En el Goretti, pese al encierro, se sienten más libres que en sus casas
Un grupo de 18 adolescentes de entre 12 a 18 años viven en un para mujeres con problemas sociales. Expulsadas de sus familias por la pobreza, el maltrato y el desamor, desde pequeñas han sufrido el desamparo. Algunas tienen trastornos psiquiátricos. Un proyecto de la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia podría devolverles la autonomía cuando egresen.
"A mí me han encontrado en la calle, medio desnuda y drogada. Estaba mi hermana más grande que yo. Los que me daban droga me habían hecho de todo. Pero ya estoy bien, aquí me mandan al (hospital) Avellaneda a que me curen. Le juro "mami" que yo no me drogo ya. Quiero salir de aquí, extraño mi casa". Cada palabra es una estocada; cada súplica una lágrima contenida. J.T. es una de las 18 internas del Instituto María Goretti, un hogar para chicas de 12 a 18 años que han tenido problemas originados en la pobreza, el abandono, el abuso o la droga.
Siete de ellas sufren patologías psiquiátricas que han derivado en otras enfermedades: diabetes, retraso mental y deficiencia cognitiva. Dos de ellas fueron dejadas a los 2 y 3 años en la Sala Cuna. Cuando cumplieron 6, pasaron al Santa Rita hasta apagar las 12 velitas. Entonces, ingresaron al Goretti.
¿Y ahora qué ? ¿A dónde les tocará vivir su juventud y adultez? ¿Qué futuro les espera a todas ellas, la mayoría expulsadas por el desamor, la violencia y el maltrato?
Qué será de "Mica" (13), de rostro bello, cuerpo espigado, dulce al hablar, que está allí porque no tiene padres, y espera una audiencia para poder reencontrarse con un hermano del cual fue separada a los 6, adoptado por otra familia. Qué será de "Jo", que está por cumplir 18, que llegó allí a los 12 por orden de un juez para protegerla de los golpes de su padre. Ella confunde e idealiza -en su mente de niña- e implora volver con él, a pesar de todo. Repite hasta el cansancio: "ya me voy, me viene a buscar mi papá". Se sabe que eso no ocurrirá.
Y qué será de "Vani". Arma objetos con papel de revistas, y dice que hace "pájaros que vuelan". Otra muestra un jarrón con flores de papel de colores. "Es para mi mamá que va a venir el domingo a verme", asegura. Por lo bajo, las preceptoras niegan con pena esa posibilidad. "Muchas esperan el día de visita, pero muy pocos familiares vienen a verlas", afirman. Ellas se ilusionan y sueñan, aunque reconocen que sus padres "no las quieren ni ver".
Cuesta responder a tantos porqué. Por qué de noche, cuando las luces se apagan, no logran contener las lágrimas. Por qué "Reba" y "Patri" intentaron escaparse varias veces, a pesar de que afuera no tienen nada. Encima, deben cargar el estigma de "son del Goretti".
Detrás de esas paredes con forma de casa, a donde se llega por la avenida Francisco de Aguirre a la altura de 25 de Mayo, transcurren los años. Y a veces se cuela un milagro. Cuando todas las mañanas una combi las lleva a sus respectivas escuelas, las chicas se pegan al vidrio de las ventanillas para ver un poquito de ese mundo casi vedado que sigue andando sin ellas. Pero no se resignan: atrapan modas y costumbres; se pintan con felpas nombres de chicos o mariposas, y dicen que son tatuajes.
Para Romi se cumple aquello de que la vida se ocupa de equilibrar algunas cargas. Hace ocho meses llegó al Goretti, víctima de abuso. Pero en la escuela encontró un bálsamo: aprendió a tocar el violín. "Me regalaron uno; me gusta la música clásica", dice con una sonrisa amplia. Tanta felicidad contrasta con las otras historias. Ella tímidamente cuenta la suya, como cuando cumplió los 15 y se lo festejaron con tarjetas, y torta. "Vinieron todos mis compañeros, y me sacaron fotos", agrega ante la algarabía de sus compañeras que rememoran. Tienen sed de atención, hambre de afecto.
A las preceptoras y a quien las visitan las llaman "mami", y la casa trata de parecerse a un hogar más. Las llevan a la escuela, al médico cuando se enferman, de paseo los fines de semana, al parque, a tomar una merienda, y al teatro, alguna que otra vez. Las preceptoras cuidan que no traspasen el sector donde hay cuatro chicas de 16 años con causas judiciales.
