En la Posta de Julio reinan las "taruchas" - LA GACETA Tucumán

En la Posta de Julio reinan las "taruchas"

Este es sólo uno de los pequeños paraísos que ofrece Villa Atamisqui a los pescadores de todo el país.

11 Abr 2013 Por Gustavo Rodríguez
El buen pescador siempre intenta encontrar un lugar que lo enamore para siempre. Ese pequeño espacio en medio de la nada donde pueda divertirse capturando piezas de cualquier especie, estar en contacto con la naturaleza y, por sobre todas las cosas, alejarse de los ruidos de la ciudad que tanto lo atormentan de lunes a viernes. Y en La Posta de Julio se encuentra eso y mucho más.

Este pequeño paraíso está perdido en los agrestes montes santiagueños de la lejana Villa Atamisqui. A unos 25 kilómetros del poblado está ubicada una finca cuyo fondo da al río Dulce. "No le abro las puertas a cualquiera, sólo a gente recomendada porque no quiero que destrocen el lugar. A la gente no le gusta cuidar", dice Julio, el hombre que pide que su apellido se mantenga en reserva. "No quiero que maten a los animales", agrega el minifundista.

El propietario de las tierras tiene razón en proteger todo lo que habita en esa pequeñísima porción de suelo. Más allá de los animales de granja que cría (chivos, corderos, chanchos y gallinas), en ese paraje que no aparece en ningún mapa, protegidos con cercas de vinales, se puede encontrar una mini reserva natural.

Con el amanecer, las charatas y las catas rompen con el silencio. Por la noche, como si fueran niños traviesos, los zorros y los zorrinos se arriman al campamento para conseguir algún delicioso botín. Con los rayos del sol se descubren rastros de carpinchos y las torcazas gigantes cruzan el cielo con su bruto vuelo. Al atardecer, las corzuelas se arriman al río a beber agua. Demasiado encantador.

Nada de esto sería perfecto si la pesca no brillara. El Dulce, en este sector de tierra santiagueña, ofrece lo mejor. Bogas -lástima que sean pequeñas-, bagres -de todos los tamaños-, tarariras -agresivas a la hora de tomar la carnada y peleadoras a la hora de recogerlas- y dorados -según los lugareños no están activos por la escasa cantidad de agua-, forman parte de un menú irresistible para cualquier deportista.

Todos los laureles se los llevan las "taruchas" y no sólo por cantidad, sino por calidad. Desde el atardecer, hasta pasada la medianoche, son las dueñas de los grandes remansos que hay en esta zona. Los mejores resultados se consiguen utilizando boyas luminosas. También toman la carnada a fondo, pero a 50 centímetros de profundidad el éxito está garantizado.

Anguilas y rodajas de bagres rinden muy bien como cebo. La sorpresa la generan los pequeños trozos de pejerreyes -pescados en El Cadillal días antes de hacer la excursión- que se transforman en un bocadillo irresistible para la especie. Con moscas también se concretan capturas. Eso sí, tirando al lado de las empalizadas y usando un señuelo conocido como "picachu", atado con cola de ciervo y multicolor, aunque con predominio negro y amarillo.

Durante el día es el tiempo de las bogas chicas y de los bagres de todos los tamaños. Y es lógico que ello ocurra, puesto que con el sol desaparecen las "taruchas". Corazón de vaca para la primera especie y sanguijuelas para los bigotudos son la carnada de mejor rinde.

Ausente
¿Y los dorados? Bien, gracias. El "tigre del río" estuvo prácticamente ausente, pero sí se hizo notar con sus saltos. Los pocos que pican no soportan la tentación de suculentos pedazos de bagres y de bogas. Ignoran totalmente otros cebos como sábalo, ranas y anguilas.

"El 'amarillo' está ahí, sólo que no quiere picar. Pero ya tendrá hambre y saldrá con todo. Me parece que hasta fines de mayo, si es que no hiela mucho, será una fiesta", anticipa con contundencia Julio. Ojalá sea así.

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