Tres momentos de brillo en una gala apagada

10 Ene 2017 Por Fabio Ladetto
La entrega de los Globos de Oro puede resumirse en tres momentos: el fallido arranque de Jimmy Fallon, a quien la ceremonia le quedó grande a partir de la falla en el sistema por el cual podía leer en vivo su monólogo de inicio; los discursos críticos hacia Donald Trump a cargo de Hugh Laurie y de Meryl Streep (aunque la sombra de su próxima asunción presidencial en Estados Unidos flotó durante toda la noche del domingo), y la previsible consagración de “La La Land” (marcó un récord histórico de estatuillas obtenidas) y de “The Crown”, como mejores comedia cinematográfica y serie dramática en televisión, respectivamente.

En líneas generales, la entrega de los premios circuló sin sorpresas ni espectacularidad, en un ambiente anodino y casi ascético. Los críticos extranjeros en Estados Unidos (encargados de elegir a los ganadores) le dejaron el terreno del lujo y la diversión a los Oscar, como si asumieran el lugar de estar a su sombra, aunque disputando el sitial de prestigio. La excepción fue el brillante paso de humor de Kristen Wiig y Steve Carrell, quienes ya comenzaron a ser nombrados como los sucesores de Fallon para la cena de 2018.

Los Globos de Oro confirmaron su tendencia a distinguir a las apuestas más nuevas en cine y en televisión, antes que a mirar a los consagrados. La evidencia está marcada, por ejemplo, en “Atlanta” (elegida como mejor comedia televisiva) y en la película independiente “Moonlight”, galardonada como mejor drama. La estatuilla fue entregada por Sylvester Stallone y Carl Weathers, los protagonistas del primer “Rocky”, en otro logro de la producción 40 años después de que encarnaron a Rocky Balboa y a Apollo Creed.

En el marco de las injusticias, el rubro que siempre queda abierto, pica en punta que la estatuilla a mejor comediante haya ido para Tracee Ellis Ross (la actriz de “Black-ish”, desconocida en estas tierras) y eludido una vez más a Julia Louis-Dreyfus, por “Veep”. Todo indica que la decisión responde, una vez más, a la tendencia de los críticos a no caer en lo obvio y a esquivar a los conocidos. A veces parece más una pose que un merecimiento.

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