Sin debate, son caras sonrientes

20 Oct 2017

Nicolás Zavadivker - Doctor en filosofía

Los debates nacieron en la Grecia Antigua. Su historia está ligada a la de la democracia: los ciudadanos atenienses se reunían en grandes asambleas a decidir los destinos de la ciudad, en vez de que lo haga un tirano por ellos. El arte de hablar bien, de convencer y de argumentar surgió al calor de esas ajetreadas tardes en la Acrópolis.

Los actuales debates entre candidatos, a diferencia de sus antecedentes griegos, no son utilizados para decidir cuáles son las mejores medidas de gobierno, sino que su fin es exclusivamente electoral, realizándose sólo en vísperas de elecciones. Cada candidato presentará sus propuestas tratando de atraer votantes y, dependiendo si se encuentra en la gestión o en la oposición, tenderá a defender o a criticar las políticas vigentes. Cada quien cumple su rol en este debate, y no hay que esperar grandes novedades del mismo. Con suerte alguna frase ingeniosa, un comentario irónico o una chicana oportuna que recuerde al otro su pasado político le pondrán un poco de sabor al debate. Si no es esperable un desempeño especialmente exitoso de los candidatos (como atraer electores de otros candidatos), sí puede ocurrir en cambio que alguno de los contendientes dé un paso en falso, incurriendo en un lapsus, expresando sin querer su auténtico pensamiento (ajeno a la corrección política), o comportándose de forma insegura, exasperada o violenta. De allí que los candidatos con mayores chances según las encuestas suelen no aceptar debatir, porque es más lo que arriesgan que lo que eventualmente pueden ganar en esa confrontación. Idealmente esa negativa debería suscitar el castigo de la ciudadanía, pero no lo hace. No existiendo ese rechazo cultural, sería importante dictar una ley que exija debatir a los candidatos como condición para mantener su postulación.

Pese a que no son esperables grandes definiciones en los debates, éstos ayudan a enriquecer la democracia. Sin una mínima presentación de propuestas, los candidatos se reducirían a ser caras que nos sonrían desde los afiches, últimamente sin que siquiera los acompañe un slogan. En un debate televisado podemos al menos llegar a conocer quiénes son los candidatos, qué ideas proponen y cómo se comportan frente a la crítica, a la vez que opinar sobre si realmente expresan lo que piensan. Si la palabra del político no hubiese perdido tanta credibilidad, sería saludable definir el voto en base a nuestra preferencia por las diversas ofertas políticas.

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