleza pesimistas, y siempre estamos pensando que la novela está pasando por un mal momento. Pero, en este momento político y social, sí es cierto que la novela, como una manera seria de conocer el mundo, está arrinconada. Ha quedado arrinconada por las redes sociales, por los nuevos medios tecnológicos, que han producido en nosotros un cambio ético, en el cual la literatura ha salido perdiendo.

- ¿Usted usa ebook?

- Cuando no me queda más remedio. Suelo evitarlo porque tengo una vieja relación con el papel. Pero también hay razones tanto de índole filosófica como práctica. Hace unos 10 años hubo un pequeño escándalo en Estados Unidos, cuando los lectores de ebook de “1984” de Orwell encontraron que su libro había sido eliminado del soporte. Protestaron y Amazon les explicó que el libro se había vendido por error, y que ellos no tenían los derechos para venderlo; por lo tanto, habían eliminado el archivo y les devolvían el dinero. Esto, en una sociedad abierta es un problema comercial; le devuelven el dinero y ya. Pero implica un poder muy peligroso en las manos equivocadas. Imaginemos que a Maduro, o a Ahmadinejad, se les diera el poder de controlar lo que leemos.

- Su crítica a las nuevas tecnologías es una crítica política.

- Escribiendo el epílogo de mi libro de ensayos (“Viajes con un mapa en blanco”) me encontré con una conferencia que dio Paul Valéry en 1935: decía que las nuevas tecnologías, la radio, la TV, habían cambiado nuestra manera de ejercer la ciudadanía. Diría Valery que hay una relación entre estos nuevos medios y el auge de los populismos en Europa. Las redes sociales, con su capacidad de manipulación, son caldo de cultivo para la mentira y la distorsión. Y todo esto, creo, es inseparable de los movimientos populistas que están emergiendo. A las redes sociales hace 10 años yo las consideraba una gran revolución democrática; y siguen dando posibilidades de participación que antes no teníamos, pero es innegable que han caído en las manos de fuerza disruptivas, que permiten que unos cuantos cientos de hackers en Kazajistán y unos robots programados para lanzar propagandas falsas puedan descarrilar un proceso democrático del otro lado del mundo.

- ¿De qué se nutren hoy sus novelas? Usted habla de la novela como un proceso de investigación...

- Pues, mis novelas salen de cierto misterio, generalmente en la experiencia colectiva de mi país, en la historia, en la política, que se convierte en un misterio personal, un misterio familiar, íntimo. Eso es lo que les pasa a los personajes, que detrás de un misterio del pasado colectivo -por ejemplo, los años del narcoterrorismo en “El ruido de las cosas al caer” o en asesinatos célebres en “La forma de las ruinas”, que es mi última novela-descubren cómo esos lugares oscuros de nuestra historia se convierten en lugares oscuros de nuestra vida privada. Mis novelas siempre han tratado de explorar el cruce de caminos, ese espacio donde lo público se cruza con lo privado.

- ¿Cuáles son las historias que se le han cruzado últimamente?

- Hay una historia que ocupa más espacio en mi cabeza. Es una historia ligada a la experiencia de un amigo mío, un director de cine colombiano que, por diversas razones, viajó a la China comunista cuando tenía 11 años y creció allá, siendo testigo de la Revolución Cultural, de cierto clima político y social muy interesante; y su experiencia pasando de la niñez a la vida adulta en la China comunista de la Revolución Cultural es tremendamente reveladora de lo que es el siglo XX, y parte del siglo XXI.

- Esa historia es ejemplo de un siglo paradojal, que oscila entre avances y retrocesos...

- Creo que la vida en democracia siempre es una negociación. Pero en lo que a mí me toca como novelista, este es el terreno perfecto para una novela. Las novelas son expertas para lidiar con las paradojas. Las novelas son paradojas de papel.

- En un mundo tan convulso, ¿encuentra algún atajo para sentirse optimista ?

- El primero, porque lo vivo todos los días, es que en mi país se ha terminado una guerra de 52 años; se ha firmado la paz con la guerrilla más antigua y más poderosa del continente. Desde hace dos años, el pabellón de heridos del hospital Militar está vacío; ese lugar vacío es una imagen que testimonia un poco de optimismo. El problema es que hay movimientos en Colombia empeñados en que la guerra siga; eso sí, que siga con los hijos de los otros; ellos no van a mandar a los suyos.

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