Nuestros niños serán mejores

25 Nov 2017 Por Federico Türpe
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Uno de los grandes paradigmas que se han derribado -o caído por su propio peso- en el Siglo XX es el mesianismo.

El término mesianismo es una de las bases argumentativas del judaísmo, que abona la creencia de que en algún momento llegará el Mesías -para los cristianos ya ocurrió- y pondrá fin al statu quo establecido para instaurar nuevas reglas de juego, donde reinarán la justicia y la felicidad.

Son muchos -tal vez demasiados- los paradigmas que se han desmoronado o están en proceso de desintegración durante el siglo pasado y en el albor del que transcurrimos.

El marxismo, una de las teorías más contundentes y disruptivas en la historia de la humanidad, que ha sucumbido más abruptamente de lo que ha surgido, ya anunciaba hace más de un siglo el nacimiento de un “hombre nuevo”.

Tan nuevo es el hombre que empieza a regir este planeta, que sepultó al marxismo que lo profetizó y con él a todos los órdenes modernos, mesiánicos, piramidales, analógigos, religiosos o basados en procesos preestablecidos.

Estamos siendo testigos privilegiados de la explosión más expansiva y ruidosa de la llamada “armonía preestablecida”.

Según el diccionario soviético de filosofía, la armonía preestablecida es una teoría que afirma que existen cambios armónicos, establecidos por Dios, físicos y espirituales (cuerpo y alma, decían).

Aunque “falta el nexo de causa y efecto entre el alma y el cuerpo, cada deseo del alma y el correspondiente movimiento del cuerpo están preestablecidos y predeterminados paralela e independientemente”.

El concepto de la “armonía preestablecida” fue luego reelaborado por Leibniz, quien les adjudicaba esta armonía a las mónadas del universo. Las mónadas -y aquí es donde la filosofía se vuelve un alcaloide tan alucinógeno como adictivo- son partículas atómicas, pero en vez de físicas, metafísicas (ahora debería culminar esta columna para dejar que el lector cierre los ojos y vuele con su imaginación hasta el infinito). ¡Átomos metafísicos, boom!

Según Leibniz, “el mundo y cada uno de los seres que lo pueblan, se desarrollan según sus propias fuerzas, pero tales fuerzas han sido creadas y elaboradas por Dios de modo que se pudiera establecer el mejor orden del mundo”.

Todo esto es lo que está estallando en pedazos. Con mónadas o sin ellas, el rey ya no tiene razón. Ni poder, ni derechos, ni privilegios, ni nada. Es más, cuanto más quiera imponerlos, peor le irá.

Así va yendo el mundo, en una mutación aún imperceptible para la clase dominante (políticos, empresarios, religiosos, reyes), más que nada por una cuestión generacional.

Los mayores de 40 años, educados en un mundo moderno y analógico, interpretamos el mundo de acuerdo a parámetros que aún persisten porque nosotros los sostenemos, ya que van desapareciendo en la medida que estas generaciones van muriendo.

Muchas, muchísimas de las cosas que aún existen es porque hay una generación que aún las usa y que dejarán de utilizarse simplemente cuando vayan muriendo sus usuarios.

Incluso la posmodernidad -que para algunos ni siquiera ha llegado- en realidad ya se ha ido.

El eslabón perdido

El problema -si acaso es un problema- es que como sostiene la teoría de la armonía preestablecida, falta el nexo entre la causa y el efecto, entre una generación que piensa un mundo que ya no existe (pero aún lo domina) y la generación que empieza a vivir el nuevo orden. No hay en el medio una generación que explique los cambios, que establezca los procesos de adaptación, educativos, productivos.

Todo es abrupto, violento e imparable.

Quizás sea la nuestra, quienes tenemos entre 40 y 60, años más, años menos, la única y la última generación que pueda vincular precariamente estos dos mundos, a duras penas, con bastante analfabetismo tecnológico, con reglas que ya no miden nada, con dogmas que les causan risa a los más jóvenes.

Pasamos de la “señal de ajuste” al “on demand” en sólo 20 años, de casarnos vírgenes sin siquiera saber como olía la persona con la que íbamos a compartir toda la vida, a la fertilidad asistida, la clonación, el trasplante de órganos y a un paso de fabricarlos.

La mala noticia para los acostumbrados al noticiero de la noche, los amantes del vinilo, los adoradores de la enciclopedia y los melancólicos de la guía telefónica, es que el mundo que se viene, o viene viniendo, es mejor.

No es una interpretación, no es una expresión de anhelo, ni ganas de enojar al abuelo nostálgico; es estadístico, es científico.

