El asesinato de un Papa que lucha contra la corrupción

un libro polémico y fascinante sobre la historia no oficial de Juan Pablo I

25 May 2014
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EL PAPA NÚMERO 263 DE LA IGLESIA CATÓLICA. El pontificado de Albino Luciani, en 1978, duró apenas 33 días.

NOVELA

PLEGARIA POR UN PAPA ENVENENADO

EVELIO ROSERO

(Tusquets - Buenos Aires) 

Cuando vi este libro en la Feria del Libro en Buenos Aires no pude evitar sentir un cierto fastidio y pensar en la obsesión de los escritores colombianos con la iglesia católica. Evelio Rosero, autor de La carroza de Bolívar y Los ejércitos, parecía haberse contagiado de Fernando Vallejo. Con el envío de Plegaria por un papa envenenado para comentarlo para este suplemento me aguardaba una enorme sorpresa. Me encontré con un texto bellísimo y sugerente sobre una figura muy querida, Juan Pablo I.

Mucho se ha discutido la sorpresiva muerte del Papa Albino Luciani acaecida en 1978, cuyo pontificado duró sólo 33 días. Desde que llegó a la silla de Pedro impactó por su presencia y sus acciones. Evelio Rosero apoya la hipótesis del asesinato planteada por David Yallop en la investigación publicada como En nombre de Dios. Adhiere a la idea de que fue víctima de una conspiración que buscaba frenar sus renovaciones e indagar los manejos financieros del Vaticano, en especial del arzobispo Marcinkus y los financieros Calvi y Sindona. Insiste en la enorme cantidad de cabos sueltos.

Pero Plegaria por un Papa envenenado va más allá de un libro testimonial. Se convierte en, como dice el título, una plegaria. El uso del lenguaje poético otorga una densidad distinta a esta novela, de corte trágico. El pontífice honrado que lucha contra la corrupción, ya en sus años de Patriarca de Venecia y Obispo de la diócesis de Vittorio Veneto, parece tener conciencia de su destino inexorable y de su abismal soledad. Luciani, un catequista, un estudioso, se encuentra investido como Jefe de una Iglesia atravesada por las luchas de poder y la corrupción. Todos sus actos se encuentran con trabas, sobre todo cuando trata de expulsar a “los mercaderes del templo”. La novela se mueve en un doble plano: el Vaticano puede ser un laberinto, lleno de puertas secretas, en cuyos rincones se encuentran los más diversos fantasmas y cuyo paraíso es la biblioteca.

Cuestionar lo aceptado

Marcinkus, un antiguo guardaespaldas de Pablo VI, es el personaje diabólico, que conspira contra el primer Papa de dos nombres. La crítica de Rosero se extiende a Wojtyla y su entorno, que no investigaron la muerte y frustraron sus reformas. En el texto intervienen como coro las prostitutas de Venecia y los guardias suizos. Acaba con un viaje del pontífice a los infiernos, en una suerte de versión libre de La Divina Comedia. En el descenso al infierno el Papa sufre tentaciones sexuales y dialoga con escritores y artistas. Luego vuelve al presente de su cuerpo para asistir al ritual de certificación de su muerte.

Rosero arremete contra tradición histórica y literaria -como hizo con la figura de Bolívar- cuestionando versiones aceptadas. Busca destruir mitos y encontrar verdades. Plegaria por un papa envenenado es un libro polémico y, al mismo tiempo, fascinante. Una obra literaria que no pasará desapercibida.

© LA GACETA

Fragmento de Plegaria por un Papa envenenado

Por Elvio Rosero

El Patriarca de Venecia no permite que lo carguen como a santo de madera y lo trasladen delicados en volandas y lo icen a la negra góndola: él mismo camina sobre sus mismos pies: soy dueño de mis pies y mi cabeza, si Él lo permite, y se recuesta en el sillón acojinado, y contempla las aguas de un azul oscuro, el líquido callejón que lo llevará flotando al Palacio del Patriarcado, al lado de la basílica de San Marcos. Once años antes, recién nombrado obispo de la diócesis de Vittorio Véneto, no quiso habitar el lujoso apartamento que le ofrecieron sino que prefirió el vetusto castillo de San Martino —rezo y lamento de siglos, memoria de brujas mártires y de herejes que no lo eran. Ahora, ya Patriarca de Venecia, tendrá que plegarse al Palacio del Patriarcado, pero rechazó el desfile de góndolas engalanadas que le tenían preparado a su llegada, no toleró las bandas de música ni las jóvenes danzantes ni las rosas flotando a su paso por la ciudad de agua. Así lo vieron los que todavía creen, los de la fe: a lomos de la negra góndola, vestía la negra sotana como el humilde cura de la más humilde parroquia, sin distintivo. 

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