Un kilómetro cuadrado de "quijotas" con causa

El 8 de marzo es el día indicado para recordar a las defensoras de la paz y de la solidaridad. Es decir, para cumplir el deseo de Brenda Berkman, uno de los 21 emblemas reivindicados en "Abrir el camino. Un recorrido por la historia de las mujeres", paseo turístico por los escenarios de Nueva York donde las pioneras de los derechos civiles llevaron adelante sus proezas monumentales.

COMIENZO DEL PASEO. Sanger fue condenada a metros de esta fuente. LA GACETA / FOTOS DE IRENE BENITO
COMIENZO DEL PASEO. Sanger fue condenada a metros de esta fuente. LA GACETA / FOTOS DE IRENE BENITO
08 Marzo 2012
Una fuente común y silvestre, perpetuamente condenada a representar el espectáculo del agua, fue elegida para recordar a la indómita enfermera Margaret Sanger (1879-1966), primera abogada del control de la natalidad. En 1914, a metros de ese manantial ubicado en City Hall Park, en el centro del Downtown neoyorquino, el martillo de la Justicia envió a prisión a la activista por el acto "vil, obsceno y perverso" de divulgar información sobre anticoncepción, escándalo que no logró sino fortalecer su causa contra la servidumbre sexual de las mujeres. El tiempo dio revancha, y Sanger vivió lo suficiente para ver cómo sus ideas revolucionaban las familias de Estados Unidos y progresivamente se desparramaban por el mapamundi.

Con la gesta de esta pionera del feminismo comienza "Abrir el camino. Un recorrido por la historia de las mujeres", excursión a pie por el bajo Manhattan que rescata la contribución decisiva de 21 heroínas de la lucha en pos de la igualdad de los sexos. Guiada gratuitamente por voluntarios de la organización Women E-News (www.womensenews.org), la caminata ofrece tres niveles distintos de reflexión: 1) sobre el papel que jugó Nueva York -y sus inmigrantes y ciudadanas, claro- en la evolución de los derechos civiles; 2) sobre el titánico sacrificio oculto en la lenta superación de injusticias (hoy) aberrantes, y la tendencia a relativizar y normalizar logros sociales y jurídicos que costaron infinitas vidas, y 3) sobre las epopeyas pendientes y el inmenso poder de cambio contenido en la rebeldía individual.

Y este caudal sinfín de acciones memorables y meditaciones trascendentales cabe en el kilómetro cuadrado de tierra en el que coincidieron la agitadora polaca Ernestine Rose (1810-1892) y la "ingeniera" Emily Warren Roebling (1843-1903). Mientras la primera construía su fama de librepensadora y feroz defensora del derecho de propiedad de la mujer en el púlpito de la Broadway Tabernacle, la segunda asumía una profesión -hasta entonces- masculina para edificar el imponente puente de Brooklyn, ícono de la ciudad profusamente celebrado por la filmografía de Woody Allen. Mientras Rose arrojaba piedras verbales contra la ley que prohibía testar a la mujer casada, Warren Roebling rogaba (con éxito) a los varones de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros que le permitiesen acabar la obra que su marido, compelido por el imprevisto de una enfermedad, se había visto en la necesidad de abandonar.

La desdichada
La afroamericana Elizabeth Jennings (1830-1901) pasó a la historia en una parada de colectivos. Era domingo; ella, que tenía la piel negra, decidió montarse en un coche de la línea Third Avenue Railway, donde la esperaban un conductor y una consigna segregacionistas: "este ómnibus es exclusivo para blancos". A Jennings le importó un comino. El conductor la golpeó y la arrastró hasta la calle. La mujer gritó, pataleó y volvió a subirse: tal fue su determinación que al chofer no le quedó otra opción que aceptar a la pasajera. Después, Jennings demandó a la empresa de transporte público por discriminación racial. El jurado la recompensó -por primera vez en la historia- con 225 dólares, una fortuna para 1854. Pero el mayor resarcimiento para las penurias que pasó es el letrero con su nombre colocado en la parada de las calles Spruce y Park Row.

Con un coraje parecido vino al mundo la irlandesa Barbara Ruckle Heck (1734-1804), capitana de la primera comunidad de metodistas europeos que pisó suelo americano. Los difíciles comienzos de estos inmigrantes de inconmovible fe perviven en el templo Wesley, capilla levantada en 1768 en el número 44 de la calle John. En el terreno del arte, Louise Nevelson (1899-1988) tuvo la misma valentía de Ruckle Heck y Jennings: ucraniana de nacimiento, padeció lo indecible para esculpir sus obras durante la Gran Depresión que prosiguió al crac económico de 1929. "Me acostumbré a no desperdiciar, a bloquear los gustos y apetitos superfluos", admitía humildemente Nevelson, autora de las esculturas exhibidas en la pequeña plaza escondida entre los rascacielos de Liberty street.

