De diálogo y complicidades: CFK, Poli, Scioli y Moreno

BUENOS AIRES- Lo primero que hizo el designado arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, Mario Aurelio Poli, cuando fue notificado de que iba a suceder al cardenal Jorge Mario Bergoglio fue marcarle la cancha a Cristina Fernández: "la relación con el Gobierno será de respeto y colaboración, pero con la debida distancia y diferencia. Somos cosas distintas".

El desarrollo del populismo arbitrario y divisor de sociedades en América latina es un grano que la Iglesia siente como retardatario de las necesidades de los pueblos. El libro del Celam, que Francisco le regaló a la Presidenta en Roma, describe con crudeza "la Patria Grande" como un continente con "democracias frágiles" amenazadas por "desvíos autoritarios" y con "estridentes desigualdades sociales".

La Iglesia está convencida de que la enorme tarea que hay que desarrollar en todo el continente (y en la Argentina) para generar inclusión social no puede ser llevada a cabo por una sola facción política. Y pide convergencia de esfuerzos y que conversen políticos y organizaciones sociales para impulsar iniciativas comunes que sean estructurales y que no se diluyan en la inmediatez de las próximas elecciones.

El Gobierno se corta solo porque se cree un iluminado capaz de capitalizar en votos su poder. Y sin admitir los tremendos baches económicos y sociales que subsisten y que se multiplicaron a partir del descontrol inflacionario, presenta la historia como si se viviera en el mejor de los mundos. Alguien convenció a la Presidenta de lo maravilloso que es el modelo y ella, que está ocupada en reconstruir poder y que dejó la economía al garete, recita supuestos logros que se le escurrieron en los últimos años. La Iglesia dispone de múltiples estadísticas que muestran exactamente lo que está pasando y niega el Gobierno. Los curas que caminan y que no son gestores, quienes transitan desde hace mucho tiempo en la Argentina villas y barrios humildes también dicen otra cosa. Ellos, que están en contacto con la pobreza, la delincuencia, la droga, la prostitución, la falta de educación y las malas condiciones de salud no avalan la visión gubernamental que parece agotarse en el cortoplacismo.

Ante el pedido de diálogo y armonía de Poli quiso la casualidad que los diarios del jueves pasado mostraran patéticamente un ejemplo de esta contracara que deja en evidencia la falta de grandeza de algunos miembros del Gobierno. El día anterior, la diputada ultra K Diana Conti había dicho del gobernador bonaerense Daniel Scioli: "no lo queremos echar, lo queremos disciplinar". Es obvio que disciplinar tiene más que ver con imponer y no con dialogar, por lo que la legisladora quedó presa de la comparación.

Scioli manda mensajes por terceros o por los medios que más le duelen al oficialismo. Del otro lado le contestan en tropel y redoblan la apuesta, a ver quien se pone más nervioso. Kirchneristas y sciolistas remplazaron el cara a cara alrededor de una mesa por los mensajes cruzados, los tiros por elevación y las manifestaciones mediáticas. En este contexto de tironeos e hipocresías, la postura del gobernador es no sacar los pies del plato, vieja máxima del peronismo, porque se sabe dueño de una importante cantidad de votos bonaerenses. Los K más recalcitrantes buscan barrer a Scioli a como dé lugar porque sospechan que no representa una continuidad de los cánones actuales. Detrás hay una cuestión común para el recelo: ambas partes creen que los que lleguen traicionarán al que se muestre más débil.

Mientras el divorcio se plantea mediante la guerra de declaraciones, la Presidenta avanza con hechos directos para ampliar los lugares de acción de la gente que ella cree que la va a blindar en 2015, ya sea por su apoyo para seguir en funciones o porque de ese palo saldrá su eventual sucesor.

Cristina querría remplazar todo aquello que se le opone; Scioli en primer lugar. De allí la presión para conseguir todos los cargos legislativos provinciales para los más ultraleales que supo conseguir; esa nueva "juventud maravillosa" que ella no se cansa de alabar públicamente cada vez que tiene oportunidad y a la que entrega todo nuevo cargo que se produce en el Gobierno.

Los dirigentes de La Cámpora vinieron a remplazar la fugacidad de algunas otras estrellas de ocasión que han brillado en el firmamento cristinista, como Amado Boudou o Axel Kicillof. Aunque muchos de los camporistas son poco (o nada) idóneos, se ganaron su lugar por lealtad hacia la Presidenta (o quizás hacia los cargos conseguidos y su remuneración) y sobre todo por su silencio, más propio de una formación militar que de un equipo de trabajo. En este aspecto, el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, de un origen setentista diferente, practica el mismo oscurantismo de la subordinación y el valor.

En estos días, Moreno la ha metido a Cristina en jardines difíciles de transitar, tal la sorpresiva intervención presidencial por Twitter del miércoles pasado, acusando de violenta a la izquierda que fue a la Plaza de Mayo el día 24 y tener que comprobar luego que a la otra tropa de violentos la comandaba su funcionario, alguien que avanza como topadora "alineando" gente con el poder de la caja.

Su penúltima acción directa ha sido conseguir que dos grupos de empresarios de intereses antagónicos también dejen de lado el diálogo para que eventualmente diriman sus diferencias en una mesa de negociaciones, donde la realidad del mercado suele mandar, y que le permita así promover la imposición estatal a favor de los supermercados y en contra del sistema financiero, con el padrinazgo a una tarjeta de crédito de difícil implementación que supone para las cadenas menores costos.

En este toma y daca, los supermercados probablemente hayan conseguido algún beneficio por callarse la boca, como puede ser el giro de utilidades hacia sus casas matrices en el exterior, mientras que los clientes parecen quedar en esta historia como simples convidados de piedra, a partir de la extensión de un supuesto congelamiento que en unos días tendrá algunos desvíos consentidos por el Gobierno. Ya Moreno había obligado a los súper a una veda publicitaria para tratar de hundir financieramente a los diarios que no le son afines. El alabado Estado regulador una vez más dejó de ser el fiel de la balanza, para transformarse en juez; y para ello necesita complicidades. Y en la debilidad que les aporta su afán individualista, los cómplices tampoco dialogan. Acatan.

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