Los viudos de los jueves - LA GACETA Tucumán

Los viudos de los jueves

23 May 2016
El destino suele ser caprichoso. De lo contrario, no podría explicarse cómo una historia que empezó un jueves pueda cerrarse exactamente siete días después, a la misma hora y con los mismos protagonistas. Pero, así como caprichoso, el destino también suele ser azaroso. Y esa es una lección que Juan Manzur acaba de aprender: la suerte no siempre estará de su lado.

Dos jueves atrás, el propio Gobierno le había sugerido a la intendenta de Famaillá, Patricia Lizárraga, que no asistiera a la firma de un convenio en la Casa Rosada, aún a riesgo de perder $ 80 millones. Por temor a llegar a fin de mes y no tener recursos para pagar los sueldos a los municipales, la esposa del legislador Juan Enrique Orellana plantó al ministro del Interior de la Nación, Rogelio Frigerio, y al secretario de Vivienda, Domingo Amaya. El mandatario sonrió aquel día porque sintió que le había arruinado la foto al ex intendente, y celebró aún más cuando el secretario del Interior, Sebastián García de Luca, le hizo un guiño a su anhelo: tener una imagen de los jefes municipales oficialistas junto a él y a Frigerio, tal como la habían conseguido los radicales Roberto Sánchez (Concepción) y Mariano Campero (Yerba Buena). El lobby manzurista tuvo efecto, pero en el medio hubo algunas concesiones. La primera, que al encuentro asistieran también los intendentes de Cambiemos, y no sólo los alineados al Frente para la Victoria. Las restantes no fueron comunicadas por Frigerio a Manzur, sino que se dieron por sentadas. Por ejemplo, la presencia de los tucumanos Amaya y Pablo Walter. El peronista, como funcionario de ese ministerio; y el macrista, como responsable de una empresa de aguas y cloacas, justo el motivo del encuentro. Así se llegó al jueves siguiente del desplante. Manzur, exultante, ni siquiera imaginaba que terminaría el encuentro que había soñado con una feroz recaída en su cuadro anémico.

Puede que el reproche de Mauricio Macri al gobernador por la demora de la Provincia en reformar el sistema electoral haya sido casual. Pero es más probable que haya sido premeditado si se tiene en cuenta un dato que pasó por alto el oficialismo tucumano. Un día antes de esa reunión de gala para los tucumanos, el ex presidente de la Cámara de Diputados durante el cristinismo, Julián Domínguez, se había referido al escandaloso proceso electoral tucumano que coronó a Manzur como gobernador, y que tuvo a José Cano -el radical que entró a la reunión escudando al Presidente- como perdedor. Como invitado al programa televisivo “Demasiado Humo”, Domínguez denunció que en las PASO bonaerenses hubo fraude electoral y que él había triunfado, y no el ex jefe de Gabinete K Aníbal Fernández. “Hubo cosas de las elecciones que no se pudieron explicar. No coincidían las actas del Correo con las actas de los fiscales... Miles y miles de cosas...”, dijo. Y cuando le preguntaron por qué no hizo la denuncia en aquel agosto de 2015, respondió tajante: “Estaba el hecho de Tucumán. Yo tuve que tomar la opción, ser responsable de un nuevo conflicto político... Y siempre en mi vida, privilegié el interés del conjunto por sobre el partido”. “Terminé de hacer la auditoría que encargamos 30 días después. No nos dio el resultado que publicó el Correo”, prosiguió. Y cerró con una aseveración cuando le preguntaron si sentía que él había sido el vencedor: “Sí, para nosotros sí”.

La cronología respalda los dichos de Domínguez. Perdió las Primarias por la gobernación bonaerense el 9 de agosto y el 23 de agosto se celebraron los bochornosos comicios tucumanos. Es decir, Domínguez tenía su versión de los resultados justo cuando en Tucumán la suerte de la elección se dirimía en los tribunales y en las calles, con marchas a favor y en contra. Las recientes quejas del dirigente de Chacabuco, además, fueron similares a las de casi un año atrás de los opositores tucumanos: las actas de los fiscales decían una cosa que no se correspondía con lo que reflejaban luego las del Correo Argentino. ¿Sabía Macri que horas antes de toparse con Manzur, un kirchnerista había reflotado el fantasma del fraude electoral? Es probable que nunca se sepa, pero sí resulta llamativo que el Presidente haya decidido golpear al tucumano donde más le duele: la dudosa legitimidad de un triunfo en comicios bastardeados por el clientelismo y desnaturalizados por los excesos de los acoples. Y justo, además, que lo haya dicho al lado del derrotado Cano, a quien minutos antes de sentar con Manzur había presentado ante las autoridades del Banco Interamericano de Desarrollo como “el futuro gobernador de Tucumán”. Todo un mensaje.

Es difícil entender el sentido de un viaje de casi 30 autoridades provinciales a Buenos Aires para dejar 19 carpetas individuales con proyectos de agua y cloacas, cuando se trata de un problema estructural cuya solución ya fue estudiada por la Sociedad Aguas del Tucumán. En 2015, año de elecciones y de las valijas con fondos hacia la Cámara, la empresa pidió al Gobierno $ 1.200 millones, la cantidad de dinero que demandaría un plan de solución troncal del problema de la falta de agua potable y cloacas en todo el interior. No obtuvo respuesta. Sin embargo, la Legislatura administró en ese año más de $ 1.500 millones. Es más fácil concluir que todo obedece a una necesidad del gobernador de mostrar ante la Nación que tiene a la Provincia en un puño, y a la del área política de la Nación de exhibir que tiene a un mandatario “opositor” en una mano. Especialmente, cuando la Casa Rosada cuenta los porotos para saber si convoca a sesión en el Senado y logra completar la Corte Suprema de Justicia de la Nación con los pliegos de los juristas propuestos por Macri. En Cambiemos dan por sentado que cuentan con los votos de los dos senadores del FpV: José Alperovich y Beatriz Mirkin.

El destino es caprichoso, y los últimos dos jueves se encargaron de mostrar que la apariencia de la relación perfecta entre la Nación y la Provincia era propia de una burbuja de irrealidad transmitida puertas afuera. Porque, puertas adentro, la realidad siempre suele ser otra, como describe la escritora Claudia Piñeiro en “Las viudas de los jueves”.

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