A estas leyendas de sangre y vísceras se une una mujer de la literatura: la protagonista de la novela británica "Charlotte Temple, una historia de ficción", bestseller escrito por Susanna Haswell Rowson y publicado en 1794. La vida de la Temple -inspirada en las desventuras reales de Charlotte Stanley- expresa los horrores de la dependencia del varón, y la ruina económica, moral y social que (para la mujer) acarreaban las rupturas amorosas. El personaje impactó profundamente en la sociedad de la época. La prueba de esa fascinación es la lápida con el nombre de la ficticia "Charlotte Temple" que una mano misteriosa emplazó en el antiguo cementerio de Trinity Church. En 2008, cuando la piedra fue levantada, se constató que, para provecho del mito, ningún hueso descansaba en aquella última morada.

La lenguaraz
Tres hitos de "Abrir el camino..." describen los pesares y tragedias de la batalla contra la esclavitud. Sojourner Truth (1797-1883), ex esclava de origen holandés, narraba su calvario personal en el altar de la capilla de Ruckle Heck a quienes quisiesen y no quisiesen oírla. Su lengua abolicionista de principios del siglo XIX golpeaba el centro de las conciencias con el alarido "¡ama al prójimo como a ti mismo!" En 1860, Augusta Lewis (1848-1920), artesana de la industria tipográfica, tomó la posta para denunciar las inhumanas condiciones de trabajo que debían soportar las empleadas de su tiempo. "Las mujeres somos mano de obra barata y objeto de todo tipo de maltrato. Creemos que hombre y mujer gozan del mismo derecho a una labor digna y, por ello, deben recibir idénticos beneficios y salarios", rugía ante sus compañeras del sindicato de trabajadoras de imprenta que fundó a partir de una traumática experiencia en un taller de la calle Ann.

La contienda contra la explotación laboral de las mujeres tiñó asimismo la vida de Frances Perkins (1880-1965), secretaria de Trabajo del Gobierno de Franklin D. Rooselvelt y testigo casual del incendio en la fábrica de camisas Triangle Waist Company que el 25 de marzo de 1911 mató a 146 obreras. Tras el desastre, que luego dio impulso a la celebración del Día Internacional de la Mujer cada 8 de marzo, Perkins se involucró en la comisión de seguridad que investigó las causas del fuego. Atrincherado en las oficinas de la calle Broadway 165, el mismo equipo después se dedicó al desarrollo de proyectos de reforma legislativa que transformaron a Nueva York en un modelo nacional de protección del trabajo de la mujer.

La cronista
Pero la caminata de una hora y media de duración demuestra que los grandes revulsivos de la sociedad machista y autoritaria se refugiaron en las tribunas de la prensa escrita. Hubo un tiempo en que en el sur de Manhattan convivieron sin solución de continuidad los mercaderes de Wall Street y los periodistas de la centena de diarios que nacieron en esa ciudad (hoy natural y tristemente reducidos a una decena con The New York Times a la cabeza). En esa época dorada para el oficio brillaron las editoras y cronistas Susan B. Anthony (1820-1906), Elizabeth Cady Stanton (1815-1902), Maria Morgan (1828-1892), Margaret Fuller (1810-1850), Nellie Bly (1864-1922), Victoria Woodhull (1838-1927), Ida B. Wells (1862-1931), Emma Bugbee (1888-1981), Jenny June (1829-1901) y Anna Zenger (1704-1751).

Esta última se hizo cargo de la dirección del New-York Weekly Journal en 1734 cuando su esposo, John Peter Zenger, fue detenido en el edificio del Federal Hall Memorial por criticar a las autoridades, caso que dio origen a la garantía constitucional de la libertad de expresión incluida en el Bill of Rights (¡aplausos!). Las sufragistas Anthony y Stanton siguieron los pasos de Zenger con La Revolución (calle Park Row 37), periódico entregado al ideal del voto universal.

La excursión reivindica a Morgan como la primera periodista mujer de The New York Times (se incorporó en 1869 a la antigua redacción de Park Row) y a Fuller como la crítica implacable de los desvíos y vicios institucionales: su diario, el New-York Daily Tribune, funcionaba en la actual sede la Universidad Pace. Y no se olvida de Bly, que se disfrazó de loca para ingresar al submundo del asilo psiquiátrico para mujeres de la isla Blackwell's y después contó los detalles de esa subsistencia marginal a los lectores del World.

A diferencia de las mencionadas, el veintiún emblema de "Abrir el camino..." todavía vive: su impronta es destacada en la bicentenaria capilla de San Pablo, que hizo las veces de refugio de las víctimas de 11-S. Se llama Brenda Berkman y formó parte del primer escuadrón de bomberos que llegó a Ground Zero aquel día en que las Torres Gemelas se hicieron añicos. Tras sepultar a tres compañeras, Berkman decidió involucrarse en el movimiento por los derechos de las mujeres. Su llamado a hacer visible la tarea de las anónimas defensoras de la paz y la solidaridad clausura el paseo. Que este texto sea una forma de responder a esa convocatoria y un tributo a la esperanza cervantina que asegura que la virtud saldrá vencedora de todo trance.

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