BUENOS AIRES (Por Walter Vargas).- Así como la conquista del ascenso a Primera no cancela las deudas de prestación que contrajo Matías Almeyda, es justo y debido que tampoco se dé por cancelado un crédito por el que batalló con singular esmero.
De lo que no hizo, o hizo a medias, o no fue del todo satisfactorio, se abundó y no siempre con la vara de la justicia debidamente ajustada.
En rigor, su gran pecado, si pudiera ser enunciado de ese modo, fue no dotar a River de esas características palpables y constantes que permiten hablar de una identidad.

Su River, el River de Almeyda, careció de identidad a lo largo y a lo ancho de toda la temporada.
O en todo caso, esa identidad jamás logró superar la dimensión de un bosquejo.
Sea porque no dio con los intérpretes adecuados, sea porque no los eligió bien, sea por perjuicio de ruidos en la comunicación, River se quedó a mitad de camino y a menudo se empantanó en la declaración de principios de lo que a grandes trazos se da en llamar “un equipo ofensivo”.

Sin variantes que dieran cuenta de un genuino espesor colectivo, dependiendo hasta el límite de la imprudencia de la inspiración de los mediocampistas y los delanteros más dotados, flojo en la transición defensiva y poco apto para manejar tiempos y circunstancias, River devino una Caja de Pandora.
Y en esa ley, la de la Caja de Pandora, tuvo picos destacables, mesetas de Purgatorio y peligrosos coqueteos con el Infierno.
De allí se explica que haya consumado ascenso y título recién en la última fecha y en buena medida gracias a la fragilidad espiritual de Instituto y al insospechado tobogán de Rosario Central.
Pero si todo eso debe entrar en la cuenta de los aspectos menos virtuosos de Almeyda, también debe concedérsele la gracia de una determinación y un coraje que cifraron todo su recorrido con River en la B Nacional.
Fue determinado y corajudo para afrontar el desafío de conducirlo en su etapa más declinante, fue determinado y corajudo para meter mano sin hesitar aun cuando pudiera equivocarse (y en más de una vez, de forma grosera) y fue determinado y corajudo para alimentarse de los cuestionamientos y llegar hasta las últimas consecuencias.
Si reponemos el valor de su juventud, y si asimismo le reconocemos voluntad de superación y deseos de perseverar en un rol cuyo proceso de maduración no se aprende en los manuales, va de suyo que Almeyda merece redoblar la apuesta y orientar a River hacia la búsqueda de laureles más acordes con lo mejor de su historia. (Télam)








