Ciudades literarias

La ciudad -como protagonista o como telón de fondo- ha sido siempre fuente de inspiración para los escritores. Acaso porque represente lo que decía el geógrafo griego Estrabón en su aforismo: ciudad grande, soledad grande. O bien, como la consideraba Henry D. Thoreau, quien veía en la vida ciudadana a millones de seres cohabitando juntos en soledad

07 Jun 2015
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Por Alina Diaconú - Para LA GACETA - Buenos Aires

“La ciudad es como una casa grande” (Rafael Alberti)

“Si tienes la suerte de haber vivido de joven en París, entonces durante el resto de tu vida
ella estará contigo, porque París es una fiesta” (Ernest Hemingway)

Como ya lo sabemos, el oficio de escritor debe de estar entre los trabajos más solitarios del mundo. Pero, a la vez, la ciudad es el receptáculo contenedor de la personalidad y, de algún modo, hasta la generadora de una identidad determinada.

Es por eso que se suele hablar del París de Cortázar, del Dublín de Joyce, de la Lisboa de Pessoa, de la Praga de Kafka, de la Nueva York de Dylan Thomas, de la Buenos Aires o de la Ginebra de Borges.

Italo Calvino creía que las ciudades constituían un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje. Dijo que eran “lugares de trueque, como lo explican todos los libros de historia y economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”.

Para corroborar esta interesante reflexión de Calvino, veamos ciertos párrafos ilustrativos de algunos de esos escritores.

En la carta de la Maga de Rayuela, escribió Cortázar:

“Es así, Rocamadour: en París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escalera, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi.(…) Todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros”.

Más que nada, se trata de un París interior, de una arquitectura anímica, no la del turista, sino la del morador extranjero, padeciendo y admirando crónicamente esa gran urbe.

Kafka/Praga

Algo similar sucede con Kafka. El crítico checo Josef Cernak se refirió a la relación de Kafka con su ciudad, Praga: “No encontramos en su obra vistas panorámicas y tampoco escenas continuas de la realidad praguense- la misma está presente en distintos aspectos transformados. El estilo de vida praguense de muchos personaje de Kafka, la imagen del ambiente en el cual se mueven, así como el microcosmos personal de Kafka están cifrados: la familia, los alrededores de sus domicilios, vistas desde las ventanas, lo que pasaba en la calle”.

Uno de los textos de Kafka donde más explícita y reconocible aparece la ciudad, es el titulado Descripción de una lucha (1905). Dice: “Debía huir, aunque no era fácil. Al doblar a la derecha, hacia el puente Carlos, podía saltar a la izquierda, metiéndose en el callejón. Este era sinuoso, con portales oscuros y tabernas aún abiertas, no debía desesperar. (…) Cuando abandonamos el arco final del muelle para avanzar hasta la Plaza de los Caballeros de la Cruz, corrí con los brazos en alto hacia el callejón”.

En casi toda la obra literaria de Kafka, la ciudad de Praga (a la que no quería) está presente de una manera implícita o fantasmagórica. Johannes Urzidil, escritor checo de lengua alemana, también (1896-1970), fue rotundo al declarar la sinonimia: Kafka es Praga, Praga es Kafka.

Dublín/Joyce

En el Ulises, de James Joyce, así está descripto el camino de regreso de los personajes Bloom y Esteban: “Partiendo los dos juntos a paso normal desde Bereesford Place, siguieron el orden indicado para tomar y Middle Gardiner Street y Montjoy Square, hacia el oeste; entonces, aflojando el paso y doblando ambos a la derecha, tomaron inadvertidamente por Gardiner’s Place hasta el extremo de Temple Street, al norte: después, a paso lento ininterrumpido por detenciones, tiraron a la derecha por Temple Street, hacia el norte, hasta Hardiwicke Place. Avanzando en lento paseo siguieron, dispares, y cruzaron juntos la plazoleta delante de la iglesia George diametralmente”.

Como se puede advertir aquí, Joyce es más que minucioso en la narración del itinerario que siguen sus protagonistas en la ciudad de Dublín.

En otro de sus famosos libros, Dublineses, Joyce aclara: “Mi intención era escribir un capítulo de la tristeza moral de mi país, y escogí Dublín, para escenificarla, porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis” (se refería a la compleja situación que atravesaba Irlanda en los albores de la Primera Guerra Mundial, en el año 1914).

Lisboa/Pessoa

En cuanto a Lisboa, “amo estas plazuelas solitarias, - escribía Fernando Pessoa- intercaladas entre calles de poco tránsito y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles. (…) Paso por ellas, subo a cualquiera de las calles que afluyen a ellas, después desciendo de nuevo, para regresar. Vista desde el otro lado es diferente, pero la misma paz deja dorar de añoranza súbita –sol en el ocaso- el lado que no había visto a la ida. (…) Desde la terraza del café, miro trémulamente hacia la vida. Un marasmo como un comienzo de borrachera me elucida el alma de cosas. Transcurre fuera de mí, en los pasos de los que pasan… la vida evidente y unánime” (El libro del desasosiego).

Lisboa, en la pluma de Pessoa, se llena de melancólicos recuerdos, de sensaciones y emociones sin fin.

Nueva York/Thomas

Acerca de Nueva York, específicamente acerca de Manhattan, Dylan Thomas confesó: “Es una pesadilla, día y noche; nunca hubo un sitio así, nunca me acostumbraré a la velocidad, el ruido, la indiferencia total de las multitudes, la cortesía atemorizante de los intelectuales y, más que nada, esas torres enormes y fálicas, que van hacia arriba, y arriba, cientos de pisos, hacia el cielo imposible. Me siento tan aterrado en este lugar, que apenas me atrevo a salir de la habitación del hotel”.

Buenos Aires - Ginebra/Borges

Si pensamos en Borges, las dos ciudades esenciales y paradigmáticas para él fueron Buenos Aires y Ginebra. En uno de sus poemas, titulado precisamente “Buenos Aires” manifiesta: “Te sentía / En los patios del Sur y en la creciente / Sombra que desdibuja lentamente / Su larga recta, al declinar el día. / Ahora estás en mí. Eres mi vaga / Suerte, esas cosas que la muerte apaga”. En otro poema, con el mismo título, expresa: “Y la ciudad, ahora, es como un plano/ De mis humillaciones y fracasos; / Desde esa puerta he visto los ocasos / Y ante ese mármol he aguardado en vano” (El otro, el mismo, 1964)

En el libro Atlas (en colaboración con María Kodama) escribió estas líneas sobre Ginebra: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntima patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia para la felicidad (…) Perduran las calles montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo”.

Las ciudades literarias se vuelven inmortales, eternizadas así en la palabra de los escritores.

Las otras, las reales, perduran en nuestras remembranzas, pero desaparecerán con nosotros y con nuestra memoria.

© LA GACETA

Alina Diaconú - Escritora y columnista. Autora de Avatar y Buda, entre otros libros.

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