La propiedad intelectual como promotora de bienes humanos básicos

Lucas Lehtinen - Director de la Maestría de Propiedad Intelectual de la Universidad Austral.

06 Jul 2017
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POR LA INNOVACIÓN. Lehtinen defiende la propiedad intelectual. foto de archivo

Con frecuencia se escucha que el siglo XXI es el siglo de la información, de la “revolución” del conocimiento, de la conectividad, del intercambio de ideas y del esfuerzo colectivo para la innovación. En consecuencia, todos debemos ingresar en esta locomotora o de lo contrario, seremos -nuevamente- excluidos.

En este contexto, se menciona a la propiedad intelectual a veces con una connotación negativa. Es más, varios con su discurso -aunque no con su práctica- incentivan a dejarla de lado y promueven contextos de innovación colaborativa, de forma que todos participan en el desarrollo del invento, pero el invento no es de nadie.

Ahora bien, como todo movimiento colectivo, nunca nos detenemos a observar si lo que se promueve es correcto o, por el contrario, puede traer alguna consecuencia social indeseable. Para ello, basta ver a nuestro alrededor e intentar comprender como reacciona la comunidad global a estas ideas y fundamentalmente, entender si la innovación puede promoverse con la propiedad intelectual o, en cambio, debe dejarse de lado.

Esto nos lleva a plantear la función que cumple la protección de la propiedad intelectual en una sociedad en su desarrollo cultural, económico, histórico y político. En ese contexto, una primera afirmación, que se puede postular, es que la protección de la propiedad intelectual es esencial, porque significa preservar el valor adquirido por la innovación y esto, no sólo beneficia al inventor, sino a la sociedad toda, por cuanto se traduce en el fomento de determinados bienes sociales necesarios para nuestras sociedades.

Esto parece ser contradictorio, pero, implica entender la necesidad de la existencia de la propiedad intelectual, la cual es instrumental al desarrollo de algunos bienes humanos básicos. Esto establece dos conceptos, que parecen intrincados, pero son de fácil comprensión para todos.

Primero, debemos entender que la propiedad intelectual se relaciona con las creaciones de la mente: invenciones, obras literarias y artísticas, así como símbolos, nombres e imágenes utilizados en el comercio. Luego, que nuestras sociedades persiguen la realización de determinados bienes humanos básicos para asegurar el desarrollo, la convivencia pacífica y el crecimiento, un ejemplo escrito de estos bienes humanos básicos, puede ser la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la consecuente protección de la vida, la salud, el conocimiento, la educación, entre otros.

De esta manera, la propiedad intelectual actúa como un motor necesario para la generación de estos bienes humanos básicos, presupone una herramienta generadora de una mejora social, por cuanto, mediante la protección de la innovación, se dan incentivos para lograr acercarnos a promover el crecimiento, el desarrollo y fundamentalmente, el bienestar social.

Algunos podrán esgrimir que esto no es claro, que por el contrario no es preciso y tendrán a declinar este carácter instrumental, porque hay evidencias de que muchas personas no acceden a esos bienes humanos básicos y esto es culpa de la excesiva protección de la propiedad intelectual. Ahora bien, esto es un problema que puede atribuirse a la propiedad intelectual, o, por el contrario, son necesarias políticas específicas que promuevan el desarrollo atendiendo a otras necesidades sociales.

Lo real y concreto es que la falta de promoción de la propiedad intelectual nos ha hecho descender en las estadísticas de innovación como país, nos margina de una economía que se basa más en intangibles y en quien tiene el conocimiento, más que incluirnos en la discusión del desarrollo de la innovación.

Debemos entender que la discusión no se traduce en términos simples de propiedad intelectual si o no. La protección debe existir porque gracias a ella, muchos avances sociales se han generado. En todo caso, nuestra construcción debe basarse en adaptaciones estratégicas para un mundo del conocimiento y en entender que más actores deben participar de la innovación, incluyendo dentro de este grupo a instituciones públicas y privadas, a universidades, organismos estatales entre otros. Fundamentalmente se debe entender que la promoción de la propiedad intelectual es el primer paso -necesario- para desarrollar las potencialidades que nos lleven al cumplimiento efectivo o al menos, en la senda de la concreción de los bienes humanos básicos.

Además, para apuntalar un amplio y complejo desarrollo tecnológico resulta fundamental reforzar las actividades públicas de investigación y desarrollo (I+D), con inclusión de las universidades como centro de conocimiento, y promoviendo la colaboración de los sectores públicos y privados del sector nacional e internacional.

Es importante elaborar políticas que velen por garantizar un equilibrio entre la oferta de incentivos para estimular las actividades de I+D y un entorno competitivo para los pioneros, los investigadores que se basan en investigaciones anteriores y los productores que se sitúan al final de la cadena de valor añadido.

Por ello, la consagración de la propiedad intelectual como un derecho no es un desacierto, es condición necesaria de la inclusión en un mundo en el que el valor se distribuye en relación al esfuerzo innovador. Si queremos caminar por la senda de la consagración de los bienes humanos básicos, debemos tener en cuenta esta senda, de lo contrario, habremos oído voces que nos llevan a perder perspectiva de la esencia de las cosas y no nos permiten contribuir al desarrollo como comunidad, como país y a construir una mejor humanidad.

El siglo XXI es el siglo del conocimiento, tenemos herramientas al alcance de la mano para lograr edificar un mejor futuro, debemos promover la inclusión por la innovación y concertar esfuerzos públicos y privados en esto.

Nuestro papel social implica también garantizar una mejor protección que promueva estos bienes humanos básicos, de lo contrario, en una economía de intangibles; negar la protección y no capturar valor nos puede conducir a una condición de pobreza y de dependencia de aquellos que -seguramente- creen que no sólo se trata de crear valor y compartirlo, sino también de protegerlo para salir al mundo.

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