"Y, por el cupo, tiene que ir...". Esa frase, que se completa indefectiblemente con el nombre de una mujer, es común por estos días en las charlas de dirigentes sobre las listas de candidatos para las próximas elecciones legislativas. En teoría, que la inclusión del género femenino siga siendo obligada mediante un cupo debería ser hasta irrisorio en estos tiempos. Sucede que cualquier buen ciudadano podría suponer que en los ámbitos políticos-institucionales no debería ser necesario que la igualdad sea impuesta. Pero, en la práctica, al menos en estas tierras, el rigor de una regla parece seguir siendo lamentablemente necesario.
Basta con escuchar con atención el runrún de nombres para los primeros lugares de las listas de aspirantes a ocupar las cuatro bancas de Tucumán que se pondrán en juego este año. En ninguno de los casos siquiera se susurra la posibilidad de que haya una "ella" en vez de un "él" en el primer lugar de las listas. Situación similar a lo ocurrido en 2011. En ese entonces se renovaban cinco escaños y en las boletas de octubre no se llegó a imprimir el nombre de una sola mujer en el primer término de las siete opciones disponibles (Clarisa Alberstein encabezó una nómina pero no superó las primarias). Otro dato que da cuenta del apego a la obligación de la regla es que de los nueve diputados tucumanos sólo tres son mujeres: el 30% mínimo que dicta la Ley de cupo femenino.
Descartada la posibilidad de encabezar, en los hechos, las mujeres se imponen en otros lugares de las nóminas gracias a la mencionada ley (N° 24.012). Prohíbe que se oficialicen listas que no respeten aquel porcentual, que debe aplicarse también al número de cargos que el partido renueva. Cuando los escaños que arriesga son más de dos, la normativa estipula que una postulante debe estar entre los primeros tres candidatos en términos "elegibles". Por esta posibilidad el oficialismo -renueva tres bancas- está habilitado a llevar dos hombres (¿José Alperovich- Domingo Amaya?) en los sitios que abren la nómina.
Aunque su vigencia sea odiosa, la ley permitió que el país marcara tendencia en Latinoamérica por el alto número de féminas en los parlamentos. Según el informe "Género en cifras" (2011), publicado por las Naciones Unidas, eso generó la sanción de normas inéditas relacionadas con reivindicaciones de género y con los derechos humanos. Si los beneficios de las miradas femeninas en los parlamentos son tangibles ¿por qué se sigue integrando a las mujeres por imposición legal?
Aunque esgrimido por muchos, la supuesta falta de referentes femeninos no es una excusa válida. Más allá de la valoración que pueda hacerse de sus desempeños y de si llegaron o no por "portación de apellido", hay figuras actuales que se instalaron tanto en el oficialismo como en la oposición. Beatriz Rojkés (presidenta provisional del Senado), Stella Maris Córdoba (diputada), Beatriz Mirkin (ministra de Desarrollo Social), Silvia Rojkés (ministra de Educación), Carolina Vargas Aignasse (legisladora), Beatriz Ávila (legisladora), Silvia Elías (legisladora), Sandra Manzone (concejal) y Alberstein (líder del MST) son sólo algunos nombres en una enumeración caprichosa.
Este planteo es un ejemplo de una fuerte raigambre en la política tucumana, donde los espacios de decisión y participación clave siguen reservados para hombres. Toda una paradoja, en un país administrado por una presidenta. El incómodo "tiene que ir" tantas veces repetido en el mundillo político da cuenta de que también en octubre la mayoría de los partidos seguirá incluyendo candidatas por obligación. Y con la falta de figuras en principio descartada, queda un impedimento por el momento infranqueable: el machismo estructural de las fuerzas y, penosamente, también de la sociedad.
Basta con escuchar con atención el runrún de nombres para los primeros lugares de las listas de aspirantes a ocupar las cuatro bancas de Tucumán que se pondrán en juego este año. En ninguno de los casos siquiera se susurra la posibilidad de que haya una "ella" en vez de un "él" en el primer lugar de las listas. Situación similar a lo ocurrido en 2011. En ese entonces se renovaban cinco escaños y en las boletas de octubre no se llegó a imprimir el nombre de una sola mujer en el primer término de las siete opciones disponibles (Clarisa Alberstein encabezó una nómina pero no superó las primarias). Otro dato que da cuenta del apego a la obligación de la regla es que de los nueve diputados tucumanos sólo tres son mujeres: el 30% mínimo que dicta la Ley de cupo femenino.
Descartada la posibilidad de encabezar, en los hechos, las mujeres se imponen en otros lugares de las nóminas gracias a la mencionada ley (N° 24.012). Prohíbe que se oficialicen listas que no respeten aquel porcentual, que debe aplicarse también al número de cargos que el partido renueva. Cuando los escaños que arriesga son más de dos, la normativa estipula que una postulante debe estar entre los primeros tres candidatos en términos "elegibles". Por esta posibilidad el oficialismo -renueva tres bancas- está habilitado a llevar dos hombres (¿José Alperovich- Domingo Amaya?) en los sitios que abren la nómina.
Aunque su vigencia sea odiosa, la ley permitió que el país marcara tendencia en Latinoamérica por el alto número de féminas en los parlamentos. Según el informe "Género en cifras" (2011), publicado por las Naciones Unidas, eso generó la sanción de normas inéditas relacionadas con reivindicaciones de género y con los derechos humanos. Si los beneficios de las miradas femeninas en los parlamentos son tangibles ¿por qué se sigue integrando a las mujeres por imposición legal?
Aunque esgrimido por muchos, la supuesta falta de referentes femeninos no es una excusa válida. Más allá de la valoración que pueda hacerse de sus desempeños y de si llegaron o no por "portación de apellido", hay figuras actuales que se instalaron tanto en el oficialismo como en la oposición. Beatriz Rojkés (presidenta provisional del Senado), Stella Maris Córdoba (diputada), Beatriz Mirkin (ministra de Desarrollo Social), Silvia Rojkés (ministra de Educación), Carolina Vargas Aignasse (legisladora), Beatriz Ávila (legisladora), Silvia Elías (legisladora), Sandra Manzone (concejal) y Alberstein (líder del MST) son sólo algunos nombres en una enumeración caprichosa.
Este planteo es un ejemplo de una fuerte raigambre en la política tucumana, donde los espacios de decisión y participación clave siguen reservados para hombres. Toda una paradoja, en un país administrado por una presidenta. El incómodo "tiene que ir" tantas veces repetido en el mundillo político da cuenta de que también en octubre la mayoría de los partidos seguirá incluyendo candidatas por obligación. Y con la falta de figuras en principio descartada, queda un impedimento por el momento infranqueable: el machismo estructural de las fuerzas y, penosamente, también de la sociedad.





