Un saqueo real dentro de la ficción

25 Jul 2017 Por Fabio Ladetto

Para algunos teóricos, una condición esencial del arte es tener relación con el mundo que lo rodea. Puede ser un reflejo realista de él; una síntesis simbólica de las cosas que pasan o pasaron; una proyección de deseos de cómo debería ser, o, incluso, una manifestación estética que busque llevar un poco de belleza (artificial) a tanta fealdad que se ve y así alegrar un poco algunos ánimos alicaídos, muy frecuentes en estos tiempos.

En esta línea de pensamiento, ese vínculo puede ser más fuerte en ciertas expresiones que en otras, pero en ninguna está absolutamente ausente, así como el creador cultural no es un ente aislado de la sociedad en la cual se desarrolla. Sí es fundamental tener en claro que existe una barrera entre la ficción construida y la realidad circundante, y que romperla es alterar uno de los preceptos fundacionales de las realizaciones artísticas: la de ser una expresión, no una reproducción lineal.

Muchas veces, esa fractura se produce porque la escenificación alcanza niveles de verosimilitud que hace indescifrable al ojo del espectador lo verdadero de lo falso, y su comportamiento termina pasando al otro lado. Pero estar dentro de una ficción no implica ser parte de ella, como se comprobó la semana pasada con la filmación de una escena de la película “El motoarrebatador” en un supermercado de avenida Siria y Bolivia.

Lo ocurrido ya es conocido, pero lo refresquemos a manera de repaso: en el filme que dirige Agustín Toscano se estaba representando un saqueo al super Tiburón, donde participaban el protagonista y varios extras, abocados en extraer todo lo posible del local comercial a las corridas y en atropello. En medio de la confusión, se metió un ladrón con todas las de la ley, que hasta pedido de captura tenía, firmado y todo. Se fue llevándose lo que podía, hasta que lo detectaron y detuvieron. Ni opuso resistencia, dice el parte policial.

La escena recorrió el país y fue reproducida por los principales medios argentinos, en tono de hecho insólito, divertido, jocoso y absurdo. Habría que pensar si lo era. Si en vez de ser una película, hubiese sido algo verdadero, quizás la cobertura terminaba siendo menor, por lo menos en espectacularidad.

La explicación del detenido puede haber sonado a elogio genuino para Toscano: era tan real lo que estaba pasando, que él no podía dejar de aprovechar la ocasión a la que, como todos sabemos, la pintan calva. ¿A quién se le ocurre que, en semejante entorno, el delincuente debía darse cuenta de que había cámaras filmándolo? ¿Cómo es posible que alguien le cuestione su actitud, cuando era posible lo que estaba pasando? ¿Cómo percatarse de que era falso algo tan vívido? ¿Nadie acusa al director o a la producción (con la tucumana Cecilia Salim metida hasta el cuello) por confundirlo de este modo en su buena fe de saqueador?

De hecho, cuando quede libre (si no pasó ya), podría pensar en afiliarse a la Asociación Argentina de Actores para que le paguen por el bolo menor de ese día de rodaje: cobraría $4.218. Es dudoso que piense en hacerlo, así como los espontáneos españoles que se arrojan a la arena para sentirse toreros por un rato no pueden demandar al toro de haberlos corneado ni les reclaman honorarios a los organizadores. Cada uno se debe hacer cargo de lo propio.

Límites

Si el saqueo falso hizo saltar por los aires el límite que marca la representación, es porque está latente la creencia de que puede volver ocurrir efectivamente y de que no habrá consecuencia por participar en él. Sin embargo, no se debe confundir la identificación con una situación o con un personaje realista con la decisión individual de ser parte de un acontecimiento delictivo.

El antecedente tucumano de los saqueos está aún fresco en la conciencia colectiva, desde esas noches de miedo de diciembre de 2013. A los efectos prácticos, parece ser que no se modificó nada de fondo si una persona puede pensar que está legitimada a llevarse un calefón si otro lo hace, en una sociedad donde la violencia está presente como un código de comunicación entre ciertos sectores distanciados. El temor a que los saqueos vuelvan estuvo latiendo a fines del año pasado, y cada tanto el pulso se acelera.

Si el cine funciona en este caso como un llamado de atención, con la mirada puesta en los acontecimientos condicionantes de una sociedad, no es para que el miedo trascienda la pantalla sino para que se registre la referencia a una cotidianeidad, donde subyace el peligro de naturalizar algunas conductas hasta hacerlas simpáticas.

Si el artista pretende que su creación tenga una carga social que motive el debate, el disenso y la discusión es para que se cambie lo que se denuncia en su propuesta. Y esas modificaciones lo exceden.

Si el arte es la expresión de lo que ocurre, en su seno está también la posibilidad de la sublimación de los sentimientos encontrados en una sociedad para construir los parámetros comunes de la convivencia. No es casual que Toscano se haya inspirado en algo que pasó dentro de su familia para escribir la historia que está rodando. En vez de quedarse en la reproducción documental de lo ocurrido, apuesta a un encuentro entre el motoarrebatador y su víctima herida, que los transforma a los dos.

En definitiva, con este episodio se estructuró una historia circular donde realidad y ficción se retroalimentan y potencian. No le corresponde al arte cortar ese circuito, sino a las autoridades implementar políticas que lleven a que no se reproduzcan las condiciones objetivas que permitan la confusión entre ambos mundos. Como dijimos al principio, estos se tocan, pero no se funden.

