Felisa, de 102 años, quiere compartir su experiencia en la “Escuela de pacientes”

Con la ayuda de su hija presentó una propuesta al Ministerio de Salud. “Puedo hablar de cocina para diabéticos, de huerta, de lo que sea”.

24 Nov 2017
1

DISPUESTA A ENSEÑAR. Felisa Dominga Márquez se maneja en silla de ruedas porque perdio una pierna. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.-

Cuando a Felisa Dominga Márquez le leyeron la información sobre la nueva “Escuela de pacientes” del Hospital Avellaneda, ella pensó que tiene mucho para aportar en esa causa. Lo pensó y lo dijo, porque si algún superpoder tiene Felisa, de 102 años, es el don de la palabra. “Puedo ayudar y mucho. No puedo hacer tantas cosas con las manos ni con las piernas, pero puedo hablar. Quiero que me pregunten todo lo que quieran saber. He hecho de todo en la vida. He vivido muy intensamente”, asevera.

Si no fuera por su fecha de nacimiento, nadie podría creer que haya pasado la barrera de los 100 años. Felisa explica que esa intensidad en su vida, una paciencia infinita, una tolerancia inmensa (para todo, excepto para la mentira) y sus raíces vascas le han permitido cumplir tantos años. Escucha poco, ya no puede leer porque no quiso hacerse los anteojos nuevos y tampoco camina, porque hace dos años tuvieron que cortarle una pierna a causa de la diabetes. Sin embargo, es una experta en dirigir. “Yo pido, doy indicaciones, digo cómo se tienen que hacer las cosas. Y salen bien”, sostiene.

El objetivo de la “Escuela de pacientes” es armar espacios de aprendizaje, reflexión y contención, que permitan a los pacientes autogestionar su salud. Por lo pronto funciona en el Avellaneda como prueba piloto. Al día siguiente de la publicación en nuestro diario, Felisa le pidió a su hija, Elisa Córdoba, que mandara una nota al Ministerio de Salud para ofrecer sus servicios en la escuela. ¿Qué puede hacer?

“Yo los puedo aconsejar, les puedo hablar sobre la alimentación en la diabetes, enfermedad con la que convivo desde hace años. He sido cocinera, costurera, sé bordar, trabajar en el jardín y en la huerta, a los animales me los conozco a todos porque mi infancia la pasé en una casa quinta. Y también he sido restauradora de arte, sobre todo de abanicos y pinturas...”, enumera.

Desde Santa Fe

A Felisa hay que ponerle “pausa”, porque de otro modo sigue hablando de corrido sin parar. De vez en cuando frena y, a pedido de su hija, comienza a recitar poemas de la escuela primaria. Pide la foto de su primera maestra, a quien recuerda con un inmenso cariño. Felisa nació y pasó buena parte de su vida en Rufino, al extremo suroeste de Santa Fe. Hace 73 años que se instaló en Tucumán, donde tuvo tres hijos. Siempre le gustó y añoró la vida en el campo, pero se trasladó porque pensaba que las posibilidades para sus hijos serían más amplias en la ciudad.

“De mi matrimonio no quiero hablar. Pasé mucho tiempo sola, fue una relación con muchos altibajos. Quedé viuda hace como 30 años”, cuenta.

En esas idas y vueltas, los ocho hermanos de Felisa le pedían que regresara a Santa Fe. Pero ella no quiso, por sus hijos. “Quería que fuesen a la universidad, que tuvieran el título profesional que yo no tuve, a pesar de que hice tantas cosas...”, explica. Uno de sus hijos es médico, Elisa es bioquímica y Nelson (de 77 años) se dedicó siempre al arte. Él, separado, vive con ella, la acompaña y le cocina lo que ella le indica. Todos se dedicaron la mayor parte de su vida a la restauración de obras, actividad que todavía sostiene Elisa.

Ida y vuelta

Doña Felisa está entusiasmada ante la posibilidad de volver a la actividad, de brindar algo de la experiencia que adquirió en sus 10 décadas vividas. “A mí me interesa ayudar porque sé que ellos también me van a ayudar a mí. El hecho de hacer algo, de mantenerme ocupada, de poder compartir mi vida y ellos la suya conmigo me va a hacer muy bien. He sido siempre una persona inquieta y ahora no puedo hacer casi nada, así que esta sería una buena posibilidad para mí y para los pacientes. Sería una cosa de ida y vuelta”, remarcó la mujer, nacida el 17 de marzo de 1915. Está a punto de cumplir 103 años.

Aunque es muy pronto para esperar una respuesta oficial, tanto Felisa como sus dos hijos ruegan que sea favorable. Todavía no tiene planes de quedarse quieta ni mucho menos de que finalice su vida. “La palabra muerte no existe para ella”, enfatiza su hija. Quisiera que la llevasen al hospital para charlar con los pacientes o bien que se acerquen algunos a su casa para hacerlo, aunque prefiere la primera opción para poder llegar a más gente.

Comentarios