Al asado y con el tejido

Por Julio Marengo 16 Julio 2012
Tengo que confesar algo, un deseo muy profundo que me llena de sensaciones ambiguas y que en general amerita que lo cuente en voz baja: quiero aprender a tejer a dos agujas. ¿Y qué? Sí, quiero llegar al asado de los muchachos con el tejido en el bolso y ponernos al día mientras me tejo una bufanda, o un acolchado con retazos de lana. O sentarme en una plaza los días de sol de invierno a ver la gente pasar y armarme un gorro con mis manos de aguja.

"Me parece cosa de señora de ruleros", me dijo un amigo, con palabras mucho menos sutiles, por supuesto. Todo por el hecho de no dejarme muy bien parado en este Tucumán en el que las ensaladas las hacen las chicas y el fuego los chicos. Aunque muchos de ellos, cuando vuelvan a su casa tienen que ponerse el delantal, lavar los platos o planchar la ropa...

Que haya actividades exclusivas para ellas y otras para ellos parece, en estos tiempos, una costumbre mucho más agotadora de sostener que útil para marcar las diferencias.

Nunca vi un hombre tejer. Me contaron historias, de un tío abuelo que no tenía pudor de meterse en ese campo y de una tía que les enseñaba a sus novios el arte de las dos agujas y que, casualmente, les cortaba el rostro una vez que aprendían. Pero nunca vi un hombre tejer, ni siquiera a los artesanos de la peatonal (¿en el hippismo también será una actividad "solo para ellas"?).

Me gustaría saber quién y cuándo dijo que tejer es cosa de mujeres y me gustaría mantener una charla con alguien que tenga al menos dos argumentos fuertes para hacerme desistir de mi plan. Mientras tanto, yo quiero aprender a tejer, ¿y qué? La próxima entrega: de por qué los hombres deberíamos... Mejor que quede en suspenso.

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