Para algunos teóricos, una condición esencial del arte es tener relación con el mundo que lo rodea. Puede ser un reflejo realista de él; una síntesis simbólica de las cosas que pasan o pasaron; una proyección de deseos de cómo debería ser, o, incluso, una manifestación estética que busque llevar un poco de belleza (artificial) a tanta fealdad que se ve y así alegrar un poco algunos ánimos alicaídos, muy frecuentes en estos tiempos.

En esta línea de pensamiento, ese vínculo puede ser más fuerte en ciertas expresiones que en otras, pero en ninguna está absolutamente ausente, así como el creador cultural no es un ente aislado de la sociedad en la cual se desarrolla. Sí es fundamental tener en claro que existe una barrera entre la ficción construida y la realidad circundante, y que romperla es alterar uno de los preceptos fundacionales de las realizaciones artísticas: la de ser una expresión, no una reproducción lineal.

Muchas veces, esa fractura se produce porque la escenificación alcanza niveles de verosimilitud que hace indescifrable al ojo del espectador lo verdadero de lo falso, y su comportamiento termina pasando al otro lado. Pero estar dentro de una ficción no implica ser parte de ella, como se comprobó la semana pasada con la filmación de una escena de la película “El motoarrebatador” en un supermercado de avenida Siria y Bolivia.

Lo ocurrido ya es conocido, pero lo refresquemos a manera de repaso: en el filme que dirige Agustín Toscano se estaba representando un saqueo al super Tiburón, donde participaban el protagonista y varios extras, abocados en extraer todo lo posible del local comercial a las corridas y en atropello. En medio de la confusión, se metió un ladrón con todas las de la ley, que hasta pedido de captura tenía, firmado y todo. Se fue llevándose lo que podía, hasta que lo detectaron y detuvieron. Ni opuso resistencia, dice el parte policial.

La escena recorrió el país y fue reproducida por los principales medios argentinos, en tono de hecho insólito, divertido, jocoso y absurdo. Habría que pensar si lo era. Si en vez de ser una película, hubiese sido algo verdadero, quizás la cobertura terminaba siendo menor, por lo menos en espectacularidad.

La explicación del detenido puede haber sonado a elogio genuino para Toscano: era tan real lo que estaba pasando, que él no podía dejar de aprovechar la ocasión a la que, como todos sabemos, la pintan calva. ¿A quién se le ocurre que, en semejante entorno, el delincuente debía darse cuenta de que había cámaras filmándolo? ¿Cómo es posible que alguien le cuestione su actitud, cuando era posible lo que estaba pasando? ¿Cómo percatarse de que era falso algo tan vívido? ¿Nadie acusa al director o a la producción (con la tucumana Cecilia Salim metida hasta el cuello) por confundirlo de este modo en su buena fe de saqueador?

De hecho, cuando quede libre (si no pasó ya), podría pensar en afiliarse a la Asociación Argentina de Actores para que le paguen por el bolo menor de ese día de rodaje: cobraría $4.218. Es dudoso que piense en hacerlo, así como los espontáneos españoles que se arrojan a la arena para sentirse toreros por un rato no pueden demandar al toro de haberlos corneado ni le reclaman honorarios a los organizadores. Cada uno se debe hacer cargo de lo propio.

Límites

Si el saqueo falso hizo saltar por los aires el límite que marca la representación, es porque está latente la creencia de que puede volver ocurrir efectivamente y de que no habrá consecuencia por participar en él. Sin embargo, no se debe confundir la identificación con una situación o con un personaje realista con la decisión individual de ser parte de un acontecimiento delictivo.

El antecedente tucumano de los saqueos está aún fresco en la conciencia colectiva, desde esas noches de miedo de diciembre de 2013. A los efectos prácticos, parece ser que no se modificó nada de fondo si una persona puede pensar que está legitimada a llevarse un calefón si otro lo hace, en una sociedad donde la violencia está presente como un código de comunicación entre ciertos sectores distanciados. El temor a que los saqueos vuelvan estuvo latiendo a fines del año pasado, y cada tanto el pulso se acelera.

Si el cine funciona en este caso como un llamado de atención, con la mirada puesta en los acontecimientos condicionantes de una sociedad, no es para que el miedo trascienda la pantalla sino para que se registre la referencia a una cotidianeidad, donde subyace el peligro de naturalizar algunas conductas hasta hacerlas simpáticas.

Si el artista pretende que su creación tenga una carga social que motive el debate, el disenso y la discusión es para que se cambie lo que se denuncia en su propuesta. Y esas modificaciones lo exceden.

Si el arte es la expresión de lo que ocurre, en su seno está también la posibilidad de la sublimación de los sentimientos encontrados en una sociedad para construir los parámetros comunes de la convivencia. No es casual que Toscano se haya inspirado en algo que pasó dentro de su familia para escribir la historia que está rodando. En vez de quedarse en la reproducción documental de lo ocurrido, apuesta a un encuentro entre el motoarrebatador y su víctima herida, que los transforma a los dos.

En definitiva, con este episodio se estructuró una historia circular donde realidad y ficción se retroalimentan y potencian. No le corresponde al arte cortar ese circuito, sino a las autoridades implementar políticas que lleven a que no se reproduzcan las condiciones objetivas que permitan la confusión entre ambos mundos. Como dijimos al principio, estos se tocan, pero no se funden.

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