Una luz de esperanza
La directora del Goretti, María Inés Solmerón, apuesta a que las chicas tengan actividades afuera de la institución. "La idea es que poco a poco vayan experimentando otros espacios, donde puedan aprender cosas, y a expresarse, como el teatro; estamos trabajando en esa dirección", dijo. Mientras tanto, un proyecto impulsado por Daniela Bravo, directora de Niñez, Adolescencia y Familia, podría cambiar el futuro de estas chicas. Se trata del Pequeño Hogar, una casita de barrio donde vivirían las que egresan del Goretti . "El proyecto está para su aprobación; la idea es que, apoyadas por el Estado, puedan iniciar una vida conviviendo en grupo de no más de cuatro, acompañadas por una operadora, hasta que logren su autonomía. Ayudarlas a insertarse en la sociedad y a que puedan valerse por sí mismas", adelanta.
Siete de ellas sufren patologías psiquiátricas que han derivado en otras enfermedades: diabetes, retraso mental y deficiencia cognitiva. Dos de ellas fueron dejadas a los 2 y 3 años en la Sala Cuna. Cuando cumplieron 6, pasaron al Santa Rita hasta apagar las 12 velitas. Entonces, ingresaron al Goretti.
¿Y ahora qué ? ¿A dónde les tocará vivir su juventud y adultez? ¿Qué futuro les espera a todas ellas, la mayoría expulsadas por el desamor, la violencia y el maltrato?
Qué será de "Mica" (13), de rostro bello, cuerpo espigado, dulce al hablar, que está allí porque no tiene padres, y espera una audiencia para poder reencontrarse con un hermano del cual fue separada a los 6, adoptado por otra familia. Qué será de "Jo", que está por cumplir 18, que llegó allí a los 12 por orden de un juez para protegerla de los golpes de su padre. Ella confunde e idealiza -en su mente de niña- e implora volver con él, a pesar de todo. Repite hasta el cansancio: "ya me voy, me viene a buscar mi papá". Se sabe que eso no ocurrirá.
Y qué será de "Vani". Arma objetos con papel de revistas, y dice que hace "pájaros que vuelan". Otra muestra un jarrón con flores de papel de colores. "Es para mi mamá que va a venir el domingo a verme", asegura. Por lo bajo, las preceptoras niegan con pena esa posibilidad. "Muchas esperan el día de visita, pero muy pocos familiares vienen a verlas", afirman. Ellas se ilusionan y sueñan, aunque reconocen que sus padres "no las quieren ni ver".
Cuesta responder a tantos porqué. Por qué de noche, cuando las luces se apagan, no logran contener las lágrimas. Por qué "Reba" y "Patri" intentaron escaparse varias veces, a pesar de que afuera no tienen nada. Encima, deben cargar el estigma de "son del Goretti".
Detrás de esas paredes con forma de casa, a donde se llega por la avenida Francisco de Aguirre a la altura de 25 de Mayo, transcurren los años. Y a veces se cuela un milagro. Cuando todas las mañanas una combi las lleva a sus respectivas escuelas, las chicas se pegan al vidrio de las ventanillas para ver un poquito de ese mundo casi vedado que sigue andando sin ellas. Pero no se resignan: atrapan modas y costumbres; se pintan con felpas nombres de chicos o mariposas, y dicen que son tatuajes.
Para Romi se cumple aquello de que la vida se ocupa de equilibrar algunas cargas. Hace ocho meses llegó al Goretti, víctima de abuso. Pero en la escuela encontró un bálsamo: aprendió a tocar el violín. "Me regalaron uno; me gusta la música clásica", dice con una sonrisa amplia. Tanta felicidad contrasta con las otras historias. Ella tímidamente cuenta la suya, como cuando cumplió los 15 y se lo festejaron con tarjetas, y torta. "Vinieron todos mis compañeros, y me sacaron fotos", agrega ante la algarabía de sus compañeras que rememoran. Tienen sed de atención, hambre de afecto.
A las preceptoras y a quien las visitan las llaman "mami", y la casa trata de parecerse a un hogar más. Las llevan a la escuela, al médico cuando se enferman, de paseo los fines de semana, al parque, a tomar una merienda, y al teatro, alguna que otra vez. Las preceptoras cuidan que no traspasen el sector donde hay cuatro chicas de 16 años con causas judiciales.
Una luz de esperanza
La directora del Goretti, María Inés Solmerón, apuesta a que las chicas tengan actividades afuera de la institución. "La idea es que poco a poco vayan experimentando otros espacios, donde puedan aprender cosas, y a expresarse, como el teatro; estamos trabajando en esa dirección", dijo. Mientras tanto, un proyecto impulsado por Daniela Bravo, directora de Niñez, Adolescencia y Familia, podría cambiar el futuro de estas chicas. Se trata del Pequeño Hogar, una casita de barrio donde vivirían las que egresan del Goretti . "El proyecto está para su aprobación; la idea es que, apoyadas por el Estado, puedan iniciar una vida conviviendo en grupo de no más de cuatro, acompañadas por una operadora, hasta que logren su autonomía. Ayudarlas a insertarse en la sociedad y a que puedan valerse por sí mismas", adelanta.
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