El odio que nos convierte en zombis

06 Sep 2017

¿Acosa a la Argentina alguna extraña enfermedad que nubla el razonamiento de las personas? Quizás se trate de uno de esos virus masivos que se propagan con el agua o con el aire convirtiendo a todos en zombis; en este caso, que repiten bobadas sin sentido y avalan teorías absurdas, como las de creer que Alfredo Yabrán vive en una paradisíaca isla privada o que Néstor Kirchner murió en manos de Máximo.

La desaparición de Santiago Maldonado hizo crujir la grieta que divide a los argentinos con un estruendo atemorizador. Alrededor del desconocimiento sobre el paradero de una persona aflora el odio visceral de algunos contra el mundo K y, de otros, contra el universo macrista. Según la “ideología” (término mal usado en estos tiempos en que se pretende disfrazar de político-filosófico el simple hecho de seguir a un líder apenas por simpatía o cercanía con algunas ideas), se dispersa por igual la descabellada idea de que -más o menos- Santiago está desaparecido porque la tía del hermano del amigo es pariente cercano de algún viejo montonero que a la vez es sobrino de Cristina Fernández. O se especula con que hay una suerte de CIA yankee actuando en el país para “chupar” a quienes estén en contra del régimen.

Estupideces. Tristes estupideces de actores de una sociedad inmadura y cegada por el odio, que troca de a poco y peligrosamente en violencia.

¿Hay un uso político de la oposición nacional, en especial kirchnerista, de la desaparición de Maldonado? La hay. Preocupante y descarado uso que habilita la desacreditación a la sincera preocupación por el paradero del joven. La desaparición de cualquier persona es triste y alarmante, más aún si existe algún “elemento” estatal involucrado. Pero es incomprensible la postura de las “Betty” Rojkés que ahora marchan cuando hubo, por ejemplo, muchas “Marita” Verón que se cree fueron víctimas de traficantes de personas con vínculos con el poder. Suena hipócrita y desacredita el legítimo reclamo porque se conozca la verdad sobre qué pasó y dónde está Santiago. Todo ello ayuda a la repetición de autómatas, de gran parte de la sociedad, de teorías descabelladas o de muecas de alegría porque el pibe no aparece. Como si lo mereciera por ser artesano, medio hippie, rastero y quizás kirchnerista...

Debería provocar vergüenza colectiva que bajo algún sesgado argumento se justifique la desaparición de un ser humano. “Salgan a la calle. No hay dictadura, ni tampoco nadie nos ha declarado la guerra. Se los juro”, escribió ayer en Twitter el periodista Ernesto Tenembaum, uno de esos pocos influencers que tratan de razonar en medio de tantas mentiras y odio desparramados. “Tampoco hay una guerra civil”, añadía.

La más razonable de las teorías, hasta aquí, es que se podría haber utilizado la fuerza de manera excesiva en aquella protesta, lo que podría haber derivado en una fatalidad que podría involucrar a Santiago. Según la investigación, hasta aquí no fue herido, no huyó a otro país y suena demasiado extravagante que haya un plan K para mantenerlo escondido con el fin de desestabilizar al Gobierno nacional. Tampoco parece posible que su ausencia responda a una política sistemática de la Nación.

Ya en la “Noticia Deseada”, el periodista y filósofo Miguel Wiñazki machaca hasta el hartazgo, con casos puntuales y pruebas, que generalmente el deseo de las personas de que se imponga lo extraordinario les impide aceptar que apenas si suceden hechos mucho más mundanos y ordinarios. “Vivimos bajo el imperio de la noticia deseada. Aquella en la que la opinión pública quiere creer”, dice en el libro escrito hace 13 años, en el que ya advertía que hay cosas que la opinión pública prefiere ignorar. La misma sociedad que juraba que Mauricio Macri era un idiota político ahora dice que es un peligroso representante de la derecha pensante y organizada. Los que veían como a una muerta política a Cristina Fernández ahora juran que lidera una suerte de guerrilla violenta y desestabilizadora...

Todo parte de la noticia deseada, que se ceba con el rencor de décadas de divisiones en las que aprendimos a ver el mundo de dos colores, que claramente no son ni blanco ni negro, sino más bien otros psicodélicos y extraños.

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