Un merendero intentará mitigar mil carencias

La parroquia de Fátima lo abrirá en El Chivero, donde la indigencia es moneda corriente.

20 Ago 2017

“El chivero estaba en mi casa, ahí nomás”, señala con el dedo Elisa Elida Roldán. “Mi papá, Ramón Cejas, tenía un montón de chivos, chanchos y gallinas para vender. Venían de todos lados a comprarle. Eso era hace 60 años, cuando todo esto era un desierto”, apunta con el mentón. “Ahora, El Chivero se ha llenado de casas... y de podredumbre”, frunce la nariz mirando hacia el canal pestilente que corre frente a su casa, por la Diagonal Heredia, a una cuadra del ingreso al barrio por Perú y Marco Avellaneda. A unas cuantas casas de ahí comenzará a funcionar, los miércoles, el merendero “Hogar de María”, de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima. Ya están anotados 36 chicos, que en su mayoría no van a la escuela o viven faltando porque no tienen zapatillas o les robaron los útiles. Algunos tampoco tienen documentos de identidad.

Es la hora del almuerzo. Silvana Herrera, de siete meses de embarazo, se agacha hasta el piso y llena de agua una olla con la manguera. Va a hacer un guiso que debe alcanzar para 10 personas. La leña ya está prendida. Van a comer sus hijos, que son siete y los más chicos de su mamá, Hortensia Risalde, que parió 14 veces. En aquella casa prefabricada hay solo dos camas para siete personas. Pero, con todo, es más cómoda que la suya, la de Silvana. “Por lo menos aquí hay agua, yo todavía no puedo hacer llegar la manguera hasta la mía. Por eso tengo que venir aquí para lavar la ropa”, explica.

Hortensia no tiene dientes; tampoco su hija Silvana. Pero para Hortensia lo más urgente no es el dentista sino el oculista. Padece glaucoma y se está quedando ciega. Salir del barrio sólo es posible cuando consigue dinero para el colectivo, lo que casi nunca ocurre. Siempre hay otras prioridades.

Las mujeres que asisten a la parroquia ayudan con su bolsillo en lo que pueden y hacen colectas.“Las necesidades son muy grandes. A pesar de que estamos cerca de la avenida estas son zonas invisibles”, advierten Sara de Petrelli, Teresa Clavería y Rosita Medina, más conocidas en El Chivero como “las señoras rezadoras”.

Hace 30 años, la parroquia de Fátima ya trabajaba en la zona por medio del centro misionero. Después de cada misa se hace un chocolate con facturas o pan casero y se entrega a las familias ropa y alimentos, pero nada es suficiente. “Como Iglesia no podemos resolver el tema de la pobreza porque es muy grande, y además es función del Estado. Pero, como dice la parábola del Buen Samaritano, tampoco podemos ver y pasar de largo. Nuestra función primordial es evangelizar y llevar esperanza entre tanto sufrimiento, y hacemos todo lo posible por ayudar a esta gente”, dice el párroco de Fátima, padre Amadeo Tonello. Cuando lo ven pasar por las calles de tierra las vecinas salen a su encuentro y se suman a la recorrida.

En la sede del templo, Muñecas 1.570, se reciben las donaciones: leche, chocolate, azúcar, té, yerba y panificados. Una de las más contentas por la apertura del merendero es Gaby Dip, dueña de la casa donde funcionará el proyecto. Se le acondicionó la entrada, que es de tierra, y se pondrán dos tablones. El agua le llega por una manguera negra desde el caño maestro. El problema es que no tiene baño.

“Aquí no tenemos cloacas ni pozo séptico. Todos los vecinos conectan un caño que va desde el inodoro hasta el canal que corre por la calle. Pero el mío está trancado, lleno de tierra y de basura. Las conexiones se han hecho hace muchos años, por eso están metidas bajo tierra, no se las puede limpiar”, explica la madre de Pablo y Facundo, de 10 y 8 años.

En El Chivero hay entre 60 y 80 familias, en casas pegadas unas a otras, por pasillos donde sólo pasa una sola persona. El piso está entrecruzado por zanjas y zanjitas que llevan el líquido de los baños hasta el canal, que viene acarreando el agua de lluvia desde los barrios ubicados más arriba.

“Cuando llueve todos estos canales rebalsan y el agua llega al metro en las casas”, afirma Carlos Roque Corbera, que como la mayoría de sus vecinos se dedica a la recolección de cartones y a hacer viajes en carros de tracción a sangre.

Roxana del Valle Salvatierra tiene ocho hijos pero sólo tres viven con ella y su marido. Los chicos no van a la escuela. “No tienen documentos, les he perdido los papeles”, revela. Cuando su marido estuvo en la cárcel, en la parroquia la ayudaron con chapas y camas. “Baño no tengo, voy al de mi suegra. Los más chicos, en cualquier parte...”, apunta.

Por la vía que corre paralela a la Suipacha al 1.400 hay pequeños baños cerrados con candado. Los chicos juegan a la pelota sobre el piso acolchado de basura. Hace mucho calor y a pesar de que es invierno, el viento trae el hedor de la cloaca a cielo abierto.

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