Mirada distante al hacedor de modelos de la Villa 31

“No me interesaba dar información, sino retratar ese pequeño mundo”, dice la directora de “Guido Models”, que hoy presentará la proyección.

17 Jun 2015
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AFICHE PROMOCIONAL. Con esta foto se difundió el filme “Guido Models”, antes de su estreno en el Bafici.

Lo que Julieta Sans define como sutileza, en su obra se replica como distancia. Eso es casi todo en “Guido Models”: antes que la información, el contexto o una entrevista clarificadora -antes incluso que las emociones-, el documental de Sans refleja distancia, la que deliberadamente pone la autora entre sí y Guido Fuentes, el inmigrante boliviano que instaló una agencia de modelos en la Villa 31. Y la propuesta es tan original como generosa con el espectador: en medio de tantas crónicas que han elevado a Fuentes a la categoría de héroe, Sans sólo esta ahí para acompañarlo, para “registrar una atmósfera”, como ella cuenta.

“Conocí la historia de Guido mientras estaba de visita en el país -Sans nació en Buenos Aires, pero en 2001 su familia se mudó a Barcelona y luego ella a Londres- y leí una noticia chiquita en la que él protestaba porque el Gobierno no quería prestarle una pasarela para un desfile. Me llamó la atención lo que hacía, pero también la manera en que se expresaba. Él sabía que su acción era socialmente relevante, y que era necesario mostrarla y celebrarla. Le mandé un mail y nos encontramos. En principio sólo pensaba hacer fotos, pero me pareció muy interesante el pequeño mundo que había creado y empecé a filmar”, contó Sans, que hoy presenciará la proyección del documental en el Festival Gerardo Vallejo.

- ¿Con cuánta facilidad te insertaste en el mundo de Guido?

- Tenía claro desde el principio que no quería hacer un retrato de la vida en la villa sino mostrar lo que creó Guido, que tiene la particularidad de transcurrir ahí, pero que para mí siempre fue un telón de fondo. La relación con él no fue fácil; es muy mediático y a la vez muy privado, y pasaron varios meses hasta que entendimos cómo iba a ser la dinámica de trabajo y me permitió retratar su intimidad.

- ¿Él intentaba imponerte algún punto de vista?

- Quería que le sacara fotos que le sirvieran, pero le aclaré que no hacía fotografía de moda sino documental. Después entendió que íbamos por otro lado. Desde entonces fue muy buena la colaboración también de las chicas, que confían tanto en Guido que asimilan cualquier cosa que él les transmite, aunque con ellas siempre hubo más distancia. Y respecto del barrio, me sentí muy cómoda. No voy a decir que es un lugar ideal para vivir, pero sí es muy vital, con mucha gente yendo y viniendo. No sentimos hostilidad en ningún momento.

- ¿Cómo decidiste la mirada del filme, sin voz en off?

- Tiene que ver con mi trayectoria como fotógrafa. Con mis fotos intento transmitir la atmósfera en la que vive una persona, una cosa muy sutil, e intenté trasladar eso a la película. No me interesaba la información ni lo que Guido tiene para decir sobre sí, cualquiera que lo busque en YouTube puede encontrar infinidad de cosas, pero sí quería mostrar su mundo, las texturas, la belleza y el amor con el que Guido trabaja. Era una preocupación que tenía al principio: para postularme al Incaa y tener una referencia de lo que filmaríamos, debía escribir un guión. Sabía que no iba a inventar ningún conflicto ni nada heroico, como está de moda en este tipo de historias, entonces me preguntaba si podría sostener el interés, aunque también confiaba en la capacidad de Guido y en la mía para crear esos climas. En Latinoamérica la película se recibió muy bien, pero tengo conocidos europeos a los que les costaba esa mirada. Tenían necesidad de victimizarlo o de cuestionar que alguien de una clase baja se atreva a hacer algo superficial como la moda. Ellos tienen una idea de que el pobre tiene que sufrir y hacer cosas nobles, y les costó mucho aceptar el trabajo.

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