Autolesiones y suicidios, señales que urge atender

04 Nov 2014 Por LA GACETA
Las estadísticas estremecen. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), unas 65.000 personas se quitan la vida cada año en toda América. Es decir, un promedio de siete personas por hora. El informe, denominado “Mortalidad por suicidio en las Américas” -basado en datos registrados en 48 países y territorios de la región- muestra que el suicidio es un problema de salud relevante y una de las principales causas de muerte prevenible en todo el continente. De hecho en la Argentina -según datos del Ministerio de Salud de la Nación-, de las 6.573 muertes de adolescentes y jóvenes entre 15 y 24 años que se producen anualmente, casi 1.000 son por suicidio. El informe internacional indica también que hay una fuerte relación entre el suicidio y los problemas de salud mental ya que este factor está presente hasta en el 90% de todos los suicidios. Por eso los expertos recomiendan a los países evaluar sus sistemas de salud mental, los programas que están implementado, los servicios en vigencia y los recursos necesarios para prevenir y tratar los problemas asociados con la conducta suicida.

Estas cifras que asustan pueden parecer lejanas para Tucumán. Sin embargo, el suicidio acecha, silencioso y brutalmente doloroso, también nuestra comunidad. El 15 de octubre publicamos un inquietante informe en el que expertos de distintas disciplinas manifestaban su preocupación por el incremento de los suicidios y de las adicciones en el sur de la provincia. El Colegio de Psicólogos de Tucumán, Delegación Sur, detectó a través de encuestas realizadas en la comunidad y en las escuelas, que el tema es el que más aflige a la comunidad sureña. “Las autolesiones y las adicciones han despertado mucha preocupación. En las últimas semanas se detectaron varios casos y vimos que la población en general tiene pocas herramientas a las cuales acudir para enfrentar estos hechos. Se necesita un trabajo interinstitucional urgente”, advertía la licenciada Agueda Duarte, delegada suplente de la entidad que nuclea a los psicólogos.

Pero más allá de los fríos números existe una verdad incontrastable: el que una persona decida acabar con su vida es mucho más que una catástrofe personal y familiar; es también una tragedia en el ámbito social. Un naufragio moral. Una bofetada que nos sacude el rostro y nos recuerda que algo debemos estar haciendo mal como comunidad, cuando por acción u omisión o por falta de una elemental empatía y solidaridad social, permitimos que se multipliquen aquellas condiciones y factores que llevan a niños, adolescentes y jóvenes a terminar con su existencia. Por eso es bueno, cada tanto, reflexionar sobre este tema, porque en el caso específico del suicidio, si la familia, los amigos y la escuela aprenden a captar las situaciones críticas y realizan intervenciones oportunas, es posible prevenir la tragedia. Un adolescente está en plena definición de su identidad, si a eso se suma un consumo problemático de drogas o alcohol, habrá que encender entonces las alarmas y contener y orientar para que ese adolescente no acabe de la peor manera. Sería deseable, también, que se promoviera la capacitación constante y precisa de los docentes para la detección de aquellos síntomas que pueden llevar al suicidio, como una medida más que tienda a la atención integral de la actitud psicofísica. Es una tarea que no se puede dejar para mañana.

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