La enseñanza en el campo

Problema del maestro y de la escuela rural

28 Abr 2015 Por Carlos Páez de la Torre H
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JUAN B. TERÁN. El rector de la UNT (penúltimo sobre la derecha) con funcionarios y docentes. Con papeles en la mano, la directora de la Escuela Sarmiento, Otilde B. Toro la gaceta / archivo

En 1915, el rector Juan B. Terán, en representación de la Universidad de Tucumán, solicitó al Congreso de la Nación que, en el próximo presupuesto de 1915, “se convierta una de las Escuelas Normales que existen en cada provincia, en Escuela Especial, para formar maestros de instrucción vocacional en la campaña”.

Repetirá, a través de los años, los argumentos que expone al respecto. Piensa que la palabra “rural”, en materia educativa, es solo ”un término burocrático”. Las escuelas rurales son, en la realidad, idénticas a las urbanas. Crean en el niño unas inquietud que lo lleva, o a irse del campo, o a permanecer allí con el ánimo contrariado. Son, así, “un estímulo del urbanismo y una causa del empobrecimiento de las campañas”.

Salvo un par de casos aislados, no hay en el país ”un solo instituto que prepare maestros rurales”, afirmaba. Para el maestro, enseñar en el campo es un castigo: le pagan poco, la vida es monótona, las escuelas son pequeñas y precarias; y, sobre todo, no tiene simpatía personal por el campo. Entonces, urgía formar verdaderos maestros rurales, además de pagarles mejor y construir en la campaña buenos locales escolares. Y “formarlos bien, para que no fracasen, como han fracasado en la escuela rural actual, de tipo universitario”.

Era preciso crear, decía, la escuela rural; “y enseñemos en ella nociones de agricultura, de maquinaria agrícola, de economía doméstica, de trabajo manual, de higiene humana y de cuidados para animales, de contabilidad rural, y habremos logrado el fin, tan necesario, de mantener al niño en el ambiente escolar cinco o seis años”.

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