Acerca de diagnósticos e hipótesis inverosímiles

06 Oct 2014

Sergio Berenstein

Analista político

Cristina considera que la inflación, la presión sobre el tipo de cambio e incluso la recesión no tienen nada que ver con las decisiones económicas que tomó en los últimos siete años. “La economía está bien”, afirmó el 30 de septiembre. Por el contrario, para ella se trata de claras manifestaciones de un conflicto político y distributivo: un conjunto de “poderes concentrados”, locales e internacionales, se niegan a perder privilegios y posiciones dominantes, en contra del interés general que ella representa gracias al voto popular. Buscan la devaluación para bajar los salarios reales. Pretenden que vuelva a tomar deuda para ponerla de rodillas y así hacer tronar el escarmiento. Que a nadie se le ocurra nunca más hacer lo que hicieron los Kirchner en la Argentina.

¿En qué consistió la supuesta revolución que, a juzgar por la Presidenta, tuvo lugar en las ultima larga década K? La heterogénea y versátil coalición destituyente que estaría coordinando un golpe de mercado en su contra (recordar el categórico me quieren voltear del martes pasado) buscaría una restauración neoliberal con el objeto de revertir su famoso modelo. En efecto, el entramado K lo concibe como una síntesis perfecta de las mejores ideas heterodoxas y progresistas que jamás se hayan implementado, y no sólo en la Argentina: una carambola inédita a múltiples bandas.

El listado de los logros supuestamente alcanzados no es en absoluto menor: desendeudar y relanzar la industria nacional para asegurar independencia económica, soberanía política y justicia social. Recuperar desde una presidencia todopoderosa e hiperactiva al aparato del Estado que había sido desarticulado durante la peste monetarista y cooptado por facciones que hacían negocios extraordinarios a expensas de una ciudadanía tan inerme como confundida. Integrar territorial y socialmente a todos los argentinos, reduciendo la pobreza, eliminando la marginalidad y asegurando un piso de igualdad que según las cifras oficiales nunca estuvo mejor. Rescatar del olvido a las Fuerzas Armadas con el espíritu del Operativo Dorrego, acercándolas a los más humildes y trabajando codo a codo con esta nueva juventud maravillosa (que ya no gana elecciones en los centros de estudiantes ni llena las históricas plazas pero si por lo menos los patios y corredores del poder, y hasta expone su versatilidad para expresar su genuino y profundo respeto por el Santo Padre).

Ante tamaña transformación estructural de la Argentina, se explica que nuevos y viejos grupos económicos, algunos con posiciones o pretensiones monopólicas, incluyendo las oligarquías de siempre y esa gelatinosa e inasible clase media confundida por la acción psicológica de los medios de comunicación, se confabulen para evitar que se profundice y consolide esta concepción nacional, popular y anti imperialista. Un sueño hecho realidad: la tan añorada liberación reencarnada en los pibes que reivindican y valoran los viejos ideales reprimidos durante el genocidio de la dictadura.

Que este relato tenga poco o nada que ver con la realidad no parece conmover la convicción de la Presidenta ni de sus seguidores. Ella cree en su verdad y está dispuesta a defenderla a capa y espada. Ciertamente, abundan los comportamientos egoístas de actores clave del sistema económico que obstaculizan el logro de las metas oficiales, movidos por un desmedido afán de lucro y especulando con medidas (como la devaluación y la suba de tasas) que la administración busca desalentar. Por eso los cambios de los últimos días: ahora se viene una etapa de mayor coherencia.

La radicalización tardía es de este modo presentada como una reacción defensiva frente al ataque especulativo de los mercados. La pregunta clave es si el gobierno está dispuesto a ir a fondo, o si se trata de una táctica disuasiva para influir en las conductas de los agentes económicos, políticos y sociales para que no interpongan obstáculos en el último tramo de la gestión. Esto no tendría demasiadas consecuencias negativas en el corto, mediano y largo plazo: habría posturas duras, incisivas, amenazantes, pero con la vocación de terminar razonablemente bien.

