Para Daniel Guebel, “en el fondo, la literatura sigue siendo un acto de fe”

El prestigioso escritor llegará a Tucumán con mucho para contar sobre su último libro, “El absoluto”, escrito a lo largo de siete años. Participará del Festival Internacional de Literatura Tucumán.

04 Jul 2017
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> Daniel Guebel es uno de los invitados que prestigiarán el Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT), cuya tercera edición se iniciará el jueves en el MUNT (San Martín 1.545). Ese día, a las 19.30, Guebel protagonizará una entrevista pública que será moderada por María Laura de Arriba. 

Cuando se le pregunta a Daniel Guebel si comparte una estética o una identidad con los autores argentinos que vienen escribiendo y publicando- como él- en los últimos 30 años, prefiere dejar esa respuesta “para la sociología de la literatura”. Elige, en cambio, concentrar su charla con LA GACETA (una suerte de ping pong vía mail) en la escritura como construcción, como oficio no apto para ansiosos; y en la urdimbre de su novela más reciente, “El absoluto”.

- ¿Qué te ha inspirado para escribir “El absoluto”?

- En general, los escritores quieren hacer creer que no le deben nada a nadie. Hay una cita de Poe, que encontré como epígrafe, que dice: “El horror de mis cuentos no viene de Alemania, viene de mi alma”. La cita es preciosa porque es verdadera y es falsa. De seguro Poe quería descargarse de la acusación de ser un epígono de E.T.A. Hoffman o de algún otro brumoso germánico, subrayando la singularidad de sus elecciones estéticas. Pero los libros de un autor, tanto como de su alma, nacen de otros libros que finalmente su alma elige como semillero.

- ¿Y en tu caso?

- Encaré “El absoluto” a los 45 años, y aunque lo que disparó su escritura fue un concierto extravagante -popurrí de temas clásicos y canciones populares- que un pianista con problemas neurológicos ofreció en el hotel de los actores de Villa Giardino (Córdoba) en 2002, las fuentes del asunto son anteriores. El origen ya lejanísimo de mi novela combina varios asuntos: la fascinación infantil por los viajes intergalácticos y los relatos de pianistas de Felisberto Hernández. Incluso, a los veinte años, escribí el que considero mi primer texto legible, el cuento ”Flores para Felisberto”, dedicado al maestro uruguayo. Claro que ya la primera imagen que saltó a mi mente me despegó de esa referencia y me abrió a otros mundos, que el lector considerará o dejará de lado. Yo caminaba, con mi hija de un año en brazos, y el libro iba apareciendo.

- “El absoluto” le exige al lector sumergirse en la historia sin dejarse tentar por el afuera. ¿Son tiempos para “la” novela?

- Al escribirla tenía la impresión de que era un libro escrito bajo la ilusión de que existen lectores que se toman todo el tiempo del mundo para leer, y que ese lector ya no existía. La idea de que se escribe contra la nada es muy estimulante y algo trágica, como romper un bloque de hielo con la cabeza. Eso no dice nada de “El absoluto”, y quizá tampoco diga nada de su autor. En el fondo, la literatura sigue siendo un acto de fe.

-¿Cuánto tiempo te tomó el proceso de investigación y escritura?

- Mientras escribía “El absoluto”, que es como mi nave-madre (y es también un libro sobre la presencia y la ausencia de la figura materna y sobre el amor y el abandono de las mujeres), se fueron desprendiendo otros libros, de su propio cuerpo o de manera autónoma. “Derrumbe”, “Ella”, “El caso Voynich”, “Los padres de Scherezade” son los vehículos que parten de la plataforma principal, y fui publicándolos mientras escribía este. Por lo tanto, no tenía apuro. Era un trabajo de larga duración, por lo tanto, podía entretanto largar lo escrito paralelamente y a mayor velocidad. En total, “El absoluto” me llevó siete años de lecto-escritura. Tuve por fuentes de información muchos libros de música, biografías de artistas, crónicas de viaje, libros de historia, ensayos, mucha Wikipedia. Y algo de invención también.

- ¿Cómo sabés cuándo llega el final de una historia?

- El final siempre está en suspenso, no responde a una decisión previa. Me di cuenta de que había terminado “La perla del emperador” en el punto en que se interrumpe, después de haberla continuado a lo largo de unas cuarenta páginas más, y cuando creía que estaba escribiendo un libro infinito. Tardé siete años en publicar “El absoluto” porque no estaba seguro de que estuviera concluido. Es una novela dividida en seis libros que corresponden a la continuidad cronológica de los integrantes de una familia de genios. Yo creí que la novela había finalizado al cierre del quinto libro, y un año más tarde, mientras estaba escribiendo “otra” novela, me di cuenta de que no, que era la continuidad y fin de esta “crónica familiar”. Por eso me demoré en publicarla. Esperé años hasta saber que no habría continuación alguna, y cuando lo supe me pareció que ya podía dejarla en manos de los lectores. Incluso, ese funcionamiento irregular, lo indecible del tiempo de cierre, se intensificó en los últimos años.

- ¿De qué manera?

- Hará unos 20 años escribí una obra de teatro, de título “Matrimonio”, y hace unos cinco me senté a escribir su continuación, que fueron cuatro obras más, que publiqué bajo el título de “Pornografía sentimental”. Y acabo de terminar una tetralogía chino-japonesa. La primera y la segunda novela pueden leerse de manera independiente, la tercera podría prescindir de la segunda pero está estrictamente relacionada con lo que se narra en la tercera, la cuarta novela depende de las anteriores, pero sobre todo enlaza con la segunda, que fue la que escribí primero (el orden es segunda-primera-tercera-cuarta) y el sentido general del texto sólo se percibe en su totalidad (si es que la hubiera) leyéndolas en el orden que cuento. Pero mientras iba escribiendo cada parte, por ejemplo, mientras escribí la segunda novela, no había pensado en la primera, y cuando escribí la primera no se me ocurrió que iba a tener una continuación, y recién cuando terminé la tercera entendí que hacía falta una cuarta que cerrara el lazo, ya que es un libro, precisamente, sobre entrelazamientos. Después dicen que la forma no trama sentidos…

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