El punto G masculino

02 Jul 2017
1

INÉS PÁEZ DE LA TORRE

PSICÓLOGA

Desde hace un par de semanas la infidelidad de un ex futbolista ocupa los titulares y genera risas, llantos y debates en los programas de radio y televisión, en los portales de chimentos, las redes sociales y las ruedas de amigos.

No es la primera vez que el engaño de un “famoso” queda al descubierto y se instala como una de las noticias del momento. Pero en esta historia en particular, un detalle -de los muchos que salieron a la luz- ha concentrado casi toda la atención: un pedido sexual muy específico realizado por el protagonista a su supuesta amante. La palabra “puntita” es ahora un guiño, un hashtag, un chiste y hasta una enorme bandera en la tribuna de un partido de primera división.

El “macho”

Es innegable que nuestra cultura está muy lejos de erradicar el machismo. Postura responsable, entre otras cosas, de los llamados “estereotipos de género”. Es decir, de aquellas ideas simplificadoras y por lo tanto erróneas que definen el ser “varón” o “mujer” a partir ciertos rasgos, conductas y actitudes.

Desde esta concepción anacrónica y empobrecedora, los varones y, más concretamente, los “machos”, para considerarse tales, deben ser seguros de sí mismos, agresivos, competitivos, fuertes, sexualmente activos e insensibles (“los hombres no lloran”). Es probable que el pene y los testículos configuren, para el imaginario popular, la más elocuente representación de estas cualidades (de ahí aquello de “poner lo que hay que poner”, “tenerlos bien puestos”, etc.).

Pero también hay otra zona que desde la idiosincrasia machista debe conservar ciertos atributos: el ano. Un límite que sólo puede ser traspasado a edades avanzadas -prescripción médica mediante- cuando deben efectuarse los inevitables controles de salud. Pero fuera de estas excepciones, su integridad es sinónimo de virilidad, de “hombre heterosexual”, poderoso y nunca sometido.

Por eso no es extraño que exista tanto tabú respecto a la inclusión de esta zona erógena en las caricias durante los encuentros sexuales.

Un masaje

La próstata, glándula que genera el líquido seminal que transporta a los espermatozoides, ha sido llamada “el punto G masculino”. Porque su adecuada estimulación -mediante lo que se conoce como “masaje prostático”- es capaz de provocar el orgasmo.

Del tamaño de una nuez, la próstata constituye una masa firme, ubicada a unos pocos centímetros del orificio anal. Las recomendaciones para estos masajes incluyen delicadeza, suavidad, manos limpias y mucha lubricación (también pueden incluirse guantes de látex o un preservativo).

Condiciones básicas para la realización de esta práctica son el deseo de experimentar, la comodidad con el propio cuerpo y, desde luego, el estar libre de los prejuicios antes mencionados.

Comentarios