30 Julio 2012 Seguir en 
LONDRES- Los chicos crecen y quieren ser como los padres. Más todavía si papá es Hugo Conte, uno de los mejores ocho jugadores de voley del siglo XX, o Jon Uriarte, bronce en Seúl 1988.
Jon y Nicolás Uriarte, padre e hijo, se enfrentaron cuando Argentina derrotó 3 a 0 (25-21, 25-22 y 25-20) a Australia. El ex medallista olímpico entrena a la selección de Oceanía y desde el banco de suplentes vio a su hijo jugar con la camiseta "albiceleste" y derrotar a sus muchachos.
Nicolás, como sus compañeros, no tuvo que buscar a familiares en la tribuna y se quedó en la cancha. "Estaba hinchando por él", confesó su padre a periodistas mientras abraza a su hijo. Jon viste el uniforme australiano, con los enérgicos verde y amarillo, y Nicolás aún anda con el celeste y blanco.
Alentando a los colores que portaba "Nico" estaba Conte en la tribuna, viendo orgulloso a su hijo Facundo. Antes del partido en el vestuario argentino había ansiedad y nervios. El voley albiceleste volvía a unos Juegos después de ocho años de ausencia. De pocas palabras, Hugo sólo le dijo a Facundo "disfrútalo", según contó el propio punta al terminar el partido. ¿Y al final? "Sólo felicitaciones", aclaró.
Jon, por su parte, tuvo que optar por los mensajes de texto, de vestuario a vestuario, y en la cancha intercambiaron sonrisas. "Después estábamos enfocados en nuestro trabajo", indicó el estratega. También dejó claro el panorama que creó la particular situación en el hogar. "En casa hay una polémica sobre por cuál equipo hinchar", dijo el padre. "Hay dos banderas", retrucó rápido el hijo.
Facundo quiere resolver la sana puja con su padre, aunque es bien distinta a la de los Uriarte. "En casa la medalla estaba en la oficina. De chiquito recuerdo que bajaba y me la ponía. Ahora quiero tener la mía propia", lanzó Conte.
Uriarte clasificó a Australia por primera vez a unos Juegos, los de Atenas. Pero en 2005, fue designado entrenador argentino y planteó un plan estratégico para construir una nueva generación del voley argentino para los siguientes 11 años. Hoy se ven los frutos. Sin entrar en detalles, un "bien, bien, bien" bastó para que Nicolás describiera a su padre como entrenador. Abrazo entre ambos, rueda de prensa y otra vez a la Villa Olímpica, por separado, a pensar en sus próximos rivales con la intención de dejar el apellido lo mejor posible. (AFP)
Jon y Nicolás Uriarte, padre e hijo, se enfrentaron cuando Argentina derrotó 3 a 0 (25-21, 25-22 y 25-20) a Australia. El ex medallista olímpico entrena a la selección de Oceanía y desde el banco de suplentes vio a su hijo jugar con la camiseta "albiceleste" y derrotar a sus muchachos.
Nicolás, como sus compañeros, no tuvo que buscar a familiares en la tribuna y se quedó en la cancha. "Estaba hinchando por él", confesó su padre a periodistas mientras abraza a su hijo. Jon viste el uniforme australiano, con los enérgicos verde y amarillo, y Nicolás aún anda con el celeste y blanco.
Alentando a los colores que portaba "Nico" estaba Conte en la tribuna, viendo orgulloso a su hijo Facundo. Antes del partido en el vestuario argentino había ansiedad y nervios. El voley albiceleste volvía a unos Juegos después de ocho años de ausencia. De pocas palabras, Hugo sólo le dijo a Facundo "disfrútalo", según contó el propio punta al terminar el partido. ¿Y al final? "Sólo felicitaciones", aclaró.
Jon, por su parte, tuvo que optar por los mensajes de texto, de vestuario a vestuario, y en la cancha intercambiaron sonrisas. "Después estábamos enfocados en nuestro trabajo", indicó el estratega. También dejó claro el panorama que creó la particular situación en el hogar. "En casa hay una polémica sobre por cuál equipo hinchar", dijo el padre. "Hay dos banderas", retrucó rápido el hijo.
Facundo quiere resolver la sana puja con su padre, aunque es bien distinta a la de los Uriarte. "En casa la medalla estaba en la oficina. De chiquito recuerdo que bajaba y me la ponía. Ahora quiero tener la mía propia", lanzó Conte.
Uriarte clasificó a Australia por primera vez a unos Juegos, los de Atenas. Pero en 2005, fue designado entrenador argentino y planteó un plan estratégico para construir una nueva generación del voley argentino para los siguientes 11 años. Hoy se ven los frutos. Sin entrar en detalles, un "bien, bien, bien" bastó para que Nicolás describiera a su padre como entrenador. Abrazo entre ambos, rueda de prensa y otra vez a la Villa Olímpica, por separado, a pensar en sus próximos rivales con la intención de dejar el apellido lo mejor posible. (AFP)










