“Fútbol -escribió una vez Dante Panzeri- es recuerdo de lo que jamás se repetirá”. Estoy entre los que salieron decepcionados el jueves pasado del Monumental. Y de los que temen que, pese a Panzeri, todo se repita este jueves en La Bombonera. Tal vez, eso sí, se inviertan los roles. En casa, con su gente, Boca corre riesgo de dejarse llevar por la presión que quiere obligarlo a ganar “a lo Boca”. Especialmente, porque, en el Monumental River, arriesgado en el juego de presión alta, se pasó de revoluciones y, con otro arbitraje, podría haber terminado el partido con tres jugadores menos. Hubo intimidación cuando Leonel Vangioni, otra vez, le fue con los tapones de punta al inicio a Fernando Gago. Hubo locura en la patada de kung fu de Ramiro Funes Mori a Pablo Pérez. Y hubo mala intención en el golpe sin pelota de Carlos Sánchez a Gago.

El capitán Gago, más que el escupitajo furioso de Pablo Pérez, dio la señal de que Boca también aceptó otro juego. Su gesto del Monumental “frío” hizo recordar con cierta añoranza los gestos de otro capitán bien cercano de Boca en el Monumental, acaso de carácter difícil, pero siempre defendiendo la raza del jugador de fútbol. Hablo de Juan Román Riquelme, que respondió siempre con fútbol, saludando a rivales y elogiándolos. Jamás hablando mal del contrario. Los presidentes de ambos clubes fueron de cámara en cámara la semana previa al inicio de los superclásicos, pero, sabemos, todo se arruinó cuando River no tuvo siquiera sus asientos correctos en el primer partido de La Bombonera. También los técnicos intercambiaron elogios mutuos y llegaban con crédito abierto de querer jugar. Pero sus formaciones del jueves pasado en el Monumental, y el juego también, privilegiaron lucha e intensidad. El juego sigue esperando.

Demasiada presión

“Es demasiada la presión del entorno”, me dice el preparador físico Fernando Signorini, apenas me lo cruzo tras el 1-0 de River en el Monumental. Nunca es fácil el entorno en el fútbol argentino. Tres vallados policiales y la orden de paso empujándonos unos con otros forma parte de un ingreso de naturalizado maltrato cada vez que se va a una cancha, aún sin hinchas visitantes. En la semifinal de Sudamericana de 2014 me tocó estar en el Monumental delante de una radio partidaria de River cuyo relator lloró emocionado apenas Marcelo Barovero le atajó el penal a Emanuel Gigliotti.

Y siguió llorando hasta que terminó el partido. El jueves pasado me tocó en cambio una radio partidaria de Boca. Cautelosos en un Monumental todo rojo y blanco, que parecía más preparado para la guerra que para el juego, comentarista y relator de la radio partidaria de Boca, más que un partido, parecían animar una audición de música clásica. “Suite para violoncelo en sol mayor”, parecían decir, cuando Boca amagaba peligro al arco de River. Nadie debía escuchar que eran de Boca. Pura tensión primero. Puro miedo después.

Semanas atrás tuve una larga charla con Christoph Biermann, alemán, uno de los periodistas más respetados del fútbol europeo. Le pregunté por cómo le había ido en su curso rápido de fútbol argentino, 10 canchas en menos de dos semanas. “Mi primera impresión -me dijo abriendo grande la boca y los ojos- fue ‘ooooooh’, de admiración, nunca había visto un ambiente así”. ¿Y la segunda impresión?, le pregunté. Biermann tiró su espalda hacia atrás y me dijo “Uuuuuf, de miedo”. Suele suceder en los estadios argentinos. Y sucede todavía más en un superclásico. La intensidad del partido en el Monumental impresionó también a Eduardo Rojas, autor de “Marcelo Bielsa. Los 11 caminos al gol”, el libro deportivo acaso más vendido en la Feria del Libro que se celebra estos días en Buenos Aires. “No se juega así en otro lugar”, me dice Rojas. Le recuerdo que, en su propio libro, una joya con reflexiones y sistemas de trabajo de Bielsa, el técnico rosarino, en una de sus charlas en Chile, dice que él también admira la competitividad del jugador argentino.

Pero Bielsa agrega que, lo que no le gusta, es que esa competitividad acaso se deba al exagerado miedo a perder que domina a nuestro fútbol. Porque en Argentina, dice Bielsa, “es más importante haber humillado a otro que haber ganado”.

Casi todos los cantos de la hinchada de River el jueves en el Monumental buscaban humillar a Boca. Sucederá lo mismo, al revés, este jueves en La Bombonera. Los afiches de cargadas ya son otro clásico apenas después de cada partido.

Otro de los cantos más escuchados el jueves pasado en River comenzaba “Vamos los millonarios/ Ponga huevo para ser primeros”. Es, curiosamente, lo mismo que piden ahora en Boca para este jueves en La Bombonera. Periodistas de muchos años, identificados con la camiseta de Boca, recordaron a jugadores como “Chicho” Serna, Blas Giunta y “Quique” Hrabina. Me recuerda los comentarios de otros periodistas que criticaron a Pep Guardiola porque en la semifinal de ida de Liga de Campeones salió contra Barcelona con apenas un delantero neto, supuesta contradicción a su estilo ofensivo. Olvidaron decir que Bayern Munich salió a presionar bien adelante y que, asumiendo un riesgo acaso excesivo, no temió en dejar mano a mano a sus defensores contra el trío Leo Messi-Luis Suárez-Neymar. O se lo criticaba por supuesta cautela o por supuesto suicidio. No se apreció su decisión de, aún sabiéndose inferior, salir a jugar.

En Inglaterra, muchos medios no se animaron en estos días a cuestionar el juego cauteloso de José Mourinho, campeón inobjetable, anticipado y con muchos puntos por encima de sus rivales con su Chelsea. Eligieron criticar a “Mou” usando el libro “Prepárense a perder”, del periodista Diego Torres, argentino del diario El País, de Madrid, crítico al paso del DT portugués por Real Madrid. Y citaron los puntos básicos que, según Torres, forman parte central de la “Biblia” que recita Mourinho a sus jugadores: 1) El partido lo gana el equipo que comete menos errores; 2) El fútbol favorece a quien provoque más errores del rival; 3) De visitante, en lugar de buscar ser superior; es mejor alentar a cometer esos errores; 4) El que tiene la pelota tiene más chances de equivocarse; 5) El que renuncia a la posesión reduce las posibilidades de error; 6) El que tiene el balón tiene miedo; 7) El que no tiene el balón pasa a ser más fuerte.

Las semifinales de Champions, cualquiera sea la táctica que se use, confirman el viejo dicho de que lo más importante del fútbol son los jugadores. El juego de posesión de Guardiola sufre sin un jugador como Arjen Robben (ausente por lesión). Y, en general, un genio (más aún el de Messi, claro) puede derrumbar cualquier esquema. Porque en fútbol juegan dos. Y porque los jugadores se mueven. Y porque el fútbol, como decía justamente Panzeri, sigue siendo “dinámica de lo impensado”.

Otra de las viejas frases de la pelota es aquella que señala que lo mejor del fútbol, son los jugadores. No lo vi así el jueves pasado en el Monumental. Sí vi a jugadores que lanzaron escupitajos, patadas de kung fu, golpes sin pelota y burlas al rival. Lo mejor del fútbol pueden ser los jugadores, es cierto. Pero cuando se dedican a hacer lo que más saber: jugar.

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