El fútbol callejero protagonizaba crónicas

04 Sep 2017

El fútbol es una pasión en nuestra provincia. Esa pasión lleva a los jugadores a buscar cualquier lugar como campo de juego, un parque, una plaza... y en el presente las canchas de fútbol cinco generan gran atracción. Pero la calle, con sus peligros constantes, es un imán para chicos y grandes que se mezclan en duros “picados”. Desde hace años jugar a la pelota en la calle tiene ese vértigo que le pone el famoso grito: “¡guarda el auto!” y en ese preciso momento se congela la acción donde cada uno esté, como una pausa en la película para luego seguir. Estas situaciones se repiten desde antaño y nuestras páginas se hacían eco de ellas. Hacia fines de agosto de 1927 bajo el título Los peligros del football callejero se ponía el énfasis en los peligros que esa actividad implicaba para los propios deportistas como para los ocasionales transeúntes.

En aquella época nuestro cronista destacaba que el Concejo Deliberante había dispuesto la restricción del football callejero en vista de las continuas mortificaciones que este abuso procura a los transeúntes, amén de hechos más graves que de vez en cuando se registran, entre los cuales podemos citar, como caso reciente, el de la muerte de un menor en la calle Buenos Aires, que dedicado al pernicioso deporte, fue atropellado por un automóvil. Ante un hecho de esta magnitud se vio la necesidad de ponerle límites al juego en la vía pública y para su control era imprescindible la presencia policial. Por eso se pedía poner coto a los desmanes footbalisticos que ocurren en la calle sin control de ninguna especie. La crónica se quejaba de que apenas a tres días de emitida la recomendación la colaboración policial brillaba por su ausencia ya que debían hacer pública un denuncia por las cuestiones antedichas.

Con pelota de trapo

El relato señalaba que en la calle 9 de Julio, sexta cuadra, a horas 13, un grupo de menores, algunos de ellos de 19 y 20 años, se entretenían en dar puntapiés a una pelota de trapo, en medio de una infernal algarabía.

Paremos el relato de 90 años atrás para imaginarnos que el campo de juego estaba a apenas a seis cuadras de la plaza Independencia y era mediodía. En el presente ese encuentro no se podría jugar debido al peligro continuo impuesto por el tránsito intenso.

Volviendo a los hechos ocurridos en 1927, la pelota lanzada por un jugador fue a caer a los pies de un transeúnte, el que se vio cercado por la turba de deportistas callejeros, los que sin respeto ni consideración alguna, lo atropellaron tratando de apoderarse de la pelota. Ante esta situación el atropellado se quejó y fue en busca de un policía para hacer la correspondiente queja, pero brillaban por su ausencia. Se agregaba: hubiera sido inútil pues los agentes acostumbran a no dar oído a semejantes denuncias. Además se informaba, que motivados por el obligado plantón en la esquina se limitaban a cruzarse de brazos y seguir las incidencias del juego. Otro dato que resaltaba la noticia es que el campo de juego se ubicaba a la vuelta del local de la comisaría sur. De tal manera que pese a la cercanía de la sede policial los efectivos no se hacían presentes para controlar el juego.

La resolución del Concejo trataba de poner un poco de orden en el uso de la vía pública por parte de los futbolistas que se enfrascaban en su juego con tanto ahínco que se olvidaban de los peatones y hasta de los mismo coches que circulaban por la calle. Todo ello implicaba un peligro para ellos mismos como para el posible transeúnte que se le ocurría pasar por el lugar. Además se indicaba que las acciones deportivas no tenían límites ya que (los aficionados) se dedican a patear pelotas de football, auténticas o improvisadas, a toda hora del día y de la noche. Al parecer las acciones no pudieron ser controladas y el fútbol callejero siguió siendo pasión de multitudes. Ese entusiasmo sigue hasta nuestros días, aunque la actividad se fue alejando de las arterías céntricas, por obvias razones, y se fue afincando en los barrios. En las canchas de fútbol cinco, otro lugar donde se cultiva ese mundo de potrero, la actividad se realiza con reglas más precisas y medidas reglamentarias de canchas y arcos, todo con mayor rigurosidad.

El fútbol de la calle maneja unas reglas impuestas por la tradición sin seguir al pie de la letra las oficiales. Algunas de ellas son que los dos mejores son los capitanes de cada equipo y son los que eligen a los demás componentes del equipo, si te eligen último ya sabés que no sos de los más habilidosos; no hay tiempo de juego, el partido dura hasta que todos están cansados o ya no se ve nada, porque ¡ni hablar de luz artificial! Tampoco hay posición fuera de juego ni árbitro, nunca hay que hacer enojar al dueño de la pelota -por obvias razones para la continuidad del partido-; los arcos tienen dimensiones variables tanto en ancho como en alto pero se presume que un poco más que la altura del arquero saltando es suficiente; y siempre hay algún vecino que complica el desarrollo del juego. Esta es una pequeña enumeración de algunas de las reglamentaciones que tienen fuerza de ley y que se transmiten de boca en boca, de barrio en barrio.

Estas reglas se mantienen indelebles desde tiempos inmemoriales y se transmiten de generación en generación casi sin cambios.

Las calles, plazas y parques sirven para disputar encuentros de gran impacto que se rigen por las reglas antedichas que permiten superar asimetrías, por ejemplo, si un equipo tiene figuras más habilidosas o de mayor envergadura física o edad, se agregan jugadores al otro equipo para equilibrar el handicap.

De Dolina

El mismísimo Alejandro Dolina en su “Cuentos de fútbol argentino” analizaba la regla de selección de jugadores señalando: “El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada”.

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