¿Y si, por el contrario, le decisión consistiera en avanzar hacia una etapa realmente chavista, continuando esta escalada retórica con medidas aún más extremas que las tomadas hasta ahora?. Algunos especulan con un nuevo avance sobre los medios de comunicación, la persecución a algunos empresarios y hasta ataques a los más importantes líderes de la oposición. Otros vislumbran controles aún mucho más extremos de la economía, aplicando los instrumentos legales y regulatorios que se han venido acumulando recientemente (como la ley de abastecimiento y el artículo 20 de la ley del mercado de capitales). En las últimas horas circuló fuerte el rumor de que la Presidente estaría considerando un proyecto para constituir una empresa estatal que intervenga en el mercado de granos, para restaurar de algún modo la función que ejerció la Junta Nacional de Granos hasta comienzos de los años 90, cuando fue liquidada.

Al mejor estilo chavista, en su reciente viaje a Nueva York, CFK ratificó su decisión de profundizar la confrontación con las principales potencias de Occidente. Y para completar su identificación con la lógica caribeña, también especuló con un potencial atentado contra su vida. Si bien es cierto que algunos pocos aún responsabilizan a los poderes ocultos “del Imperio” por la muerte de Hugo Chávez (que, por cierto, fueron sin embargo incapaces de doblegar, al menos por ahora, al octogenario Fidel Casto), lo cierto es que analizar los antecedentes de magnicidios en América Latina resulta un ejercicio interesante pues, al margen de pesadillas o delirios de grandeza, se trata (por suerte) de eventos de bajísima probabilidad.

El último presidente en ejercicio asesinado en la región fue Salvador Allende (11/9/73). En marzo de 1999 sufrió un atentado y murió el vicepresidente paraguayo Luis María Argaña. En octubre de 1983, falleció Maurice Bishop, el primer ministro de Granada. El mexicano Luis Donaldo Colosio fue acribillado el 24 de marzo de 1994, en plena campaña presidencial.

Otro candidato, el colombiano Carlos Pizarro, había muerto en 26 de abril de 1990. La violencia política sigue siendo un flagelo preocupante en el continente y, en muchos casos, sobre todo el de Colombia y antes Perú, se generó una temible simbiosis entre grupos terroristas (de izquierda y de derecha) y el narcotráfico.

Nada de eso ocurre en la Argentina, donde a pesar de todos los déficits existentes y muy visibles desde el punto de vista institucional, la transición a la democracia erradicó esperemos que para siempre el uso de la violencia política como instrumento sistemático de grupos que pugnan por el poder.

Tuvimos el atentado a La Tablada (1989), también contra la Embajada de Israel (1992) y la Amia (1994); sobran las dudas sobre la muerte de Carlos Menem Jr. y la explosión en Rio Tercero (ambos ocurridos en 1995). Pero los hechos de violencia que caracterizaban a la política argentina desaparecieron de forma inversamente proporcional al aumento de la inseguridad y la violencia en la vida cotidiana. Un dato histórico a menudo olvidado: hubo tres presidentes argentinos que salieron ilesos de sendos atentados: Sarmiento (23/10/73), Roca (10/1/1886) e Hipólito Irigoyen (24/12/1929).

Conspiración sofisticada

¿Para qué entonces recurrir a semejante recurso discursivo del que, como era de esperar, nadie se hizo eco? En su larga exposición del martes pasado, Cristina anunció que enfrentará esta conspiración sofisticada y omnicomprensiva, con difusas ramificaciones locales e internacionales. Fue una lograda síntesis de su doctrina, concebida como una visión alternativa del mundo, desafiante de los poderes hegemónicos, con atributos revolucionarios (muy poco afines a la tradición peronista) y con una evidente pretensión de trascender los límites temporales impuestos por la Constitución.

Tal vez por eso la Presidenta decidió prescindir esta vez de la cadena nacional de radio y televisión. No es que se resignara a que sus palabras pasaran eventualmente inadvertidas para el conjunto de la sociedad. Su principal objetivo era hablarle fundamentalmente a su propia tropa. Con un largo año de gobierno por delante, comenzó la era del neo kirchnerismo. Y se necesitan dosis descomunales de épica y romanticismo para inventar una tradición que disimule en una epopeya casi wagneriana los evidentes fracasos de gestión.

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