Hoy el ser humano vive más años y con mejor calidad de vida. Hace poco más de un siglo el promedio de vida era 50 años. Hoy es más de 70 y en 30 años será más de 80.

Nunca antes en la historia de la humanidad murió menos gente de hambre que hoy. Tampoco por plagas o pestes. ¿Hay hambre?, claro que sí. ¿Hay epidemias? Sí. Pero hoy se escandaliza el mundo -y se moviliza- por una plaga como el ébola que mató a 11.000 personas. Hoy eso es una catástrofe humanitaria. Hace dos o tres siglos una peste se llevaba millones de personas en pocos meses.

Lo cierto es que la caída de los paradigmas mesiánicos incrementan a su vez el caos, la incertidumbre, los ataques de pánico masivos ante el desasosiego y la vacilación que significa la ausencia de una figura paterna que nos diga qué hacer.

Hoy los reyes son apenas símbolos decorativos y es casi impensable, en la mayoría de los países del mundo, que una sociedad acepte una monarquía absolutista que efectivamente gobierne. Lo mismo con las dictaduras, cada vez más escasas, rechazadas, y hasta parodiadas por los más jóvenes.

Despotismos como el de Nicolás Maduro en Venezuela, por ejemplo, pueden ser factibles en escasísimos países y no sin una amplia resistencia.

Perón, el mesías

Juan Domingo Perón hoy no tendría chances de repetir un modelo de gobierno como el que estableció a fines de los 40, cooptando la currícula educativa, los sindicatos, la prensa y la vida en general de los argentinos. Más allá de la efectividad o no que pueda haber tenido hace 70 años, hoy sería un régimen inaceptable para las nuevas generaciones.

Fue el cadalso que se erigió así misma Cristina Fernández de Kirchner, que intentó resucitar un perimido modernismo mesiánico, autocrático y cuasi religioso. Cuanto más totalitaria se fue volviendo Cristina más rechazos fue cosechando. Modelos que sólo alcanzan para regir a sectas de fanáticos convencidos, pero insuficientes para gobernar sociedades cada vez más horizontales, autodeterminadas y resbaladizas frente a compromisos eternos, “para toda la vida”, que impiden cambiar, disentir, rebelarse.

En un mundo que tiende abruptamente hacia lo efímero, a los valores líquidos y jabonosos, nada más a contramano que un partido político que impone dogmas y líderes a los cuales seguir sin chistar. Es el pasado.

Siguiendo con el ejemplo argentino, tampoco es Mauricio Macri el futuro, ni siquiera el presente. Macri y Cambiemos también son el pasado, porque cobran sentido en oposición al kirchnerismo, que es el pasado. No es un movimiento político superador, sino simplemente antagónico. Se rige por los mismos valores que critica, sólo que en sentido inverso. Controla la justicia, los medios, manipula las redes sociales y la opinión pública, privilegia a sectores afines, culpa de todo lo malo al pasado, no se hace cargo de nada y sólo “promete” un futuro mejor que no termina de llegar. Kirchnerismo recargado, sólo que en vez de celeste, amarillo. Sin kirchnerismo no habría (no hay) Cambiemos. No han sabido o podido, hasta ahora, pensar un país distinto, sin antagonismos. Por el contrario, sólo están profundizando las divisiones (¡basta de decirle grieta!).

Un antiperonista vive en los 50, no en el Siglo XXI. El antiperonismo es tan poco superador como si alguien fundara un movimiento antialfonsinista: se quedó en los 80. Sería tan contradictorio como fomentar el antistalinismo del nuevo siglo.

Para que se entienda, ser antiperonista es tan mesiánico como ser peronista, ya que adquiere sentido sólo ante su oposición al mesías. Sin mesías (Perón) no hay antiperonismo.

¿Qué sería del diablo sin Dios, o de Dios sin el diablo? En el nuevo orden estas dicotomías se diluyen, conviven a la par sin escandalizarse, porque la verdad no las asiste a ninguna.

Si esto está bien o mal a los chicos no les importa. ¿El bien y el mal? Depende dónde te pares, desde dónde mires.

Lo más paradójico, lo que más le cuesta entender a los mayores, es que en un mundo donde el bien y el mal son tan relativos, son valores tan superfluos, como nunca antes, también como nunca antes el mundo fue tan solidario como hoy, tan consciente del medio ambiente, de los derechos y las obligaciones individuales, de los niños, respetuoso de los géneros, de las minorías, de los más necesitados.

Falta mucho, y tal vez la perfección no exista nunca, pero no caben dudas que los niños que están naciendo son mejores personas que los hombres que van muriendo.

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