Una pasión “vieja nomás”

La jornada se vive con intensidad, y los personajes que le dan forma tienen un encanto único.

25 Sep 2015

“¡Adeso viejo nomás!”Poco antes de las 19.32, cuando los participantes encararon la recta final, la frase, mitad aliento, mitad imploración, comenzó a ser repetido como una letanía, aquí y allá en el hipódromo. Pablo Farías era uno de los predicantes (boletos en mano, riguroso traje, corbata perfecta). El cruce del disco, con su caballo favorito a la cabeza, lo hizo explotar (los boletos seguían en la mano y la corbata... ¿había corbata?)

El “Batalla” es un mundo dentro de otro mundo (el del resto de las carreras). Boleterías desbordadas, áreas de subasta desbordadas, todo desbordado. Cada cual atiende su juego. Los chicos corretean, suben y bajan de un pelotero, ajenos por naturaleza a tanto revuelo por una jornada de fiesta; los vendedores (afuera y adentro del hipódromo) hacen su “septiembre”; los “estudiosos” repasan con ojo clínico el programa de carreras y de tanto en tanto husmean en la zona de las caballerizas o visitan el tattersall; los espectadores en tribunas suben y bajan su ansiedad de acuerdo al devenir de los hechos, caras largas ante la apuesta errada, felicidad ante el acierto. Y los que eligen seguir la jornada en alguna de las confiterías o en el salón VIP, pantallas de TV por doquier mostrando que, cómo y cuándo, siguen el pulso de los acontecimientos (con algo para beber o comer a mano) los ojos “pegados” a cada escena.

“¡Adeso viejo nomás!” La carrera es cosa juzgada y los ganadores (jockey y caballo) inician sus minutos de gloria post triunfo ante el público. Poco importa a esa altura que haya habido demora en largar el gran premio (“por la cantidad de apuestas”, según se afirma). Rosa Alarcón se toma la cabeza cuando su marido, Luis, llega a su lado con la mirada extraviada. “¿Pero no te dije que apostaras por Adeso? ¡Yo sabía que ganaba, yo sabía!” repite con mirada extraviada, sin reparar en la tímida luna que ya se dejaba ver entre algunas nubes. Casi al lado de esta escena, Roberto Pinillo, el hombre que llevó al zaino a la victoria, es un especie de Superman que vuela de un lado a otro sin despegar los pies de la tierra, llevado y traído por los fanáticos, por la prensa, por su propia familia...

“¡Adeso viejo nomás!” Que la pista estuvo barrosa, que el tiempo del ganador fue de 2’19”3/5. Ángel Rivero, convertido en institución del turf tucumano, conmovía con su mirada enjugada de lágrimas, casi tanto como por su emoción. El cuidador del noble ganador había dejado el sanatario donde estaba internado, sólo para no perderse la fiesta, sólo para estar en “su” ambiente, sólo para hacerle el honor a sus orígenes en la actividad allá por la década del ‘60. Apenas por eso. Nada más y nada menos.

Cuando la noche era una realidad y la ciudad a la distancia ya había prendido todas sus luces, la reunión más esperada estaba llegando a su final. Para ese entonces, la voz ronca, ya casi ningún atisbo de cómo había llegado vestido, Farías seguía viviendo su propia fiesta. Allí estaba, sentado en una escalerita, repitiendo una y otra vez: “¡Adeso viejo nomás!”

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