Méndez Martínez: “en la escuela se entrena el control de la espontaneidad”

El docente y actor español impulsa la improvisación teatral para la creatividad.

21 Nov 2017
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DESDE OVIEDO. Méndez Martínez trabaja una tesis sobre la educación.

SEMINARIO INTENSIVO

• Entre las 9 y las de 18, en el parque Percy Hill (Yerba Buena).

Emilio Méndez Martínez defiende el proceso creativo en las aulas a partir de la aplicación de técnicas teatrales, lo que derivará en un cambio de paradigma educativo basado en lo creativo, cooperativo y experiencial, le explica a LA GACETA.

El actor y docente español, recibido en la Universidad de Oviedo, dictará hoy en el parque Percy Hill el taller “Imaginación en educación por medio de la improvisación teatral”, organizado por la Asociación Civil de Profesores de Teatro Tucumán.

- ¿Hay una confusión sobre el rol del teatro en la escuela?

- El teatro está presente en todas las esferas de la pedagogía; de manera clásica el docente actúa. Cuando se dice “teatro en la escuela” habría que preguntarse primero qué entendemos por eso. Es consecuencia del país, de su sistema educativo y económico. Decir “teatro en la escuela” o incluso decir “escuela” no se entiende si al mismo tiempo no se analizan otros muchos factores.

- ¿Para qué sirve enseñar teatro en un ámbito no artístico?

- ¿Para qué no sirve?, podríamos preguntarnos también. Conlleva todos los beneficios posibles imaginables: conocimiento de uno mismo y de la otra persona, entrenamiento para desarrollar nuestras potencialidades, capacidad de poner en duda la realidad que hemos ido aceptando como única. El teatro tiene tantas potencialidades que hasta el mundo de los negocios le encuentra una herramienta eficiente.

- ¿Sobre qué premisa construye su tesis sobre la improvisación en la educación?

- Todo empieza cuando en la escuela se entrena el control de la espontaneidad, el pensar antes de hacer, el poner en duda las primeras respuestas en pro de una convivencia más justa. No obstante, en este necesario proceso de socialización el individuo tiende a perder algunos valores como son la imaginación, la iniciativa, la originalidad, la flexibilidad... Se los va asociando con algo negativo, para posteriormente y de manera contradictoria, ser requeridos laboral e incluso académicamente, y sobre todo como condición necesaria para caminar hacia la libertad individual y el pleno desarrollo de la personalidad humana. Hay que ir incluyendo a corto plazo experiencias educativas innovadoras que velen por la supervivencia de la espontaneidad dentro de un grupo, como impulso primero del proceso creativo. La improvisación teatral es una de esas experiencias.

- ¿Se puede enseñar a imaginar?

- Todas las personas imaginamos, pero pienso que se puede entrenar esa capacidad innata que tenemos para producir signos teatrales. Si uno observa a alguien jugar se da cuenta de que se pasa el día imaginando; construir un lenguaje encima de un escenario que apele a la imaginación del público es otro tema. Eso es lo que se puede entrenar.

- ¿Pensar y hacer son contradictorios o complementarios?

- Son elementos complementarios e indisolubles; otra cosa es que en nuestro sistema educativo el movimiento, lo corporal, quede relegado hasta la desaparición, y como consecuencia nos convirtamos en adultos cercenados en parte de nuestras potencialidades.

- ¿La escuela tiene miedo de investigar distintas formas de relacionamiento social?

- Hay modelos de escuela que colocan al niño y a la niña como centro del proceso, dejándoles decidir; y otras que se erigen sobre el concepto de la libertad. Cuando la institución depende de un Estado suele responder a los intereses (económicos) de ese país. El orden se basa en decidir lo que hay que hacer y lo que no, lo que está bien y lo que está mal… Es decir, se basa en el control. Por el contrario, los seres humanos somos caóticos, emocionales, y eso es muy difícil de controlar.

- ¿El cuerpo tiene un campo acotado?

- Sin duda. La religión tiene mucho que ver con esto. Uno puede ser ateo, pero vive con el peso de la cultura católica sobre él como producto de la familia y la sociedad en la que ha nacido. Como dice Jacques Lecoq: el cuerpo recuerda lo que la palabra ha olvidado.


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